¡Viva la madre de la novia! Capítulo 18
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Capítulo 18

Adriana

El momento en que vi a mi hija vestida de novia, con aquel maquillaje tan natural y ese peinado tan ella, sin disfraces, sin artificios y sin nada más que su propia belleza, hizo que a todas se nos escaparan unas lagrimillas.

Se me había hecho mayor y eso me provocaba una mezcla de ternura y miedo, porque no quería que sufriera en esta vida.

Sí, lo sé, era inevitable porque, en este mundo, todos veníamos con una cruz a cuestas, algunas más difíciles de llevar que otras, pero, al fin y al cabo, todas resultaban pesadas para quienes las cargábamos.

Pero, si ver a mi hija me impactó, no os podéis imaginar lo que fue para mí ver a Mateo cuando llegó a mi villa para recoger a la novia y llevarla hasta el altar.

Llevaba un traje de chaqueta color crema, con el pantalón remangado unos centímetros, al igual que las mangas de la chaqueta, y una camiseta blanca debajo.

Al parecer, a él también le impactó verme a mí porque se quedó mirándome con la boca abierta. Yo, por picarlo un poquito, di una vuelta sobre mí misma y la verdad era que no podía haber elegido un vestido mejor para la ocasión.

Como no podía ser de otra manera, era blanco, con escote en V y entero de encaje, aunque algunas partes parecían transparentes porque debajo llevaba un forro de color carne.

La espalda quedaba completamente descubierta, pues el vestido se sujetaba al cuello y el escote trasero llegaba un poco más abajo de la cintura.

La falda era entallada hasta terminar el trasero y después se abría de forma vaporosa, resultando de lo más elegante.

—Me cago en la leche, Adriana. ¿Cómo me haces esto?

—¿Qué te he hecho?

—Que pareces tú la novia, joder. No se puede estar más bonita ni más sexy, te lo juro.

—Eso es porque no has visto a Sofía. Cuando entres y la veas, comprenderás que nada de lo que has dicho es cierto.

—Y no lo dudo, pero, para mí, siempre estarás tú por delante de cualquier mujer.

Me dejó un breve beso en los labios y entró en mi villa mientras yo salía en dirección a la de Marcos para recogerlo y marcharnos hasta el altar que habían instalado en la playa, perfecto para la boda.

Mi abuela no había consentido arreglarse con nosotras y nos dijo que iría directamente hasta allí.

Como ya la conocíamos, sabíamos que, por mucho que insistiéramos, nada la haría cambiar de opinión, así que no lo hicimos.

Eso sí, la llamé a primera hora para asegurarme de que no se quedara dormida y se perdiera la boda de su bisnieta.

—Pero bueno, suegri , no puedes estar más guapa, de verdad.

—Gracias, mi niño. Tú también estás guapísimo. Deja que te vea Sofía… Bueno, y que tú la veas a ella.

—Seguro que estará todavía más bonita, porque ella es preciosa aunque se ponga una bolsa de basura por la cabeza.

—Está espectacular. Tan natural, tan bonita… tan ella.

—Venga, vámonos ya, que estoy deseando verla llegar a la playa y que nos dejen darnos el «sí, quiero».

Se casaban allí, pero, cuando regresaran a España, tendrían que validar aquel certificado de matrimonio o no les serviría para nada.

Me encantaba Marcos para mi hija, pero, a veces, era inevitable pensar que ya se podría perder aquel papelito y así mi niña no sería una mujer casada con veinte años.

Luego, cuando lo pensaba fríamente, sabía que daba igual porque, para ellos, ya estarían casados.

Salimos de la villa y nos encaminamos hacia la playa en la que se celebraría la boda. No habíamos querido comprobar nada antes, entre otras cosas porque nos habíamos ido de juerga desde que llegamos, así que ninguno conocía ni un solo detalle de lo que habían preparado.

Cuando llegamos, nos quedamos con la boca abierta porque no podía estar todo más bonito.

Los demás ya estaban sentados y me encantó ver a mi amiga Susana junto a Manuel, ambos cogidos de la mano.

Si ella había sido capaz de perdonarlo, me alegraba por los dos, pero aquello significaba que tendría que dejarlo atrás para siempre y no echárselo en cara cada vez que discutieran.

Lo hablaría con ella en cuanto tuviera ocasión.

Tal y como pensábamos, mi abuela estaba allí con su nuevo amigo, por llamarlo de alguna manera suave porque, por los arrumacos que se daban, quedaba bastante claro que había algo más. Los dos iban guapísimos, vestidos de color crema y descalzos, como estábamos todos.

—¿Estás nervioso, Marcos?

—Como un flan, Adriana, y eso que jamás pensé que me sucedería. Llevo desde esta mañana pensando qué pasaría si Sofía se arrepintiera en el último momento.

—Es mi hija y la conozco mejor que a mí misma, así que sé de buena tinta que eso no podría ocurrir en la vida, cariño.

—Ojalá…

No nos dio tiempo a seguir hablando porque, de repente, empezó a sonar la música que ellos habían elegido para la entrada de la novia y Marcos se giró para verla llegar.

Ni él ni yo pudimos contener las lágrimas porque, si mi niña estaba guapa por sí sola, del brazo de Mateo, que la llevaba con todo el orgullo del mundo, todavía resultaba más impresionante.

—Sofía…

—Marcos…

Los dos se abrazaron, incapaces de evitarlo, y permanecieron así durante un buen rato. Sin embargo, mis ojos no podían apartarse de Mateo, de la manera en que sonreía cuando me miraba y de lo emocionado que se veía en aquel momento.

Decir que la ceremonia fue preciosa sería quedarme muy corta porque, además, también fue divertida.

Pudimos ver una complicidad entre los novios que nos dejó a todos paralizados.

Sí, habíamos compartido muchos momentos con ellos, tanto juntos como por separado, pero ninguno nos habíamos dado cuenta de que se hablaban con una simple mirada, de que se comunicaban sin necesidad de palabras.

—Bueno, ahora quiero darle mi ramo de novia a una persona que, de todos los que estamos aquí, es la que más se merece encontrar a alguien que la valore, que le demuestre que no todos los hombres son iguales y que la haga vivir su propia historia de cuento —dijo mi hija.

Lo que menos esperaba era que me entregara el ramo a mí, así que me quedé ojiplática, os lo prometo. Lo cogí con gusto y le di un abrazo enorme porque quería que supiera que, pasara lo que pasara, mi prioridad siempre sería verla feliz.

Lo que no esperaba era que mi abuela saltara justo en ese momento con una de las suyas, como no podía ser de otra manera.

—Ay, Sofía, hija, por un momento pensé que me lo ibas a dar a mí, a ver si este maromo que he conocido aquí y que, aunque te parezca mentira, vive dos calles más allá que nosotras, me pedía matrimonio.

— Güeli , ¿cómo te va a pedir matrimonio si os conocéis de hace cinco minutos, como aquel que dice? —le preguntó mi hija.

—Vamos, con la edad que tenemos los dos, no pretenderás que tengamos un noviazgo largo. A estas alturas de nuestra vida, los minutos son días; las horas, semanas, y los meses, años. Así que, técnicamente, ya nos conocemos bastante como para casarnos.

Todos soltamos una carcajada, pero lo más gracioso fue que aquel hombre la miraba como si estuviera sopesando si mi abuela hablaba en serio o no, como si tuviera que salir corriendo a buscar un anillo y aprovechar que la ceremonia ya estaba montada.

Íbamos a tomarnos el cóctel de bienvenida cuando Mateo me cogió en brazos y salió corriendo conmigo, un momento que consiguió inmortalizar el fotógrafo del hotel. Os prometo que cualquiera que viera aquella foto pensaría que habíamos sido nosotros los que acabábamos de contraer matrimonio.

—¡¿Qué haces, loco?! ¿Dónde me llevas?

—A un lugar lejos de miradas indiscretas, a hacer lo que llevo deseando desde que te vi esta mañana en la villa, cuando fui a recoger a Sofía.

Mateo me dejó en el suelo en una zona apartada del camino hacia el restaurante de la playa, me apoyó contra la pared y me besó.

No fue un beso dulce. Fue pasional, hambriento y nos dejó a los dos con ganas de más. Por eso decidí dar un paso al frente.

—Quiero pasar la noche contigo, en mi villa.

—No dudes de que eso pasará. Me muero por recorrer tu cuerpo con mis manos, con mis labios y hacerte gemir como te mereces y, seguro, como no te ha hecho gemir nadie.

—No puedes decirme eso aquí cuando todavía nos queda tanta celebración por delante.

—Bueno, siempre podemos escaparnos cuando nadie nos vea.