¡Viva la madre de la novia! Capítulo 17
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Capítulo 17

Mateo

Ver a un hombre tan grande como un trinquete llorando a moco tendido y suplicando una nueva oportunidad nos conmovió a todos. Lo había hecho mal, por supuesto que sí, pero estaba hablando con el corazón en la mano delante de nosotros y sin importarle que todo el mundo lo estuviera mirando.

—Susana, creo que deberíais hablar a solas. Marchaos a tu villa, por favor. Allí estaréis más tranquilos —le dijo Adriana.

—Sí, creo que será lo mejor.

Susana se marchó con Manuel, aunque todavía no sabíamos si estaba alojado en el resort, si llevaba allí mucho tiempo o si, por el contrario, acababa de llegar.

Lo que sí teníamos claro era que venía dispuesto a reconquistarla y, si eso era bueno para los dos, todos haríamos lo posible para que así fuera.

—Joder, a quien menos me esperaba encontrar aquí era a Manuel —dijo Marta.

—Ni yo. Bueno, creo que ninguno nos esperábamos algo así. Ojalá puedan llegar a un entendimiento y volver a ser felices, como al principio —dijo Sofía.

—Como al principio no podrá ser jamás. ¿Sabes por qué?

Porque el corazón de ambos tiene heridas, cada uno por un motivo distinto, y lo que realmente debería ocurrir es que aprendieran a sanarlas juntos, que se ayudaran a empezar de cero, pero siendo conscientes de que esas heridas existen —le explicó Adriana a su hija.

Entendía perfectamente lo que quería decir.

Ya no podían ser las mismas dos personas que eran cuando empezaron a salir o cuando se casaron, porque ahora, en ese punto de su relación, él había tenido una aventura y ella había terminado completamente desbordada, centrando su vida en el cuidado de sus hijos mientras su marido apenas había movido un dedo.

Cuando volvimos la cara, pasamos de la más absoluta incertidumbre por lo que estaría ocurriendo entre Susana y Manuel a la más completa incredulidad al ver llegar a la abuela a la piscina.

Os prometo que parecía una diva de Hollywood, con una pamela que ninguno sabíamos de dónde había sacado, un vestido de esos vaporosos y unas sandalias doradas.

Llegó hasta la zona de las tumbonas, donde estaban las personas más mayores, y, como si las conociera de toda la vida, empezó a saludarlas con dos besos.

Hasta que llegó a una en la que había un hombre de aproximadamente su misma edad, bastante apuesto, al que mandó a por un cóctel mientras ella se acomodaba a su lado.

—¡Toma ya! Me declaro fan de la abuela. Ha llegado como una diva, ha analizado la escena y se ha sentado junto al hombre que le ha resultado más interesante —dijo Marta.

—Y se te olvida lo mejor: encima lo ha mandado a por un cóctel como si fuera lo más normal del mundo —le contestó Leo.

—Ella es así, no sé de qué os sorprendéis. ¿Y sabéis cuál va a ser su siguiente paso? —preguntó Adriana.

—Estoy como loco por saberlo —le respondí.

—Pues lo va a llevar como acompañante a la boda, ya verás. Y encima hará que el pobre hombre les haga un regalo a los novios, que no será cualquier cosa, te lo aseguro.

Todos nos miramos y soltamos una carcajada porque nos imaginábamos perfectamente la situación, la cara de Maruja y la manera en la que conseguiría salirse con la suya. Y, conociéndola, sabíamos que Adriana tenía todas las papeletas para acertar.

—Esperaos, que se lo voy a poner fácil —dijo Sofía.

—No, no, no le digas nada. Déjala a su aire, que encima se sentirá ofendida —le contestó su madre.

Estuvimos allí hasta pasadas las diez de la noche, momento en el que decidimos volver a las villas porque al día siguiente era la boda y tendríamos que levantarnos temprano, sobre todo las chicas, que habían quedado con la maquilladora y la peluquera a las ocho.

Realmente, no entendía demasiado el motivo porque estaba seguro de que, al final, terminaríamos todos metidos en el agua, pero no sería yo quien dijera nada al respecto.

Lo que sí hice fue esperar a que todos estuvieran ya acostados para acercarme al edificio central. Al día siguiente era Nochebuena y quería tener un detalle con Adriana, uno que representara todo lo que todavía teníamos por vivir.

Los establecimientos del edificio central estaban abiertos las veinticuatro horas, así que no tenía ninguna prisa. Me dirigí directamente a la joyería porque tenía bastante claro lo que quería.

El primer día, nada más llegar, me había fijado en una pulsera que tenían en el escaparate y que estaba seguro de que quedaría preciosa en su muñeca.

Por eso no me lo pensé dos veces y le pedí a la dependienta que me la enseñara.

Cuando la tuve en la mano, me pareció todavía más bonita que detrás del cristal.

—¿Se puede grabar?

—Claro. Solo tardaríamos unos cinco minutos porque lo hacemos con una máquina láser. Se introduce la frase en el ordenador y se manda directamente a grabar.

—Entonces quiero que en la plaquita ponga «por siempre y para siempre», por favor.

—Ahora mismo, caballero.

La chica pasó a la parte trasera de la tienda llevándose la pulsera con ella y, tal y como me había dicho, no tardó más de cinco o diez minutos en volver. El resultado me gustó todavía más.

La pulsera era de oro blanco, con un símbolo de infinito formado por pequeñas circonitas y una plaquita en la que había mandado grabar aquellas palabras.

Con la cajita en las manos, regresé a mi villa, aunque me costó bastante conciliar el sueño. En la cama de al lado estaba mi sobrino, durmiendo a pierna suelta, el muy cabrito, mientras a mí los nervios se me habían instalado en el cuerpo. Parecía que fuera yo quien se casaba en lugar de él.

Después de bastante rato conseguí dormirme, aunque fue más bien un duermevela porque me enteré de todo el jaleo que se formó en la villa en la que estaban Adriana y su hija y donde, seguramente, también se encontraba Marta.

De Susana, en cambio, no habíamos vuelto a tener noticias desde que se marchó con Manuel.

Me levanté y me di una ducha. Quería hacerlo todo con tranquilidad, incluido desayunar, porque la boda se celebraría a las doce y no tenía ninguna intención de ir con prisas. Prefería estar ya listo cuando Marcos empezara a arreglarse.

Habíamos acordado que, como Sofía no tenía un padre presente y Marcos no tenía madre, yo sería el padrino y acompañaría a mi futura sobrina hasta el altar, mientras Adriana estaría allí con mi sobrino esperando a su prometida.

Por eso, cuando ambos estuvieran preparados, nos intercambiaríamos de villa y nos avisaríamos cuando cada uno hubiera llegado a su sitio para evitar que los novios se vieran antes de tiempo.

—Ya está aquí el otro tío para ayudar a vestir al novio —dijo Leo entrando en la villa.

—Joder, ni que me tuviera que vestir de lagarterano. Hasta hoy he sabido ponerme una camisa y una chaqueta.

—Lo sabemos, pero nos hace ilusión. Además, quiero regalarte algo para que tus padres también estén presentes en esta boda.

Leo sacó una cajita del bolsillo y, cuando Marcos la abrió, descubrimos unos gemelos con la cara de mi hermano y de mi cuñada, tomada de una de las muchas fotografías que había por mi casa.

Ni Marcos ni yo pudimos evitar que las lágrimas nos resbalaran por la cara. Aquello había sido de lo más emotivo.

—Ahora que estamos aquí los tres a solas, me gustaría deciros algo porque sé que después lo mismo no soy capaz de hablar —nos dijo Marcos.

—Tú dirás —le contesté.

—Somos todo oídos —añadió Leo.

—En primer lugar, quiero daros las gracias a los dos, porque no sé qué habría sido de mi vida si vosotros no os hubierais hecho cargo de mi educación y de mi crianza.

—No tienes que agradecerme nada, Marcos, al menos a mí.

Era mi deber. No iba a permitir que pasaras por lo mismo que tu padre y yo tuvimos que vivir.

Me habría muerto de pena y, además, habría demostrado ser un desagradecido.

Pero eso no significa que no lo hiciera con todo el amor del mundo —le dije para que entendiera lo que quería decir.

—A mí tampoco tienes que agradecerme nada, de verdad. En vosotros encontré la familia que nunca tuve y también era mi manera de agradecerles a tus padres todo lo que hicieron por mí —le explicó Leo.

—Sea como sea, soy el hombre que soy hoy porque me inculcasteis unos valores que no todo el mundo tiene. Y eso me ha llevado a querer formar mi propia familia con Sofía, pero una en la que vosotros dos siempre estaréis presentes.

—Venga, vamos a dejarnos ya de emotividades, que se me corre el rímel, y vamos a vestirte —dijo Leo en tono de broma.

Pero sabía perfectamente lo que pretendía. Si seguíamos por ese camino, íbamos a terminar llorando los tres.