¡Viva la madre de la novia! Capítulo 16
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Capítulo 16

Adriana

No podía evitar sentirme expuesta como nunca. En realidad, jamás me había sentido así con nadie; es más, por unos motivos u otros, nunca me había permitido mostrarme tal y como era, ni física ni psicológicamente, y parecía que Mateo era capaz de ver más allá de lo que yo quería mostrar.

—Mamita, vamos a darnos un baño juntitas, a solas, como cuando yo era pequeña, anda.

—¿Las dos? ¿A solas? ¿Y qué hay de tu novio y los demás?

—Ellos se pueden quedar solos un ratito, que ni los van a raptar ni nada parecido. Anda, venga.

Mi hija Sofía me tendió una mano para ayudarme a levantarme y, abrazadas, llegamos hasta el mar, que estaba a unos pasos de donde nos habíamos sentado a comer y ante la atenta mirada de todos los que estaban allí.

Sabía que mi hija no me había llevado hasta allí solo para darnos un baño. Había algo más detrás y no tardaría en soltarlo, porque Sofía nunca se guardaba nada cuando algo le daba vueltas por dentro o consideraba que estaban siendo injustos con alguien a quien quería.

—¿Me vas a decir ya el verdadero motivo por el que me has traído hasta aquí?

—Mamá, a veces me da miedo lo transparente que soy para ti.

—Por suerte o por desgracia, Sofía, hemos estado tú y yo solas toda la vida, y conozco todas y cada una de las reacciones de tu cuerpo y de tu mente.

—Está bien. Me gustaría que me contaras el motivo por el que no te estás dejando llevar con Mateo. Y no me vayas a negar que te gusta, porque no me lo voy a creer.

—Sí que me gusta, pero, si tuviera algo con él y saliera mal, podría salpicarte a ti y a tu relación con Marcos, y no voy a comprometer tu felicidad por la mía.

—¿De qué coño estás hablando, mamá?

—Pues de que, por mucho que digáis que no, yo seré tu madre toda la vida y él será el tío de Marcos, aunque para él sea como un padre. Si nos veis sufrir a alguno de los dos, cada uno tirará por su familia y eso podría provocar discusiones entre vosotros.

—No digas tonterías, mamá. Si entre vosotros hay algo que no cuaja, será cosa vuestra. Nosotros somos lo suficientemente maduros como para no comprometer lo bonito que tenemos por algo que no nos corresponde.

—¿Y si llegan las fiestas? ¿Cómo voy a estar con Mateo sentada en la misma mesa si entre nosotros no ha salido bien la cosa?

—Pues con madurez, mamá. Desde que eras prácticamente una niña, te has visto obligada a salir adelante, a dejar de hacer lo que te correspondía por edad y a asumir responsabilidades que iban de la mano de la madurez. Por eso no entiendo que estés poniendo estas excusas tan tontas para no ser feliz.

—Tengo miedo, ¿vale?

—Eso me gusta más. No es que me guste que tengas miedo, sino que seas sincera del todo conmigo.

—Lo he entendido, cariño. Pero es que he tenido tan mala suerte en el amor que no quiero que me vuelvan a romper el corazón. Sé lo que se sufre y, con una sola vez, he tenido suficiente.

—¿Te vas a negar a sentir el amor de verdad, ese que se puede vivir sin coartar a la otra persona, por lo que te hizo el cabrón de mi padre? Pues déjame decirte que no todos los hombres son iguales y que te estás perdiendo mucho por una cabezonería.

—¿Y qué pretendes que haga? ¿Que vaya corriendo ahora y lo bese como si no hubiera un mañana?

—Si lo que quieres es un beso, yo te lo doy encantado. Pero tu hija tiene razón —dijo Mateo, apareciendo a nuestro lado sin que yo lo hubiera oído llegar.

—¿Desde cuándo estás ahí? ¿Qué has oído de nuestra conversación? —le pregunté, algo asustada, la verdad.

—Todo, mamá. Lo ha escuchado todo, porque lleva ahí casi desde el principio —me contestó Sofía.

—¿Por qué no me has dicho nada? Que sepas que me parece una encerrona lo que has hecho.

Sé que utilicé un tono de enfado, pero en realidad no era eso lo que sentía. Mis emociones iban mucho más allá. Era decepción, era sentirme expuesta, era algo que no podía describir con palabras y cuya única manera de salir de mí fue en forma de lágrimas.

—Eh, eh, no quiero que llores por nada, mucho menos por algo como esto —me dijo Mateo.

—Mamá, eres muy joven y solo queremos que seas feliz, que, por una vez en tu vida, pienses primero en lo que quieres tú y no en lo que es bueno para los demás —añadió Sofía.

Mateo me cogió de la muñeca y tiró de mí hasta abrazarme, dejándome llorar contra su pecho y concediéndome todo el tiempo que necesitara para sacar aquello de dentro. Y volvió esa sensación de protección, eso que se llama hogar y que tanto me aterraba.

—Preciosa, no quiero que vuelvas a tener miedo. No de mí, no de esto que sentimos. Te prometo que, si algo soy, es leal y sincero. Si nos damos la oportunidad de conocernos y alguna vez hay algo que no me gusta o dejo de sentir lo mismo por ti, me sentaré contigo para hablarlo. No te haré daño.

Levanté la cabeza de su pecho y no pude aguantarme más.

Puse una mano sobre su mejilla, me puse de puntillas y le dejé un breve beso en los labios.

Sé que no se lo esperaba y que por eso tardó unos segundos en reaccionar, pero, cuando lo hizo, me cogió por la cintura, me pegó a él y me besó en condiciones.

Fue un beso dulce, pero pasional, en el que nuestras lenguas se encontraron en un baile de lo más sensual y que fue calentándonos la sangre. Sin embargo, no quería ir tan rápido y así se lo hice saber.

—Mateo, no quiero ir rápido. Todavía tengo que hacerme a la idea de dejarme llevar por lo que siento.

—Preciosa, iremos al ritmo que necesites. Lo único que voy a pedirte es que no me prohíbas besarte cuando me salga de dentro, por favor.

—Eso nunca lo haría, porque yo también te besaré cada vez que me apetezca.

El resto del día lo pasamos en la villa de mi hija y Marcos, que era la que tenía la piscina más grande y desde la que también podíamos lanzarnos directamente al mar.

Además, organizamos las parejas para dormir aquella noche porque no queríamos que Sofía y Marcos la pasaran juntos y, al final, lo conseguimos.

Mateo dormiría con Marcos, yo con mi hija y el resto se acopló como buenamente pudo. Leo no paraba de insistirle a Marta en que pasara la noche con él y Susana decía que, hasta que ella no encontrara un maromo que le diera una alegría al cuerpo, eso no sucedería.

—Si es por eso, ahora mismo voy a coger una libreta para apuntar tus gustos y me recorro todo el resort hasta encontrarte un muchacho —le dijo Leo.

—Tengo una idea mejor. ¿Por qué no nos vamos a la piscina general del resort y que ella nos vaya señalando los que le gustan? —propuso Marta, que estaba deseando acostarse con Leo.

—¡Venga, vamos! Esa ha sido una idea genial. Además, así también podemos ir a ver a la güeli , a ver si ya se ha despertado —dijo Sofía.

Al final, cuando ya eran casi las ocho de la tarde, nos marchamos a la piscina general. Mateo me llevaba cogida de la cintura y, cada tres o cuatro pasos, se paraba para besarme. No eran besos profundos, sino leves roces de labios que a mí me sabían a gloria.

—Susana, echa una ojeada y dime quién te gusta, que vamos a ir a por él —le dijo Leo a mi amiga nada más entrar.

—Dejaos de tonterías, que soy lo suficientemente capaz de ligarme al hombre que quiera. No me hacen falta celestinas para hacerlo —le respondió ella riéndose.

Lo que no esperábamos era encontrarnos allí precisamente a Manuel, el marido de Susana, de la que llevaba separada unos tres o cuatro meses.

La cara de mi amiga cambió de color y en ella se reflejó algo que me dio miedo, no por mí, sino por ella.

Me di cuenta de que, durante aquellos meses y por mucho que asegurara que estaba bien, no lo estaba.

No había conseguido olvidarlo y seguía tan enamorada de aquel hombre como el primer día que lo conoció.

—No me lo puedo creer —dijo Susana.

—¿Quieres que nos marchemos? —le preguntó Leo, dejando las bromas a un lado.

—No. Eso es precisamente lo contrario de lo que voy a hacer. Ya está bien de esconderme, ya está bien de que no me vea como a una mujer. Se lo voy a demostrar, voy a enfrentarlo y quiero saber qué hace aquí, con todos los sitios a los que podría haberse ido de vacaciones con esa mujer.

—Susana, todavía no sabes si está solo o no —le dijo mi hija, que era la más observadora de todos.

—¿En serio piensas que está aquí solo? No me hagas reír, Sofía. Pero bueno, esté solo o no, me va a decir qué ha venido a hacer y no pienso alejarme hasta que lo haga.

Manuel nos vio y noté cómo se ponía nervioso, sobre todo por la cercanía de Leo con Susana, que todavía era su mujer porque aún no habían empezado a tramitar el divorcio; habían acordado hacerlo después de las fiestas. Se levantó de la hamaca y vino hasta donde estábamos nosotros.

—Por favor, no me dejéis a solas con él —nos pidió Susana.

—Tranquila, amiga, que no lo haremos —le contesté, agarrándole la mano.

Manuel se paró delante de ella y en su mirada se apreciaban muchas cosas: la primera, vergüenza, seguida de dolor y miedo. Todo aquello me hizo entender muchas cosas, pero no sería yo quien se las dijera a mi amiga. Tendría que ser él quien lo hiciera.

—Buenas tardes, casi noches —nos dijo.

—Buenas tardes, Manuel —respondí yo, seguida por los demás.

—Susana, ¿podemos hablar? —le preguntó a mi amiga.

—Claro que sí. Habla.

—A solas, por favor.

—No, a solas no. Ellos son los que han aguantado mis lágrimas, los que me han visto derrotada durante todos estos meses y, por eso, si tienes algo que decir, dilo delante de ellos.

Empezando por explicarme qué haces aquí, con todos los lugares a los que podrías haberte ido de vacaciones con tu nueva novia.

—He venido solo. Me he dado cuenta de que he sido muy injusto contigo, de que, si te habías abandonado, no era por comodidad, sino porque estabas sola para todo. Eres el amor de mi vida y me gustaría que me dieras otra oportunidad, por favor.

—Claro que sí. Para que, cuando se te vuelva a cruzar otra mujer con las piernas más largas, las uñas más pintadas o el pelo más sedoso, vuelvas a darme la patada y yo lo pase mal de nuevo.

—Eso no va a suceder nunca, jamás. Me he dado cuenta de lo mucho que te quiero, de que sigo enamorado de ti y de que fui un completo idiota buscando fuera lo que debería haber hablado contigo.

»Reconozco que incluso llegué a sentir celos de nuestros propios hijos, del tiempo que pasabas con ellos y que yo sentía que ya no compartías conmigo.

—¿Estás diciendo eso en serio? No me lo puedo creer, Manuel, de verdad. Si hubiera contado con tu ayuda, nada de esto habría pasado.