¡Viva la madre de la novia! Capítulo 15
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Capítulo 15

Mateo

Acompañamos a la abuela hasta su habitación, donde, nada más llegar, colgó el cartel de «No molestar». Después nos marchamos a nuestras villas, quedando en vernos en el camino de entrada para ir a darnos un baño y comer en uno de los chiringuitos.

Cuando Leo propuso el plan, supuse que Adriana se negaría, pero, como todos estábamos de acuerdo, no pudo decir que no. Así que se marchó con Marta para cambiarse de ropa y reunirse después con nosotros.

Me moría de ganas por verla con alguno de los bikinis que llevaba en la maleta, pero, al mismo tiempo, me daba miedo no poder reprimir las ganas de besarla y tenerla entre mis brazos.

—Amigo, estás jodido, porque esa mujer te gusta, y mucho —me dijo Leo.

—¿Tanto se me nota?

—Pues, tirando así por encima, más o menos como a mí, que me vuelve loco Marta.

—¿En serio? No me había dado cuenta. Pero bueno, tú ya te has acostado con ella, ¿no?

—Pues no. Estuvimos toda la noche hablando, porque le dije que quería ir despacio, conocerla bien antes de hacer nada, y lo único que ha habido entre nosotros han sido unos besos.

—No sé si yo sería capaz de parar una vez que nos hubiéramos besado.

—Te aseguro que, si ella te lo pide, lo harás.

—Hombre, claro, si ella me dice que no, por supuesto que paro. Me refiero a hacerlo por iniciativa propia.

Estuvimos un buen rato más hablando mientras colocábamos la ropa en el armario y nos poníamos los bañadores. Yo elegí uno azul marino porque, si mi amigo decidía animarse al ver a Adriana, sería bastante más fácil disimular que con uno clarito o estampado.

Salimos de la villa y fuimos hasta la entrada de aquella zona, donde habíamos quedado y donde ya se encontraban Marcos y Sofía. Leo, con toda la maldad del mundo, se dirigió a ellos con una sonrisa.

—¿Ya estáis vosotros aquí? Yo pensaba que llegaríais los últimos.

—Pues no, listo, porque hemos decidido que no vamos a tener sexo hasta mañana, después de la boda —le contestó Marcos.

—Vamos, que hoy te van a tocar trabajos manuales, ¿no?

—Tampoco. Así nos cogeremos con más ganas. Llevamos así toda la semana —añadió Sofía.

—Madre mía de mi alma. Dos chicos de vuestra edad sin sexo durante una semana… Está claro que el resto del viaje no os vamos a ver, vais a estar follando como conejos —dijo mi amigo, haciendo que todos nos riéramos.

—Ya estamos listas —anunció Susana al llegar a nuestro lado.

Me pilló de espaldas, así que me giré y, cuando vi a Adriana, no pude ni reaccionar. Llevaba un vestido de ganchillo blanco bajo el que se vislumbraba una silueta de escándalo y un bikini del mismo color.

Si os digo que me quedé con la boca abierta, me quedaría demasiado corto. Y eso que todavía no la había visto sin el vestido, solo con el traje de baño. Cuando eso ocurriera, me iba a dar un infarto, lo tenía clarísimo.

—Dios mío, estás guapísima —le dije en un susurro.

—Gracias, pero no lo he elegido yo. Ha sido Marta la que ha decidido por mí.

—Da igual quién lo haya elegido. La que lo lleva y lo luce eres tú. Y eso que todavía no te he visto sin ese vestido…

—Me estás sonrojando, chico, y todavía no he pisado la playa.

—Mejor, así ya te vas haciendo una idea de cómo te verás mañana para la boda.

Nos fuimos dando un paseo hasta la playa del resort, donde había unas hamacas para tomar el sol y varias mesas de madera en las que podíamos pedir la comida si nos apetecía comer allí entre amigos, en lugar de hacerlo en el restaurante de la playa, que solía llenarse bastante según nos dijeron cuando preguntamos.

Había llegado el momento de darnos un baño, así que dejamos la ropa y el resto de nuestras cosas debajo de una de las mesas que había junto a las hamacas.

Vi que Adriana estaba un poquito reticente a quitarse el vestido y, para no hacerla sentir más incómoda de lo que ya parecía, decidí marcharme hacia el mar.

—¿No esperas a Adriana? —me preguntó Leo.

—No. La veo un poquito incómoda con mi presencia y quiero darle su espacio.

—Pues, como le des mucho, se te va a adelantar algún moscón, te lo aseguro. No se puede estar más buena que ella con ese bikini. Fíjate, todos los hombres se han quedado mirándola con la boca abierta.

Cuando me giré y la vi, agradecí estar lo suficientemente sumergido para que no se apreciara el grosor y la dureza que había adquirido mi miembro.

Lo que me había dicho Leo era cierto: todos y cada uno de los hombres y, para qué negarlo, alguna que otra mujer se habían quedado mirándola, comiéndosela con los ojos. Una punzada de celos se apoderó de mí.

Leo, que se había dado cuenta de todo, no dudó en empezar a decirle cosas en cuanto se acercó hasta donde la esperábamos para rebajar un poco la tensión.

—¡Viva la madre de la novia! —le gritó mientras ella reía y negaba con la cabeza.

—No me digas esas cosas, por favor.

—¿Por qué? No estoy diciendo nada malo.

—Ya lo sé, pero me da un poquito de vergüenza, la verdad.

—Amiga, deja que los hombres te piropeen, que no veas el trayecto hasta aquí, hija. Me has dado una envidia… —le dijo Marta.

—Pues, si tú has sentido envidia, dímelo a mí, que no me dicen un piropo desde que hice la comunión —contestó Susana.

—Venid para acá, que ahora mismo os lleno yo de piropos. Y a Adriana que se los diga el tío del novio, que también va a ser el padrino de la boda —soltó Leo.

Me acerqué a ella respetando su espacio, porque no quería invadirlo, al menos de momento. Eso, el tiempo lo diría. Cuando se sumergió en el agua y volvió a salir, dejando que las gotas resbalaran por su cuerpo, os prometo que me dejó sin aliento.

—¿Vas a seguir haciendo cosas que te hagan todavía más sexy? Lo digo para ir a buscar una pastillita para debajo de la lengua —le dije.

—¿Perdona? ¿Qué he hecho yo? Si tan solo me he sumergido en el mar para quitarme el calor que estoy sintiendo…

—No me hables de calores, por lo que más quieras, que te juro que mi temperatura está, al menos, diez grados por encima de la tuya.

Adriana me salpicó agua con la mano y aquello fue el pistoletazo de salida para que todos empezáramos a gastarnos bromas.

Sofía miraba a su madre con amor, admiración y también con cierta sorpresa.

Era como si no la hubiera visto nunca de aquella manera y, por eso, no dudé en acercarme a la que, en pocas horas, sería mi nuera.

—Te veo feliz, Sofía.

—Es que lo estoy, Mateo. Ver a mi madre así de reluciente, riéndose de verdad, sin intentar esconder su dolor ni sus preocupaciones, me hace muy feliz.

—A mí también. No la he conocido en esas facetas que tú dices, pero me gusta su risa, la manera en la que echa la cabeza hacia atrás…

—Ya, para que mi felicidad fuera completa, lo único que me faltaría es que encontrara el amor, que viviera lo que se siente cuando un hombre te quiere, te respeta y te admira tal y como eres.

No sabía si me lo había dicho con segundas intenciones, pero no me dio tiempo a preguntárselo porque el chico ya nos había dejado en las mesas junto a las hamacas la comida que habíamos pedido antes de entrar en el mar.

Pero bueno, dejaría aquella charla para después. Estaba claro que, cuando termináramos allí, regresaríamos a las villas para seguir disfrutando de la piscina, pero no pensaba dejar que nos separáramos. Nos juntaríamos todos en una de ellas.

En cuanto salimos del mar, Adriana cogió su toalla y se envolvió con ella. Era como si le diera vergüenza que la miraran, como si quisiera pasar desapercibida o estuviera acostumbrada a hacerlo, y no dudé ni un instante en preguntárselo.

—¿Por qué te has enrollado en la toalla?

—Pues no sé, la verdad. Debe de ser la costumbre.

—Una costumbre que no me gusta nada, Adriana. Tienes un cuerpo y una figura espectaculares, pero, aunque no fuera así, tienes todo el derecho a lucirlos. No quieras parecer invisible ante los demás.

—Es que…

—Es que, ¿qué?

—No lo sé. Siempre he intentado pasar desapercibida, tanto en el trabajo como en mi vida diaria. Cuando me quedé embarazada de Sofía, me daba vergüenza que la gente me mirara con lástima y, poco a poco, he ido forjando así mi personalidad.

—Entonces ya va siendo hora de que la cambies.

Adriana estaba sentada a mi lado, así que no lo tuve demasiado difícil para coger el pico de la toalla y tirar de él hasta dejarla únicamente cubierta por la parte del trasero, mientras toda la parte delantera quedaba visible.

No me frenó, y eso me gustó. Nos miramos y, en un momento dado, le pasé el brazo por los hombros y la besé en la mejilla. Sus mejillas se tiñeron de un sonrojo que me hizo sonreír. Por primera vez veía que se dejaba llevar, aunque no del todo. Era como si algo siguiera frenándola.

Teníamos muchos días por delante, así que me planteé como meta conseguir que se abriera un poco más a mí y me dijera qué era exactamente aquello que no la dejaba dar un pasito más.

En un momento dado, Sofía le pidió a su madre que la acompañara a darse un baño, las dos a solas, como cuando era pequeña.

Vi la emoción reflejada en el rostro de Adriana; fue como verla rejuvenecer y volver a ser aquella chica de poco menos de dieciocho años que se convirtió en madre casi sin quererlo.

Marcos, mi sobrino, se sentó a mi lado y me miró con una sonrisa un tanto socarrona que seguro escondía algo. No le aparté la mirada y terminó riéndose a carcajadas sin que yo supiera el motivo.

—¿Se puede saber de qué coño te ríes?

—Tato, estás jodido. Mi futura suegra se ha adueñado de tu corazón.

—No digas tonterías, Marcos.

—Sí, sí, todas las tonterías que tú quieras, pero el caso es que no te he visto mirar así a una mujer desde que Marina desapareció de tu vida.

—Marina no ha desaparecido de mi vida. Lo que ocurrió es que no quiso compartir conmigo tu crianza, pero hemos seguido acostándonos durante mucho tiempo.

—Pero no es lo mismo, tato. Tú olvidaste a esa mujer en el mismo momento en que te dijo aquello, cuando la puerta de casa se cerró tras ella.

—En eso tienes razón. Y no voy a decir que Adriana no me guste porque te estaría mintiendo, pero de ahí a que sea lo que estás insinuando…

—No insinúo nada. Lo afirmo, categóricamente, además. Y ella siente lo mismo por ti. Me apuesto las dos manos y no las pierdo.

—¿Para eso se la ha llevado Sofía al agua?

—Más o menos. Sabemos que se está frenando y mi chica cree entender el motivo. Por eso ha querido hablar con ella, para que deje atrás sus miedos y sea todo lo feliz que se merece.