Capítulo 14
Adriana
Nos reímos con mi abuela lo más grande. Por cojones decía que quería un vestido blanco de encaje o crochet para la boda, pero, cuando se lo probó, desde fuera escuchamos las carcajadas que soltaba y no pudimos hacer otra cosa que abrir la cortina para verla.
—¿Alguien tiene por ahí una palangana de esas de cerámica? ¿De las que se ponen de adorno? —nos preguntó.
—No, ¿por qué? —le contesté.
—Porque parezco una mesa camilla con el paño de crochet de la abuela.
Nos doblamos de la risa con las cosas que salían por la boquita de mi abuela Maruja. Yo, a su edad, quiero ser igual que ella, porque no se achanta ante nada ni ante nadie, mira a la vida de frente y, lo más importante, todo lo hace con un sentido del humor digno de admiración.
Nos volvimos a casa porque, al día siguiente, un microbús que habíamos alquilado nos iría recogiendo para llevarnos hasta el aeropuerto y así no tendríamos que estar pendientes de nuestros coches. Además, sería el mismo que nos recogería a la vuelta.
Cuando llegó a buscarnos a nosotras, ya venían todos los demás. Guardamos las maletas en la zona habilitada para ello y subimos. Mi abuela, que era más lista que el hambre, se sentó delante, en el primer asiento que encontró, porque decía que se mareaba, y a mí me dejó el que había junto a Mateo.
Las palabras que me dedicó me hicieron sonrojar, como no podía ser de otra manera, y, por mucho que quise disimularlo, al final me dejó claro lo que buscaba.
Curiosamente, si no estuviera la felicidad de mi hija en juego, me tiraría a la piscina sin pensarlo demasiado, pero le había prometido que intentaría dejarme llevar.
No voy a decir que el viaje fuera corto porque estaría mintiendo. Todos estábamos deseando llegar, en especial mi abuela, que nunca había salido de España y estaba ya desesperada.
—Hija, ya te podías haber casado en Zahara de los Atunes, que también tiene unas playas preciosas —le dijo mi abuela a mi hija.
—Lo sé, pero no era lo mismo. Ya lo comprobarás en cuanto lleguemos y lo veas.
—Pues, si te digo la verdad, si llego a saber que son tantas horas metida en este cacharro, te casas en la catedral de mi pueblo.
Todos empezamos a reírnos porque ella era así. Pero aquello no fue nada comparado con el momento en que la azafata nos pidió que nos pusiéramos el cinturón porque estábamos a punto de aterrizar. Mi abuela, que iba sentada a mi lado, se acercó a mí intentando ser muy discreta.
—Adriana, cariño, el cinturón lo llevo guardado en la maleta. ¿Me dirá algo la muchacha esta si no me lo pongo? —me preguntó, bastante apurada.
—¿De qué estás hablando, abuela?
—De la muchacha que ha hablado por el altavoz, que nos ha dicho que nos pongamos el cinturón. Pero el único que tengo lo guardé en la maleta, porque no pensé que me fuera a hacer falta en el avión.
Os prometo que me entró un ataque de risa que no podía controlar. Casi me ahogo por la falta de aire y las lágrimas me caían por la cara. Dos minutos después, cuando por fin conseguí responderle, y al ver que me miraba con cara de asesina, pude volver a hablar.
—Abuela, no se refiere a ese cinturón, sino a este, que ya llevas abrochado —le dije señalando su cadera.
—Anda, coño, esto no es un cinturón, esto es una correa. Yo no me lo he quitado, no fuera a ser que esto se diera la vuelta, como pasó en aquella atracción de la feria de mi pueblo, y me fuera a dar un cocazo con el maletero ese.
—Abuela, de verdad, eres única —le dijo Mateo, que tampoco podía aguantar la risa.
—Vosotros sois todos muy listos, pero yo soy de pueblo y allí las cosas se llaman por su nombre, no como aquí… Cuidado con decir que esto es un cinturón. Todavía, si saliera del asiento como en los coches, lo podría entender, pero esto, esto es una correa.
Ella seguía dale que dale, sin bajarse del burro. Porque, eso sí, tenía la cabeza como el cemento armado: cuando decía algo y estaba convencida, aunque no tuviera razón, no daba su brazo a torcer. Y ahí siguió refunfuñando por lo bajini hasta que el avión tomó tierra y pudimos salir de allí.
Mi abuela, que venía vestida de invierno, en cuanto atravesó la puerta de la terminal y notó el calor en la cara, casi le da algo. Se plantó delante de todos, que llevábamos ropa finita debajo de los chaquetones, nos miró y, con el dedo índice levantado, se dirigió a nosotros.
—Que sepáis una cosa: sois todos unos cabrones. Seguro que queréis libraros de mí y habéis encontrado en este viaje la excusa perfecta —nos dijo, aunque no logró mantener el enfado demasiado tiempo y acabó soltando una carcajada.
—¡Abuela! ¿Cómo nos puedes decir eso? —le preguntó Marta.
—Esperaos, que me voy a quitar toda la ropa que llevo de más y ya nos vamos.
Cuando la vimos empezar a quitarse capas de ropa que llevaba debajo del chaquetón, nos quedamos ojipláticos.
En lugar de ponerse un jersey grueso encima de una camiseta finita y unos pantalones que tampoco abrigaran demasiado, se había puesto siete u ocho camisetas finas de manga larga encima de una de tirantes y, con los pantalones, había hecho prácticamente lo mismo.
—No me miréis así, que quería traerme todo esto y ya no me cabía en la maleta —nos dijo como si fuera lo más normal del mundo.
—Abuela, hija, pues nos lo podías haber dicho a nosotras y lo habríamos repartido entre todas las maletas. No tenías que venir así de apretada —le dijo Susana mientras los demás nos partíamos de la risa.
—En eso no había caído, cariño, pero no dudes que lo haré porque, si el viaje tarda media hora más, con lo apretada que iba, ya no podía aguantar más los gases.
—No habrás sido capaz de…
—Lo que ha pasado en el pasillo de salida solo lo sabemos mi culo y yo. Bueno, y lo mismo la persona que venía detrás de mí, pero como no se escuchaban, igual ha pasado desapercibido —contestó.
No quise indagar más y nos dirigimos hasta el microbús que, en esta ocasión, sería el encargado de llevarnos hasta el resort en el que se celebraría la boda y donde permaneceríamos hasta el dos de enero, día en el que volveríamos a casa.
Nos hicieron el check-in en recepción y nos entregaron las llaves, tanto de las villas como de la habitación que ocuparía mi abuela, que dijo que no la llamáramos en todo el día porque se iba a acostar y no estaría disponible para nadie.
Por mucho que intentamos explicarle que, si hacía eso, cuando llegara la noche no podría conciliar el sueño y que tenía que aguantar un poquito, nos mandó a paseo. Según ella, a su edad se dormía cuando se tenía sueño, daba igual la hora que fuera.
Las villas las repartimos de la siguiente manera: la principal, que era la nupcial porque así la habíamos pedido, sería para Marcos y Sofía. En otra estarían Mateo y Leo; en otra, Marta y yo, y la última sería para Susana, ya que en un principio se suponía que vendría con su marido o con sus hijos.
Le dijimos a mi abuela que podía venirse con nosotras y que, a unas malas, Marta se iría con Susana y yo dormiría con ella.
Cuando se lo propuse, me miró muy seria y me dijo que lo que yo tenía que hacer, al igual que todas las que estábamos allí, era disfrutar de los hombres y del viaje, y que a ella la dejáramos con su bingo y sus cosas.
—¿Qué os parece si nos cambiamos de ropa y nos vamos a uno de los chiringuitos de la playa a comer algo? —nos preguntó Leo.
—Por mí, perfecto, pero antes quiero darme una ducha y quitarme todo el sudor que llevo encima —contesté.
—Bueno, pues podemos darnos un chapuzón antes de comer o hacerlo en las hamacas… Comer, digo —puntualizó Mateo.
—Esa sí que es una buena idea, Mateíto. Vamos a ponernos los bikinis y nos vemos en la puerta de las villas —dijo Marta.
Entramos cada una en nuestra villa y, con la maleta abierta encima de la cama, no sabía por cuál de todos los bikinis decidirme. Había una premisa importante: la mayoría no los había elegido yo, sino mi hija y mi amiga Marta, y no eran precisamente los que utilizaría normalmente.
—Venga, amiga, elige el blanco, que te queda de muerte, y yo sé de uno que se va a morir cuando te vea con él puesto —me dijo Marta.
—Es que precisamente por eso no quiero elegir ninguno de los que habéis escogido vosotras.
—Anda, toma y tira para el baño. Ya me lo agradecerás después.