¡Viva la madre de la novia! Capítulo 13
44%

Capítulo 13

Mateo

Hasta el momento no habíamos tenido ninguna noticia sobre Javier y ya habían pasado casi tres meses. Al día siguiente nos marchábamos de viaje a las Maldivas para celebrar la boda de Sofía y de mi sobrino Marcos.

Entre Adriana y yo, en nuestra relación, por llamarla de alguna manera, tampoco se había producido ningún avance. Yo intentaba tener cierta cercanía y ella marcaba las distancias, pero no iba a cejar en mi empeño. Cuanto más tiempo pasaba a su lado, más me gustaba esa mujer.

Ese día habíamos quedado todos para ir a comprar ropa de baño y algunas cosas más que necesitaríamos para pasar allí esos días. Hasta la abuela Maruja dijo que se venía con nosotros, que tenía que comprarse un bañador porque el suyo ya no salía ni en los catálogos de ropa de los años cincuenta.

Me encantaba esa mujer y sabía que la iba a liar parda durante las compras. Y, para qué os voy a mentir, estaba deseando que eso sucediera porque me iba a reír lo más grande.

Los novios nos habían pedido que acudiéramos a la boda descalzos, cosa que Marta agradeció como no os podéis imaginar, ya que, según ella, eso era lo que menos aguantaba de las bodas: los tacones y el encorsetamiento.

También nos pidieron que fuéramos con colores claros, preferiblemente blanco o beige .

Sí, estaban rompiendo con todos los protocolos, pero esa era su boda, su momento, y ninguno teníamos derecho a cuestionar lo que querían. Para todos nosotros era indiferente ir vestidos de blanco o de amarillo pollo, siempre que ellos estuvieran cómodos y felices.

También habíamos decidido comprar en ese momento los atuendos que llevaríamos ese día. Por eso, quedamos en vernos en el centro comercial a las doce de la mañana, en la cafetería de la primera planta.

—Ahí viene lo más bonito de toda la boda —dijo Maruja en cuanto me vio llegar.

—Abuela Maruja, eso será porque te estás mirando en el espejo, ¿no? —le respondí, provocándole una sonrisa.

Me cogió la cara y se dedicó a comerme a besos, y yo encantado, porque nunca había sentido el amor incondicional y puro de una abuela y aquello era lo más cerca que iba a estar de algo así.

Yo, como no podía ser de otro modo, hice lo mismo y la levanté en brazos hasta dar una vuelta completa con ella.

—Quita, niño, que se me va a ver la faja —me dijo sin parar de reír.

—¿Para qué llevas faja, con el cuerpazo que tienes? —le pregunté para buscarle la lengua.

—Mira, ahora tengo el culo como una plaza de toros portátil y en mi barriga tengo una tableta de chocolate. Derretida, pero una tableta al fin y al cabo. Pero, cuando yo tenía la edad de mis niñas, se volvían los hombres a mirarme por la calle, chaval.

Solté una carcajada porque las comparaciones de esta mujer no podían ser más graciosas y lo decía con un tono que hacía imposible no reírse. Su nieta la miraba con todo el amor del mundo, al igual que Marta y Susana, que ya estaba un poquito mejor después de lo que le había sucedido.

La primera tienda en la que entramos fue una de ropa de baño, tanto para mujeres como para hombres, que tenía prendas de ese tipo durante todo el año porque estábamos en diciembre y no era fácil encontrarlas en aquella época.

—Yo ya tengo el mío —dijo la abuela Maruja, levantando una pequeña percha con un bikini que era lo mínimo que se despachaba en tela.

Cuando nos giramos y vimos que se iba hacia el probador con eso, nos doblamos de la risa, os lo juro. Adriana tenía los ojos desencajados, Sofía no podía creerse lo que estaba viendo y las chicas, al igual que nosotros, tenían las lágrimas corriéndoles por las mejillas de tanto reírse.

—¡Abuela! ¿Dónde vas con eso? —preguntó Adriana, que no había captado que se trataba de una broma de su abuela, o al menos eso pensábamos los demás.

—Ay, hija, no me seas desaborida, que tengo ganas de reírme un rato, que ya bastante hemos llorado.

—¿En serio te vas a probar eso? —le preguntó mi sobrino Marcos.

—Sí, y verás las risas que nos vamos a echar —le contestó Maruja.

Cuando la vimos salir del probador, con la faja y el bikini por encima, el pecho que le llegaba a la cintura debido a la lógica gravedad de la edad y haciendo como si estuviera en la pasarela de Cibeles, nos tiramos al suelo de la risa.

Os pongo en contexto: una mujer de ochenta años, entradita en carnes, que se había puesto un bikini de tanga y sujetador de cortinilla encima de una faja y de uno de esos sujetadores de abuela que no sirven para subir el pecho, sino para tenerlo recogido, con unas botas de pelito porque, no lo olvidemos, era diciembre, y paseándose por la tienda sin que le importara lo más mínimo que la gente la mirara.

Hasta la dependienta se ofreció a hacerle un descuento por lo bien que lo había hecho.

Después de aquel momento, y ya en serio, todos nos fuimos a elegir la ropa de baño que llevaríamos al viaje. Decidimos que nada de lo que compráramos lo verían los demás, al menos no puesto directamente en nuestros cuerpos, sobre todo la ropa que llevaríamos en la boda.

Yo era el padrino y Adriana la madrina, así que nuestros atuendos debían ser un poquito más arreglados que los del resto, aunque teniendo en cuenta las indicaciones de los novios.

Al final, Susana había decidido que no se llevaría a los niños, pues Nochebuena la pasarían con los abuelos en el pueblo y fin de año con su padre, que los recogería el día treinta y los traería de vuelta el día tres para que pasaran la festividad de Reyes con ella.

—Mis padres me han dicho que tengo que sanarme, que ahora mismo tengo que priorizarme ante todo y que estas vacaciones me vendrán bien —dijo Susana, aclarando el motivo por el que había tomado esa decisión.

—Durante estos días, lo que tienes que hacer es buscarte un buen maromo que te dé un meneo, cariño. Verás cómo vuelves con otro semblante en la cara. Y, de paso, a ver si le dan otro a mi nieta, que falta le hace —le dijo la abuela Maruja.

—Abuela, no vayas a empezar ya, que no tengo el chichi para farolillos —le contestó Adriana.

—No, no, si no hace falta que te lo adornes. Así, al natural, es como más les gusta a los hombres —le respondió Maruja mientras Adriana negaba con la cabeza.

Os prometo que me dolía la barriga de reírme con esta mujer. Cada día que pasaba, cada momento que nos regalaba, tenía más claro que nos esperaban unos días gloriosos con ella y que sería la sensación de la boda, incluso por encima de la novia.

Al final de la tarde ya teníamos todo lo que necesitábamos comprar y yo me moría por ver a Adriana con varios de los bikinis que había elegido.

No dudaba de que iban a resultar una auténtica tortura para mí.

Lo único que le pedía al cielo era que, si algún hombre decidía acercarse a ella, fuera yo el elegido, porque ciertamente me podría morir de celos.

Para no tener que coger los coches el día que fuéramos al aeropuerto, decidimos alquilar un microbús que nos fuera recogiendo a cada uno y así llegar todos juntos.

Cuando llegó ese momento, vi a Adriana visiblemente emocionada y eso me gustó, porque yo también lo estaba.

Nuestros hijos, porque así consideraba a mi sobrino aunque no lo fuera biológicamente, iban a unir sus vidas todavía más de lo que ya lo estaban.

Íbamos a celebrar el amor, eso que debería ser el motor del mundo, pero que, por desgracia, no lo era.

—Estás preciosa, Adriana.

—Uy, pues tengo una cara que no la sacan ya ni en las películas de miedo, chico.

—Entonces debe de ser eso, que a mí me chiflan las películas de terror.

—¿Por qué me dices estas cosas? ¿Por qué te empeñas en seguir intentando conocerme?

—Creo que es evidente, ¿no? Pero, aun así, te lo voy a decir. Me gustas mucho, Adriana.

—Pero no podemos, Mateo. Tú también me gustas, pero…

—Pero nada, Adriana. Este viaje debería servirnos para que te dejes llevar, para que conozcas al verdadero Mateo y me des una oportunidad.

—Bueno, lo intentaré, pero no puedo prometerte nada, lo siento.

Con eso que me había dicho, que lo intentaría, me estaba dejando una puertecita abierta, aunque solo fuera un poco y no de par en par.