¡Viva la madre de la novia! Capítulo 12
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Capítulo 12

Adriana

Pasé una noche de padre y muy señor mío consolando a Susana, intentando que los niños no se dieran cuenta del sufrimiento de su madre y evitando que mi amiga despotricara contra su marido delante de ellos.

Siempre había sido de la opinión de que los niños no tenían por qué verse involucrados en los problemas de los adultos.

Había llevado a los pequeños al colegio porque Susana se quedó dormida sobre las seis y media de la mañana, agotada de tanto llorar, y no quise despertarla.

Antes de marcharme, le dejé una nota y envié un mensaje a sus padres para que fueran ellos quienes recogieran a los niños y se ocuparan de su hija.

Estaba llegando a la facultad, donde tenía mi primera clase media hora después, cuando sonó el teléfono. Era Mateo. Me extrañó que llamara tan temprano y eso solo podía significar una cosa: el detective tenía algo para nosotros.

Estuvimos un buen rato hablando de lo ocurrido con Susana hasta que me contó el verdadero motivo de su llamada. Enrique se había puesto en contacto con él y había quedado con nosotros a las tres en el mismo restaurante de la última vez.

Tengo que decir que la mañana se me hizo eterna. Entre la preocupación por Susana y los nervios que tenía por lo que pudiera contarnos el detective, no conseguía concentrarme en lo que estaba haciendo y, en varias ocasiones, uno de mis mejores alumnos tuvo que avisarme de que me había equivocado.

—Como habéis podido comprobar, hoy no ando muy fina.

He tenido algunos problemas personales y no he dormido en toda la noche, así que os pido mil disculpas.

Creo que lo mejor será que repasemos lo que llevamos dado hasta ahora y aprovechéis para preguntarme cualquier duda que tengáis —les dije a mis alumnos.

—Perfecto, profe. ¿Podemos ponernos por grupos para contrastar nuestras dudas? —me preguntó uno de ellos.

—Claro, pero no hagáis grupos de más de cinco o seis personas, por favor.

Mientras ellos debatían y se ayudaban unos a otros, mi cabeza regresó inevitablemente a la conversación que había mantenido con Susana la noche anterior. Según su marido, no podía continuar con ella porque quería tener a su lado a una mujer, no a una madre que antepusiera siempre a sus hijos.

Entendía a qué se refería, porque era cierto que últimamente la situación había desbordado a mi amiga. Apenas tenía tiempo ni para pasar por la peluquería una vez al mes. Iba siempre a tope entre el trabajo, dos niños todavía pequeños y todas las responsabilidades que cargaba sobre los hombros.

Pero también tenía claro que, si él hubiera estado a su lado de verdad y ambos se hubieran repartido las responsabilidades, Susana probablemente no habría llegado hasta ese punto.

Ella, que antes no salía ni a comprar el pan sin haberse pintado los labios de rojo, ahora, con suerte, encontraba tiempo para lavarse la cara y cepillarse el pelo.

Casi sin darme cuenta, llegó la hora de salir y me marché rápidamente porque no quería llegar tarde a la cita con el detective.

Por regla general, prefería esperar yo a que tuvieran que esperarme a mí.

Odiaba la impuntualidad y esa costumbre de algunas personas de actuar como si el tiempo de los demás valiera menos que el suyo.

Con aquello en la cabeza llegué hasta el restaurante, aparqué el coche y me dirigí hacia la entrada, donde había quedado con Mateo.

Él llegó pocos minutos después y también traía cara de circunstancias. No sabía a qué se debía, pero tampoco iba a preguntárselo en aquel momento; todavía no teníamos tanta confianza como para meterme en sus asuntos personales sin que él me diera pie.

—Hola, preciosa. ¿Qué tal ha ido la mañana?

—Hola, Mateo. Como el culo. No he dado pie con bola. Estoy deseando que termine ya el día, irme a casa y meterme en la cama, a ver si mañana amanece mejor que hoy.

—¿Entramos? No sé si Enrique habrá llegado ya.

—Yo tampoco. Acabo de llegar prácticamente y todavía no he entrado.

—Entonces vamos, que, con un poco de suerte, terminamos prontito.

Atravesamos la puerta del restaurante y allí, sentado en la misma mesa de la vez anterior, estaba Enrique. En esta ocasión no tenía dibujada en el rostro la sonrisa con la que nos había recibido la primera vez, sino que fruncía el ceño mientras leía algo con atención.

—Buenas tardes, Enrique —lo saludé.

—Buenas tardes. No os había visto llegar —contestó levantando la cabeza y apartando la vista de los papeles.

Nos sentamos y pedimos la comida, aunque esta vez ninguno tenía demasiado apetito y elegimos algo bastante más ligero que en nuestra primera reunión. En cuanto el camarero se alejó de la mesa, Enrique nos tendió una de las carpetas que llevaba consigo antes de empezar a hablar.

—Tengo mucho que contaros de ese hombre y, por desgracia, nada bueno.

—Eso ya me lo esperaba. Solo espero que nada de lo que hayas averiguado salpique demasiado a mi hija, porque eso sí que no pienso consentirlo —respondí.

—Empieza, por favor. Cuanto antes sepamos lo que ocurre, antes podremos decidir qué hacer —añadió Mateo.

Según había podido averiguar Enrique, Javier no había sentado la cabeza, tal y como todos imaginábamos. Seguía llevando una vida de fiesta en fiesta y metiéndose hasta las calichas de la pared, aunque aquello ni siquiera era lo peor.

Su última pareja había sido una mujer adinerada, la madre de su otra hija, que llevaba prácticamente el mismo estilo de vida que él y tampoco parecía demasiado interesada en centrar su existencia en el cuidado de la niña, que tenía en esos momentos diez años.

Cuando se separaron, y como ella no quería asumir ninguna responsabilidad, dejó a la pequeña con Javier a cambio de una importante suma de dinero y de una manutención de mil quinientos euros mensuales.

Gracias a aquello, él no necesitaba trabajar, pero tampoco tenía ninguna intención de dedicarse a cuidar de su hija.

Según Enrique, sus planes pasaban por reconocer legalmente a Sofía y conseguir que llevara su apellido para, con la excusa de que las dos hermanas debían conocerse y pasar tiempo juntas, ir dejando a la pequeña con ella mientras él continuaba viviendo a su manera y cobrando la manutención que le pagaba la madre.

—¿Cómo se puede ser tan ruin? —preguntó Mateo.

—Eso no es todo. Hay algo más —dijo Enrique.

Lo miré con incredulidad.

—¿Más? Pues no sé, como no sea que pertenece a la mafia rusa…

—A la mafia rusa no, pero sí está relacionado con asuntos bastante turbios y con gente nada recomendable con la que hacer negocios.

Enrique continuó explicándonos que Javier estaba metido en trapicheos de drogas y debía una cantidad importante de dinero a esas personas.

Por eso tampoco podía descartar que su interés por Sofía tuviera un componente económico o que pretendiera utilizar de alguna manera el patrimonio de mi hija o incluso el mío para intentar salir del agujero en el que se había metido.

Noté cómo se me revolvía el estómago.

—Si yo fuera tú, lo primero que haría sería hablar con tu hija y dejar muy claro que no quiere aceptar ningún cambio relacionado con su padre ni con su apellido —me aconsejó Enrique—. Cuantas menos vías tenga ese hombre para entrar en su vida, mejor.

—No hará falta convencerla de nada —intervino Mateo—. Sofía tiene clarísimo que no quiere saber nada de ese tipo. No ha estado presente durante veinte años y aparece ahora, precisamente cuando ella ya no necesita nada de él y tiene su vida encauzada.

Terminamos de comer y nos despedimos de Enrique después de abonarle el importe que quedaba pendiente. Le agradecimos el trabajo que había realizado y, sobre todo, la rapidez con la que había conseguido averiguarlo todo.

Cuando salimos del restaurante, Mateo me miró durante unos segundos antes de hablar.

—¿Te apetece venir a mi casa a tomar un café?

—La verdad es que preferiría dejarlo para otro momento porque estoy agotada. Pero también sé que, si me voy directamente a casa, no voy a pegar ojo y seguiré dándole vueltas a todo esto, así que sí, me voy contigo a tomar ese café. Ve tú delante y yo te sigo con mi coche.

—Perfecto. De todos modos, te paso la ubicación por mensaje por si acaso nos separamos.

—Vale, nos vemos allí.

Llegué hasta mi coche, arranqué y me situé detrás del suyo. Aunque me había enviado la ubicación, no tuve necesidad de utilizarla porque Mateo condujo despacio durante todo el trayecto y se mantuvo pendiente de mí a través del espejo retrovisor para asegurarse de que no lo perdía de vista.

Cuando aparcamos y me bajé del coche, Mateo se acercó y me rodeó los hombros con un brazo, pegándome a él. Como siempre ocurría cuando lo tenía cerca, aquella simple cercanía consiguió que me sintiera segura.

A su lado tenía la absurda sensación de que podía con todo, como si nada ni nadie fuera capaz de volver a hacerme daño mientras él estuviera allí. Y precisamente eso era lo que más me asustaba.

Os prometo que me entraron unas ganas terribles de levantar la cabeza y probar aquellos labios carnosos que parecían llamarme a gritos.

Durante unos segundos estuve a punto de olvidarme de todo y dejarme llevar, pero entonces apareció en mi cabeza la imagen de Sofía junto a Marcos, felices con su boda y con todos los planes que tenían por delante.

Recordé también la decisión que había tomado: entre Mateo y yo no podía pasar nada si existía la más mínima posibilidad de que aquello terminara afectando a nuestros hijos.

Me separé de golpe, como si acabara de recibir una descarga.

—¿He hecho algo que te haya molestado, Adriana?

—No, pero será mejor que me marche. No quiero hacer nada de lo que después pueda arrepentirme.

—Adriana…

No me quedé a escucharlo. Me di la vuelta, volví hacia mi coche y salí de allí cagando leches.