¡Viva la madre de la novia! Capítulo 11
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Capítulo 11

Mateo

Aquella mañana recibí una llamada del detective privado. Nos citó a los dos en el mismo restaurante de la vez anterior y, aunque no quiso adelantarme demasiados detalles por teléfono, me dijo que creía haber averiguado qué se escondía detrás del repentino interés de Javier Márquez por su hija.

En cuanto colgué, llamé a Adriana para contarle lo de la cita. Sabía que se pondría nerviosa, pero también que necesitaba conocer cuanto antes los motivos de Javier.

—Hola, preciosa. ¿Algo más tranquila hoy?

—Hola, Mateo. Pues sí. Ayer fuimos a comprar el vestido de novia de Sofía.

—¿Todo bien? ¿Encontró lo que buscaba?

—Sí. Está preciosa vestida de blanco… Pero esa fue la parte bonita del día, porque también tuvimos la fea.

—¿Y eso?

Adriana me contó que Susana había descubierto que su marido le había sido infiel con una compañera de trabajo y que, cuando quiso enfrentarlo con la verdad, él ya tenía la maleta preparada y terminó marchándose de casa, dejándola allí con los niños.

—No entiendo cómo hay gente que no es capaz de ser clara con sus sentimientos.

—Eso mismo pienso yo. Está claro que uno no puede mandar en lo que siente, pero de ahí a jugar con los sentimientos de otra persona…

—Exacto. Si ya no estás enamorado de tu pareja, lo lógico es hablarlo y terminar la relación antes de empezar algo con alguien más.

—Eso sería lo correcto, pero por desgracia no siempre ocurre así. Así que imagínate la noche que he pasado. Me quedé con Susana y esta mañana he llevado a los niños al colegio.

—Pues espero que no tengas nada que hacer cuando salgas, porque me ha llamado el detective. Ha quedado con nosotros a la misma hora y en el mismo sitio que la vez anterior.

—Jo, parece que estás cantando la sevillana esa de «en el mismo sitio y a la misma hora».

No pude evitar sonreír. Me encantaba aquella capacidad suya para darle la vuelta a las situaciones.

Tenía que estar subiéndose por las paredes tanto por lo que pudiera contarnos el detective como por lo ocurrido con su amiga, a la que consideraba una hermana, y, aun así, siempre encontraba algún resquicio por el que colar el humor y quitarle un poco de hierro a las cosas.

—Bueno, ¿nos vemos allí o prefieres que pase a recogerte?

—No, no, nos vemos directamente. Termino a las dos y media y, en cuanto salga, voy para allá.

—Que pases un buen día, bonita.

—Igualmente, Mateo.

Corté la llamada y me preparé para ir al hospital, donde Leo compartía turno conmigo aquel día. Ese era otro asunto que me tenía preocupado, porque conocía demasiado bien a su padre y estaba convencido de que aquella aparición repentina no traería nada bueno.

Cuando llegué a mi planta, estuve buscándolo por allí sin encontrarlo, así que decidí empezar mi ronda y localizarlo después. Antes de hacerlo, le envié un mensaje por si andábamos cruzándonos por los pasillos sin llegar a vernos.

Mateo: Amigo, no paro de buscarte por todas partes. Cuando leas esto, si todavía no nos hemos visto, llámame y nos tomamos un café. Un abrazo.

Al final de la mañana, cuando ya estaba a punto de bajar al vestuario para cambiarme, lo vi aparecer al fondo del pasillo con unas ojeras que le llegaban a los tobillos y una cara que dejaba bastante claro que no había dormido demasiado.

—Amigo, tienes una cara horrible. ¿Te apetece un café antes de que me vaya? Tengo tiempo.

—Me haría falta toda la tarde para contártelo todo, pero con un café puedo hacerte la versión resumida.

—Pues venga, no perdamos tiempo.

Bajamos a la cafetería del hospital. Yo terminaba mi turno a las dos y habíamos quedado a las tres en el restaurante, así que tenía margen de sobra para escuchar a Leo, cambiarme después y llegar puntual.

Él había tenido que modificar su turno y entraba en ese momento porque uno de los pacientes a los que estaba atendiendo en pediatría se había sometido a unas pruebas aquella mañana.

Dependiendo de los resultados, el equipo médico tendría que valorar si necesitaba una intervención urgente, y Leo quería estar pendiente de su evolución y de todo lo que pudiera necesitar antes de que el equipo tomara una decisión.

—A ver, cuéntame qué quería tu queridísimo padre.

—Cuando te lo diga, no te lo vas a creer.

—De tu padre me espero cualquier cosa.

Leo soltó el aire despacio antes de empezar.

—Verás, mi madre no tiene nada grave, al menos de momento. Lo que ocurre es que ha pasado una neumonía y ha estado ingresada en el hospital un par de días. Según él, ha sido suficiente para que le viera las orejas al lobo y empezara a pensar en nuestra situación.

—Es que es de lo que no hay. Sinceramente, cuando me dijiste que tu madre estaba enferma, pensé que hablábamos de algo mucho más grave, un cáncer, un ictus con secuelas o algo por el estilo.

»Que una neumonía tampoco es ninguna tontería, pero, si ya está recuperándose y los médicos la tienen controlada, utilizar eso para presionarte me parece bastante rastrero.

—Exacto. Cuando le pregunté a qué se refería con eso de «nuestra situación», me respondió que tenía que volver a casa. Según él, es mi obligación, como único hijo, cuidar de los dos y velar por su bienestar.

»Y eso pasa también por ponerme al frente del negocio. Dice que él me ayudaría a prepararme, a pesar de que no tenga ni la formación ni los conocimientos necesarios.

—Otra vez echándote en cara lo de los estudios. Me parece de traca, amigo.

—Eso mismo le dije yo, porque todo su argumento se reduce a que se tiene que jubilar y no tiene a nadie que lo suceda en la empresa.

—Espero que no hayas caído en la trampa. Es que ni quiero pensar que te lo estés planteando.

—No, y eso ha sido lo peor. Le dije que, si no tenía a nadie a quien dejarle el negocio, podía venderlo, porque yo no iba a volver a casa ni pensaba renunciar a mi trabajo para cumplir los planes que ellos habían hecho para mi vida.

—Me imagino que se pondría como un energúmeno, ¿no?

—Imaginas bien. Ha llegado incluso a amenazarme con desheredarme y con alegar abandono familiar, como si no pudieran permitirse contratar a alguien que los ayudara si algún día realmente lo necesitan.

—Has hecho bien, Leo. No puedes hipotecar tu vida por alguien que no estuvo contigo cuando lo necesitabas y que prefirió echarte de la suya antes que respetar que quisieras estudiar Enfermería y dedicarte a lo que te hacía feliz.

Leo bajó la mirada hacia su café y jugueteó durante unos segundos con la cucharilla.

—Me ha dicho que, si no vuelvo, ni siquiera me atreva a llamar o aparecer por casa el día que alguno de los dos falte.

—Y eso te duele, aunque estés cabreado.

—Claro que me duele. Siguen siendo mis padres.

—Lo sé. Pero, ante algo así, tampoco puedes hacer mucho más. La decisión la han tomado ellos y eres tú quien tendrá que aprender a vivir con ella, por injusta que sea.

Nos quedamos un rato más allí, hablando de todo y de nada. Conocía a Leo desde el primer día de universidad y sabía perfectamente cuándo necesitaba consejos y cuándo simplemente le hacía falta que alguien estuviera sentado enfrente escuchándolo sin juzgar.

Cuando miré la hora, me di cuenta de que tenía que marcharme o terminaría llegando tarde a la cita con el detective, y eso sí que no me lo podía permitir.

Quedé con Leo en que cenaría aquella noche en mi casa, ya que al día siguiente los dos librábamos.

Quería contarle con calma todo lo relacionado con la boda de Marcos porque sabía que le haría ilusión y, después de la conversación con su padre, seguramente le vendría bien tener algo bonito en lo que pensar.

Además, pasar las fiestas fuera de España podía sentarle de maravilla.

De todos modos, desde que sus padres le dieron la espalda por decidir estudiar Enfermería en lugar de seguir con el negocio familiar, las Navidades siempre las habíamos pasado juntos.

Me cambié en el vestuario y, justo antes de salir, recibí un mensaje de Marina que os prometo que hasta me sentó mal.

La última vez que nos habíamos encontrado se había comportado de una manera bastante desagradable y no tenía ninguna intención de volver a entrar en su juego.

Aun así, abrí el mensaje y tengo que reconocer que, además de ponerme de muy mala leche, consiguió sorprenderme.

Marina: «Amore», hace mucho tiempo que no me llamas y me apetece pasar un ratito contigo, de esos que los dos disfrutamos en la cama.

Llámame si quieres que pase por tu casa esta noche; aunque, si no me llamas, lo mismo me paso igualmente.

Si está tu sobrinito, mucho mejor, así puedo hacerle una despedida de soltero en condiciones.

No se podía tener menos vergüenza. Ni siquiera me molesté en contestarle y la bloqueé de inmediato. Me resultaba repugnante que insinuara siquiera acostarse con Marcos, un chico al que había conocido siendo un niño y al que había visto crecer durante años.

Con aquello todavía rondándome por la cabeza, llegué al aparcamiento del restaurante, dejé el coche y caminé hasta la entrada, donde Adriana ya me esperaba, visiblemente nerviosa.

A esas alturas empezaba a reconocerlo enseguida por la forma de mover las manos, por esa mirada que parecía clavada en un punto sin verlo realmente y por la tensión de su cuerpo.

Y, para qué engañarme, aquellos ojos suyos me tenían cada día un poco más atrapado.