¡Viva la madre de la novia! Capítulo 10
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Capítulo 10

Adriana

Lo cierto era que todo lo relacionado con la boda me estaba ayudando a apartar de la cabeza el tema de Javier. La mañana se me pasó volando en el trabajo, entre apuntes y prácticas con mis chicos, como llamaba siempre a mis universitarios, aunque algunos ya no fueran precisamente unos críos.

Habíamos quedado en que yo recogería a Susana en su casa y a Sofía en la clínica. Marta, en cambio, iría directamente hasta allí con un compañero de trabajo que vivía cerca y, a la vuelta, regresaría con nosotras en el coche.

Susana apareció con una cara que tiraba para atrás, pero ahí estaba yo para acompañarla en lo que necesitara. Sofía, que no sabía nada de la conversación que habíamos tenido la noche anterior y a la que yo tampoco había contado nada porque no me correspondía hacerlo, la miró con preocupación.

—Tía Susana, ¿te pasa algo? —le preguntó.

—Yo… yo…

—Tranquila, tómate el tiempo que necesites —le dije mientras le cogía la mano.

—Prefiero hablar más tarde, cuando hayamos encontrado el vestido y nos sentemos a comer.

—Está bien. Cuando tú quieras, cariño.

No, no nos habíamos vuelto locas ni pretendíamos comer a las cinco de la tarde. Tanto Marta como yo habíamos terminado de trabajar a las doce y Sofía había pedido unas horas de asuntos propios para poder salir antes, así que apenas eran las doce y cuarto cuando llegamos.

La tienda estaba en una nave de la zona comercial de las afueras. Mi hija había reservado cita la noche anterior por si no atendían sin ella, aunque, al llegar, comprobamos que no era imprescindible, pese a que daban prioridad a quienes la llevaban concertada.

Sofía le enseñó a una de las dependientas el estilo que buscaba y ella la llevó directamente hasta un perchero donde tenían varios vestidos de ese estilo y de distintas tallas.

Allí no trabajaban bajo encargo ni hacían arreglos; eran modelos que tenían en existencias, que se compraban tal cual y se llevaban directamente a casa.

Cada una eligió uno de la talla de Sofía entre los que podían encajar con lo que quería y después nos acompañaron hasta una sala donde esperaríamos mientras ella se los probaba.

—Me parece mentira que mi niña, esa que salía corriendo hacia mí cuando iba a recogerla al colegio, esté ahora ahí dentro probándose un vestido de novia —dije, incapaz de ocultar la emoción.

—Es ley de vida. Y que haya llegado hasta aquí también dice mucho de cómo la has educado, amiga —respondió Marta.

—Estoy deseando verla dar el «sí, quiero». Que mi matrimonio esté ahora mismo en la cuerda floja no significa que a ella tenga que irle mal —añadió Susana con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Quieres hablar ahora o prefieres esperar a que estemos comiendo? —le pregunté.

—No lo sé. Por un lado necesito sacar todo lo que llevo dentro, pero, por otro, no quiero que Sofía se sienta mal porque estemos hablando de esto justo hoy.

—Ahora mismo no pienses en nadie más. Piensa en ti.

No nos dio tiempo a continuar porque, en ese momento, Sofía apareció en la sala.

Llevaba puesto el vestido que había elegido yo y le quedaba como un guante, como si lo hubieran confeccionado expresamente para su cuerpo. Además, podía llevarlo exactamente como quería, incluso descalza, porque la boda sería en la playa.

—Sofía… Estás preciosa, mi vida —le dije mientras las lágrimas empezaban a resbalarme por las mejillas.

—Mamá, no necesito probarme ninguno más. Este es mi vestido. Lo he sabido en cuanto me lo he puesto.

Me levanté y fui directa hacia ella para abrazarla. Sin embargo, en mitad de aquel momento tan bonito, Javier volvió a colarse en mi cabeza. La simple idea de que pudiera hacerle daño a mi hija hizo que se me cerrara el estómago, aunque conseguí disimularlo.

El vestido era de estilo boho, en un tono blanco roto, con cuerpo de encaje y una falda que seguía suavemente sus formas.

La espalda quedaba prácticamente al descubierto, sujeta por unos tirantes finos, y la combinación de tul y encaje de la parte inferior lo hacía perfecto para una boda en la playa.

—¿Quieres probarte algún velo? —preguntó la dependienta.

—No, no pienso llevar velo. Como mucho, alguna diadema discreta. Ten en cuenta que la boda será en la playa.

—Entonces espera, porque creo que tengo justo lo que buscas.

Sofía tenía una melena rubia preciosa, con los rizos muy marcados, y quería llevar un recogido informal que no endureciera demasiado el conjunto.

La dependienta lo entendió enseguida y volvió con una diadema doble adornada con pequeñas flores y unos lazos finos.

La sentó frente al espejo, le recogió parte de los rizos y dejó algunos mechones sueltos enmarcando su cara.

Cuando terminó, las tres pensamos lo mismo: era completamente ella, natural, sencilla y preciosa, sin nada excesivo que la hiciera sentirse disfrazada.

Yo no pensaba permitir que pagara el vestido, pero Marta y Susana ya habían decidido regalárselo por la boda. Aquel gesto volvió a emocionarme, porque eran sus tías, aunque no compartieran sangre, y se lo demostraban cada día de mil maneras.

—Chica, ahora que has elegido este tipo de boda, nos has fastidiado el viaje de despedida de soltera —protestó Marta.

—Pues hacemos una cena y después nos vamos a tomar una copa. Eso sí, sin volvernos locas, que no quiero perder el vuelo ni plantarme en la boda con cara de zombi —respondió Sofía antes de mirarme—. Mamá, al final hemos reservado desde el día veintidós hasta el dos de enero.

—¿Un día más?

—Sí. Así tenemos tiempo de descansar y no celebramos la boda al día siguiente de llegar.

—En eso tenéis razón.

—Además, nos han hecho precio de grupo. Hemos reservado cuatro cabañas sobre el agua, de esas desde las que puedes bajar directamente al mar, y para la güeli una habitación en el edificio central, donde organizan actividades para los mayores.

—Seguro que tu abuela termina queriendo una cabaña como las demás. Pero, si no, siempre puede pedir una cama supletoria en la mía —respondí negando con la cabeza, porque mi abuela era mucha abuela, como ya habéis podido comprobar.

—No, no. Ha sido ella misma la que ha dicho que prefiere quedarse allí, a ver si encuentra novio, dice la muy canalla.

A pesar de que Susana participaba en la conversación, la veía ausente, como si estuviera en otra parte. En cuanto salimos de la tienda con el vestido de Sofía, se detuvo en seco.

—¿Podemos sentarnos en esa terraza, por favor?

—Por supuesto, cariño. Si es lo que necesitas, como si tenemos que quedarnos allí toda la tarde.

Apenas nos sentamos y pedimos unos refrescos, vi cómo se le llenaban los ojos de lágrimas hasta que ya no pudo contenerlas.

—Es Manuel. Anoche me confesó que había tenido un desliz con una compañera de trabajo.

—¿Lo dices en serio? —preguntó Marta.

—¿Fue una sola vez o lleva tiempo con ella? Porque no es lo mismo una infidelidad puntual que una relación paralela —le pregunté mientras le cogía las manos.

—No lo sé. No quise seguir escuchándolo y me marché de la habitación. Esta noche he dormido con Sandra, aunque lo de dormir es mucho decir porque no he parado de llorar.

—Susana, cariño, tienes que hablar con él. Necesitas saber qué ha pasado exactamente y qué significa para él lo ocurrido.

—En realidad me lo confesó porque le llegó un mensaje de ella diciendo que quería repetir lo del fin de semana. ¿Os acordáis de que os conté que tenía que trabajar y por eso no pude ir a cenar con vosotras? Pues ya sé a qué trabajo se refería.

—Lo siento, pero tu marido es un cabrón. Así que no eran los niños los que os estaban alejando, sino la fulana con la que se ha liado —soltó Marta.

—Discrepo contigo, tía Marta —intervino Sofía—. Esa mujer es soltera y no tiene que rendir cuentas a nadie. Quien tenía que respetar a su mujer era Manuel.

—En eso tienes razón —admitió Susana—. La responsabilidad es suya. Ahora mismo no quiero tenerlo delante porque sé que intentará convencerme de que no ha significado nada y no sé si voy a poder creerlo.

—Ya, pero no puedes evitar esa conversación para siempre. Para bien o para mal, necesitas escuchar lo que tenga que decirte —le dije.

—Lo sé. Lo que me da miedo es que termine diciéndome que nuestro matrimonio ya no significa nada. Y también pensar en quedarme sola con los dos niños.

—Mira, Susana, si yo fui capaz de sacar adelante a mi hija con diecisiete años mientras estudiaba una carrera, tú también podrías hacerlo. Pero no adelantemos acontecimientos. Primero habla con Manuel y después decidirás qué quieres hacer.

Al final decidimos comer allí y, cuando terminamos, me ofrecí a acompañarla a recoger a los niños y llevarlos a casa.

Ya en la puerta, Susana me miró de una manera que me hizo saber que quería pedirme algo antes incluso de abrir la boca.

—Adriana, ¿podrías subir conmigo y quedarte con los niños mientras hablo con Manuel?

—Por supuesto. Si quieres, incluso puedo llevármelos al parque y me avisas cuando hayáis terminado.

—No, prefiero que estés allí. Saber que vas a estar cuando salga de hablar con él me da tranquilidad.

—Entonces vamos a buscar aparcamiento y subimos juntas.

Cuando entramos en su casa, lo último que esperábamos encontrar era a Manuel haciendo las maletas.

Susana se quedó inmóvil y sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¿Se puede saber qué estás haciendo, Manuel?

—Vamos dentro. Tenemos que hablar, ya que anoche no quisiste escucharme.

—Ve tranquila, Susana. Yo me quedo con los niños y les preparo la merienda —le dije antes de mirar a los pequeños—. Chicos, ¿tenéis deberes?

—No, tía Adriana. Yo ya los he hecho en el cole y Sandra tampoco tiene, que ya se lo he preguntado.

Fuimos hasta la cocina y encendí la televisión para intentar distraerlos y que no escucharan los gritos y reproches que llegaban desde la otra habitación.

Iker, sin embargo, no dejaba de mirar hacia la puerta con preocupación hasta que terminó preguntando lo que llevaba un buen rato rondándole por la cabeza.

—Tía Adriana, ¿papá se va a ir a vivir con esa mujer y nos va a dejar?

Se me encogió el corazón.

—No, cariño. Aunque papá se vaya de esta casa, jamás va a dejar de ser vuestro padre. Os quiere y seguirá formando parte de vuestra vida.

Me dio muchísima pena comprobar que aquellos niños ya empezaban a sentir el miedo de ser abandonados incluso antes de que su padre hubiera cruzado la puerta.