Capítulo 9
Adriana
Salí del restaurante con los nervios de punta, pero, poco a poco, el paseo y la conversación con Mateo consiguieron que me tranquilizara.
No es que hubiera olvidado todo lo que habíamos hablado durante la comida, porque cada palabra seguía dando vueltas en mi cabeza, pero conseguí apartarlo durante unas horas a un rincón de mi mente.
Mateo me dejó en casa, aunque no se marchó sin cenar con nosotros, pues Marcos y Sofía también estaban allí. Aprovechamos para que nos contaran qué habían decidido sobre la boda porque, teniendo en cuenta que querían casarse antes de que terminara el año, el tiempo empezaba a echársenos encima.
—Bueno, pues hemos pensado que, como vamos a ser muy poquitos, queremos casarnos el día de Nochebuena y aprovechar para pasar juntos todas las fiestas —dijo Sofía.
—¿Todas las fiestas? Supongo que te refieres a que compartiremos la cena de esa noche, ¿no? —pregunté, porque aquello me había descolocado.
—No, mamá. Has oído bien. Queremos estar todos juntos desde el día veintitrés hasta el dos de enero porque no vamos a casarnos aquí.
—Entonces… ¿Dónde vais a hacerlo? —preguntó Mateo.
Los dos los miramos desconcertados. Yo había imaginado una iglesia pequeña de la ciudad o, como mucho, alguna ermita de los pueblos cercanos, así que nada me preparó para lo que dijeron a continuación.
—Hemos decidido que en nuestra boda solo estemos nosotros, las tías y el tío Leo. Por eso queremos casarnos en las Maldivas y, de paso, hacemos un dos por uno con la luna de miel —explicó mi hija.
—¿Nos lo estáis diciendo en serio? Cariño, eso puede costar una barbaridad y no sé si estamos para gastarnos semejante dineral —contesté.
Porque una cosa era pagarles a ellos dos un viaje a las Maldivas como luna de miel y otra muy distinta costearlo para todo el grupo. A mí no me iba mal económicamente y tenía bastante dinero ahorrado, pero tampoco era cuestión de gastarlo sin pensar.
—Y aquí es donde entro yo —intervino mi abuela.
—¿Perdona? ¿Qué tienes tú que ver con todo esto?
—Muy sencillo. Cuando murió tu abuelo, me dejó unas tierras que, por aquel entonces, no tenían demasiado valor. Nunca quise venderlas por una cuestión sentimental.
»Pero hace un par de meses recibí, a través del ayuntamiento del pueblo, una oferta de una empresa constructora interesada en comprarlas.
—¿El abuelo tenía tierras? ¿Mis padres lo sabían?
—Sí y no. Pero, además, las tierras eran mías y yo no tenía ninguna obligación de contarle nada a nadie. El caso es que me hicieron una oferta bastante buena.
—Abuela, ¿no las habrás vendido para pagar mi boda? —preguntó Sofía, sorprendida.
—No las he vendido por eso, cariño, pero el dinero puede ayudar a que tengas la boda que quieres.
—Ahora entiendo aquella preguntita del otro día…
—Pues sí. Cuando te pregunté cómo te gustaría que fuera tu boda, llevaba doble intención, aunque siempre para bien.
—Continúa, hazme el favor, porque no quiero ni pensar que hayas vendido esas tierras sin asegurarte antes de lo que realmente valían —le dije, algo preocupada.
—¿Tú te crees que soy gilipollas, niña? Soy mayor, no tonta.
Mateo soltó una carcajada por lo bajo.
—En eso tengo que darle la razón a Maruja.
—Cuando recibí la oferta, hablé con una persona que entiende de estas cosas. Me explicó que estaban ofreciéndome menos de lo que valían realmente y me dijo cuál sería un precio justo.
»Les mandé una contraoferta y, cuando vieron que no me iba a bajar del burro ni era ninguna vieja chocha, terminaron aceptando. El dinero ya está en mi cuenta.
—¿Y cuándo has firmado? Porque, que yo sepa, no he ido contigo a ninguna notaría ni a ningún sitio.
—Claro que no has venido. Me acompañó el mismo hombre que me ayudó con la valoración y se encargó de comprobar que todo estuviera en regla. Y antes de que empieces a decirme que soy una inconsciente, te aclaro que es el nieto de don Jacobo.
—Está bien, tú sabrás lo que has hecho, pero no pienso permitir que te gastes todo ese dinero en la boda. Es algo que me corresponde a mí.
—Y a mí me importa un cojón de pato lo que tú permitas o dejes de permitir. Es mi dinero y me lo gasto en lo que me salga del alma, por decirlo de una manera educada.
A esas alturas, Mateo ya no pudo contener la risa y terminó doblado en el sofá mientras escuchaba las respuestas de mi abuela. Yo sabía perfectamente que discutir con ella era una batalla perdida, así que decidí rendirme a medias.
—Vale, pero no lo vas a pagar tú sola. Lo haremos entre las dos.
—Te equivocas, Adriana. Lo pagaremos entre los tres —intervino Mateo.
—Pues aquí no está acertando nadie, porque nosotros también queremos contribuir —añadió Marcos después de mirar a Sofía.
—Eso sí que no. Vosotros no vais a poner ni un céntimo. Guardad vuestro dinero para lo que necesitéis o, si queréis, para hacer después una segunda luna de miel los dos solos.
Mi hija sabía perfectamente que, cuando yo decía que no de aquella manera, había poco margen para discutir, así que se limitó a mirar a Marcos y él sonrió.
Sofía nos explicó que no quería un vestido pomposo porque no encajaría ni con ella ni con el tipo de boda que tenían en mente.
También habían estado mirando un complejo vacacional que les había gustado mucho y que, además de las actividades habituales, ofrecía otras pensadas para personas mayores.
Aquello terminó de conquistar a mi abuela.
Las invitaciones también las prepararían ellos. De hecho, ya tenían un diseño digital y decidimos que no merecía la pena imprimirlas para tan poca gente; las mandarían directamente por WhatsApp.
—Bueno, pues mañana nos vamos de compras cuando salgáis del trabajo —anunció mi abuela.
—¿De compras?
—Hombre, claro. No pretenderás que me ponga el bañador de cuando iba a la playa con tu abuelo. Si hago eso, me van a confundir con doña Herminia, la de Cuéntame .
Ahí sí que no pude contenerme y empecé a reírme como una loca. ¿Qué pensaba comprarse mi abuela para aquel viaje? ¿Un bañador y un pareo? Ella, que lo más lejos que había viajado era al pueblo de mi abuelo, iba a plantarse en un avión rumbo a las Maldivas.
Mateo y Marcos se marcharon después de cenar y, cuando nos quedamos solas, Sofía se sentó a mi lado con el móvil en la mano. Entró en una página de vestidos de novia y empezó a enseñarme el estilo que estaba buscando.
—Mira, mamá. Algo así es lo que quiero. ¿Te gusta?
—A mí me encanta, pero no soy yo quien tiene que sentirse cómoda con él. Es tu boda y tienes que llevar algo con lo que te reconozcas y no te sientas disfrazada.
—¿Me acompañas mañana a buscarlo? Hay un centro comercial en las afueras donde creo que podemos encontrar algo parecido.
—Por supuesto, pero no vamos a ir las dos solas. La abuela y las tías tienen que estar también.
—Adriana, Sofía, no os lo toméis a mal, pero yo prefiero no ir y verla vestida de novia directamente el día de la boda. Llamadme sentimental, pero quiero guardar esa emoción para ese momento —dijo mi abuela.
—Entonces hablaré ahora mismo con las tías antes de que se vayan a dormir.
Entré en mi habitación y, mientras me ponía el pijama, hice una videollamada al grupo de mis niñas.
Marta no tendría problema para ir a la boda porque estaría de vacaciones, pero a Susana quería avisarla con tiempo para que Manuel pudiera organizarse y, si decidían no llevarse a los niños, encontraran con quién dejarlos.
—¿Y esta llamada a estas horas? —preguntó Marta.
—Yo pensaba que estarías viendo ese programa de cuernos que tanto te gusta —añadió Susana.
—Escuchadme y dejaos de tonterías, que esto es importante.
—Venga, ilumínanos —dijo Susana.
—Ya tenemos fecha y lugar para la boda y os rogaría que me dejarais contarlo entero antes de interrumpirme.
—Uy, chica, qué misterio…
—La boda será el día de Nochebuena, pero nos iremos el veintitrés y volveremos el dos de enero, porque no será aquí. Será en las Maldivas.
—¿¡En las Maldivas!? Dios ha escuchado mis plegarias —gritó Marta.
Susana, en cambio, bajó la mirada y supe enseguida que algo no iba bien.
—Chicas, yo no podré ir. Me duele en el alma, pero tenemos que ponerle el aparato de los dientes a Iker y nos va a costar un dineral. Ahora mismo no podemos permitirnos un viaje así. Me conformaré con verlo por videollamada.
—¿Quién te ha dicho que tengas que pagar nada? Como mucho tendrás que organizar con quién se quedan los niños, si decidís no llevarlos, porque ellos también están invitados.
—¿Me lo estás diciendo en serio?
—Claro. El viaje corre por cuenta de mi abuela, aunque mañana os contaré bien toda la historia cuando vengáis a buscar el vestido de Sofía.
—¿Qué te pasa ahora, Susana? —preguntó Marta al verla todavía seria.
—Es que… No sé si soy una mala madre por pensar esto, pero Manuel y yo necesitamos pasar unos días solos. Los niños nos tienen agotados y siento que cada vez estamos más lejos el uno del otro.
—Entonces busca con quién dejarlos. Sabemos que con tus suegros no puedes contar porque siempre viajan por esas fechas, pero quizá tus padres puedan quedarse con ellos.
—Eso voy a hacer. Seguro que se los llevan al pueblo. Les dejaré allí los regalos de Papá Noel y los llamaré todos los días, pero necesito intentar salvar mi matrimonio.
—¿Por qué no nos habías contado nada antes?
—No lo sé. Supongo que necesitaba asumirlo primero. Mañana quiero hablarlo con vosotras. Los niños tienen extraescolares y no salen hasta las siete, así que les pediré a mis padres que los recojan si yo no llego a tiempo.
—Cariño, estamos aquí para todo lo que necesites, sea algo bueno o algo menos bueno, igual que tú siempre has estado para nosotras. Y, si por lo que sea lo vuestro no puede arreglarse, también estaremos a tu lado para ayudarte a recomponerte —le dijo Marta mientras yo asentía.