Capítulo 8
Mateo
En cuanto amaneció, y antes de marcharme al trabajo, llamé al detective privado que habíamos encontrado por internet. Resultó ser un hombre de unos sesenta años, bastante comedido, que no quiso que le contara demasiadas cosas por teléfono.
—Caballero, si está interesado en contratar mis servicios, será mejor que nos veamos cara a cara. Me cuenta todos los detalles, yo le explico mis honorarios y, si ambos estamos de acuerdo, firmamos un contrato.
—Me parece perfecto. ¿Le viene bien que nos veamos a la hora de comer en el restaurante La Parrilla?
—Depende de la hora, porque, si es antes de las dos de la tarde, no puedo. Estoy investigando otro caso y, de hecho, le he cogido el teléfono porque todavía no he empezado con mi agenda de hoy.
—No, sería sobre las tres y media, que es cuando terminamos de trabajar.
—Entonces nos vemos allí a esa hora.
—Muchas gracias, señor Valdivia.
—A usted, señor Estrada.
Colgué y me dispuse a salir hacia el hospital. Durante toda la noche se me había repetido en la cabeza la escena en la que Adriana y yo casi nos besamos y estaba convencido de que, si su abuela no hubiera aparecido en aquel momento, las cosas habrían terminado de otra manera.
Sabía que Adriana tenía muchas reticencias a iniciar una relación con alguien y, para qué engañarnos, yo tampoco estaba buscando precisamente una.
Sin embargo, empezaba a tener la impresión de que, en su caso, no se trataba solo de que desconfiara de los hombres, sino de algo más que todavía no alcanzaba a comprender.
En la misma puerta del hospital me encontré con Leo, que acababa de salir de una guardia nocturna y traía una cara que daba miedo.
No sabía si se debía al cansancio, a una noche complicada de trabajo o a algo completamente distinto, pero, como todavía tenía tiempo antes de entrar, no pensaba quedarme con la duda.
—Amigo, ¿te ocurre algo? Tienes una cara que ya no la sacan ni en las películas de miedo.
—Sí que me pasa. Ven, te invito a un café y te lo cuento.
—¿Tiene que ver con el trabajo? Lo digo para saber qué me espera cuando suba.
—No. Es algo personal.
—Pues vamos, que con un café seguro que se cuenta mejor.
Entramos en la cafetería que había exclusivamente para el personal del hospital y ocupamos una mesa al fondo. Antes habíamos pedido en la barra un par de cafés y unas tostadas, y, en cuanto estuvimos sentados, fui directo al asunto.
—Venga, suéltalo.
—Anoche recibí una llamada. Era mi padre.
—¿Tu padre? ¿A estas alturas de tu vida?
—Eso mismo pensé cuando vi su nombre en la pantalla del móvil.
—¿Qué quería?
Leo no tenía ninguna relación con sus padres desde hacía muchos años, concretamente desde que decidió estudiar Enfermería en lugar de continuar con el legado de la empresa familiar.
Su padre ni siquiera le pagó un céntimo de la carrera, de la que tuvo que hacerse cargo él mismo trabajando como camarero en varias discotecas durante los fines de semana.
—Dice que necesita hablar conmigo, que mi madre no está bien de salud y que…
—Ni se te ocurra renunciar a tu trabajo, que ya estoy viendo por dónde pueden ir los tiros.
—Eso mismo he pensado yo. Que intentará hacerme chantaje emocional con la salud de mi madre. Está claro que no puedo hacerme cargo del negocio, entre otras cosas porque no tiene absolutamente nada que ver con mi profesión.
—Sí, pero eso no quita que pueda pedirte que dejes esta ciudad y te traslades hasta donde viven ellos. Y eso supondría dejar tu vida aquí suspendida.
Leo soltó el aire despacio antes de beber un poco de café.
—Estoy en un dilema. De todas formas, he quedado hoy para comer con él aquí, en la ciudad. Dependiendo de lo que me diga, decidiré qué hago.
—Leo, sabes que estoy aquí para lo que necesites, ¿verdad?
—Claro que sí. Eres mi hermano sin compartir ADN.
Leo y yo nos conocimos el primer día de universidad y, desde entonces, no nos habíamos vuelto a separar.
Fue mi mayor apoyo cuando falleció mi familia y procuraba compatibilizar conmigo sus horarios para que, entre los dos, pudiéramos atender a Marcos sin necesidad de contratar a una niñera.
Así que verlo de aquella manera me preocupaba más de lo que quería demostrarle.
La mañana de trabajo se me hizo demasiado lenta, casi tediosa, hasta que por fin llegó la hora de salir.
A primera hora, después de hablar con el detective, le había enviado un mensaje a Adriana con la ubicación y habíamos quedado en encontrarnos en la puerta del restaurante.
A los dos nos quedaba a una distancia parecida desde nuestros respectivos trabajos, así que ninguno tendría que esperar demasiado al otro.
Cuando llegué, Adriana ya estaba allí. Se la veía completamente nerviosa y no hacía ningún esfuerzo por disimularlo; retorcía las manos y entrelazaba los dedos con tanto ahínco que parecía que quisiera hacerse daño.
—Preciosa, como sigas así, cuando salgamos de aquí voy a tener que llevarte a que te entablillen los dedos de las dos manos.
—Es que no puedo ocultar el nerviosismo que tengo por dentro. De verdad que no.
—Todo va a salir bien, ya lo verás. No puedes estar así durante todo el tiempo que dure esto, bonita, porque vas a terminar cayendo enferma.
—Lo sé, pero hasta que no hablemos con ese hombre no puedo evitarlo.
Entramos en el restaurante y allí estaba Enrique Valdivia, esperándonos en una mesa y recibiéndonos con una sonrisa. Nos dirigimos hacia él y, después de las presentaciones, tomamos asiento.
—Buenas tardes, señor Valdivia. Soy Mateo y ella es Adriana, la mujer de la que le hablé esta mañana.
—Bueno, pues, si vosotros sois Mateo y Adriana, yo soy Enrique y nos tuteamos todos.
—Perfecto, Enrique —respondí.
—Si os parece, comemos primero y luego me contáis exactamente qué necesitáis. Después os explicaré cómo trabajo y veremos si puedo ayudaros.
—Espero que sí, porque, como tengamos que empezar otra vez a buscar detective, me va a dar algo —dijo Adriana.
Comimos hablando del trabajo de Enrique y, cuanto más nos explicaba, más claro teníamos que podía ser el hombre que necesitábamos, alguien capaz de encontrar las respuestas que estábamos buscando.
Cuando llegamos a los postres, Adriana comenzó a contarle toda su historia desde el principio mientras él iba tomando notas, hasta llegar a la aparición de Javier apenas unas noches atrás.
—Necesito que me deis su nombre completo, una edad aproximada y cualquier dato que pueda servirme para localizarlo: zona donde vivía, algún antiguo domicilio, trabajo, familiares…
—Se llama Javier Márquez, tiene treinta y ocho años y, hace veinte años, solía moverse por la zona norte de la ciudad. Ahora mismo no sabría decirte si sigue viviendo por allí.
—Con eso ya tengo un hilo del que empezar a tirar. Ahora hablemos de dinero.
—Si consigues averiguar qué pretende, no tendré ningún problema en pagar lo que haga falta. Ahora mismo el dinero es lo que menos me importa —dijo Adriana.
—Eh, frena un poco, que tenemos una boda que organizar y no pretenderás que la pague yo entera, ¿no? —bromeé, intentando quitarle un poco de hierro al asunto.
—Ah, lo siento. Es la familia del novio la que paga la boda.
—De eso nada, que para algo existía la dote.
Adriana soltó una carcajada y Enrique sonrió al darse cuenta de que mi única intención era conseguir que ella se relajara un poco.
Al final llegamos a un acuerdo y le adelantamos una cantidad para que pudiera empezar a investigar de inmediato, ya que acababa de cerrar el caso que tenía entre manos.
Nos explicó que, en aproximadamente una semana, volvería a ponerse en contacto con nosotros para contarnos los avances y saber si teníamos algún dato nuevo que aportar.
Nos despedimos de él, pero, en cuanto salimos del restaurante, me di cuenta de que Adriana no se encontraba bien.
Seguía demasiado nerviosa como para regresar a casa y conseguir que Maruja no advirtiera que le estábamos ocultando algo.
Adriana ya me había contado lo que su abuela le había dicho la noche anterior y aquello solo serviría para añadirle otra preocupación.
Por eso no me lo pensé demasiado. En cuanto estuvimos fuera, llamé a Marcos para pedirle que viniera hasta el restaurante y se llevara mi coche, porque no pensaba permitir que Adriana condujera en aquel estado.
—Mateo, no quiero ser una carga para nadie. No otra vez.
—No lo eres. Pero tampoco pienso dejar que conduzcas cuando estás así. Vamos a dejar que Marcos se lleve mi coche y tú y yo nos iremos a dar un paseo por la playa. Hace buen día y seguro que nos viene bien despejarnos un poco.
—Un whisky doble me voy a pedir.
—Pues nada, uno para cada uno. No te voy a dejar bebiendo sola, como los borrachos.
Nos miramos y soltamos una carcajada que resonó por todo el aparcamiento del restaurante. Hasta la playa iríamos en su coche y, con un poco de suerte, aquel paseo conseguiría que Adriana dejara de pensar durante un rato en todo lo que tenía encima.