¡Viva la madre de la novia! Capítulo 7
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Capítulo 7

Adriana

Nos marchamos a comer a un restaurante cercano que me gustaba bastante y los dos estuvimos de acuerdo en dejar aparcado durante un rato el tema de Javier.

Bastante presente lo tenía ya en mi cabeza como para permitirle también que nos estropeara la comida.

Más tarde, cuando estuviéramos tranquilos en mi casa, retomaríamos la búsqueda del detective y todo lo demás.

En casa de Mateo estaban Marcos y Sofía, pues su sobrino todavía vivía con él, así que la mía nos daría más intimidad para hablar.

No tardamos demasiado en desviar la conversación hacia la boda y hacia todos los cambios que aquello iba a provocar también en nuestras vidas.

—Tengo pensado marcharme de esa casa, que en realidad es de Marcos —me contó Mateo—. Si me he quedado allí hasta ahora ha sido porque no quería dejarlo solo, pero creo que ha llegado el momento de que empiece a formar su propia familia entre esas paredes.

—Pues yo también había pensado alguna vez en mudarme cuando Sofía se marchara, aunque dejar sola a mi abuela no entra en mis planes. No ahora que tiene ochenta años y, por mucho que ella diga que puede con todo, también empieza a necesitarme para algunas cosas.

—Y haces bien. Después de todo lo que ella ha hecho por ti, sería muy desagradecido dejarla sola cuando empiece a necesitarte.

Lo miré levantando una ceja.

—Puedo ser muchas cosas, pero desagradecida te aseguro que no.

—Ya lo sé. Se nota que la admiras muchísimo.

—Por supuesto que la admiro, pero lo que siento por ella va mucho más allá. Mi abuela es la persona que me recogió cuando todos los demás me dieron la espalda, la que no permitió que abandonara mis estudios y la que estuvo conmigo cuando nació Sofía.

»Estoy convencida de que nació antes de tiempo. Si hubiera venido al mundo en otra época, con más oportunidades para una mujer como ella, habría llegado lejísimos.

Mateo negó despacio con la cabeza.

—Yo creo que ya ha llegado bastante lejos. Por lo que me ha contado Sofía, tuvo a tu padre antes de casarse y sus padres la apoyaron hasta que pudo construir una vida con tu abuelo. Precisamente por eso entiendo todavía menos la actitud de tu padre contigo.

—No le des demasiadas vueltas porque yo llevo veinte años intentándolo y todavía no lo entiendo.

Seguimos hablando durante la comida y, cuando terminamos, regresamos a mi casa. Antes de subir compramos unos pastelitos para acompañar el café y acabamos instalados en el sofá, con el portátil encima de la mesa.

—Venga, vamos a buscar al detective antes de que nos pongamos a hablar de otra cosa y se nos vaya la tarde —dije.

—Sí, será mejor que nos centremos.

—Y no quiero que nadie se entere todavía, ni siquiera Sofía o mi abuela. Hasta que no sepamos si Javier realmente está tramando algo, prefiero no preocuparlas.

—No tienes que justificarlo. De mi boca no va a salir nada.

—Gracias.

Le tendí el portátil convencida de que tendría bastante más idea que yo y que, en cuestión de minutos, encontraría al detective privado perfecto. La expresión que puso al abrir el buscador acabó rápidamente con mis expectativas.

—¿Por dónde empezamos?

—¿Me lo estás preguntando a mí? Te he dado el ordenador porque pensaba que sabías lo que hacías.

—Pues has depositado demasiada confianza en la persona equivocada.

—Estupendo. Entre los dos hacemos un detective completo.

Mateo soltó una carcajada y comenzó a buscar.

Nos aparecieron páginas de todo tipo y tuvimos que descartar unas cuantas hasta encontrar a un profesional que nos dio buena impresión.

Su página explicaba con claridad los servicios que ofrecía y las reseñas que encontramos hablaban de discreción y profesionalidad.

—¿Quieres que llamemos ya? —me preguntó Mateo.

Miré el número que aparecía en la pantalla y noté que se me encogía el estómago.

—Tengo un miedo atroz, pero hazlo antes de que me dé tiempo a arrepentirme.

Mateo dejó el móvil sobre la mesa y se volvió hacia mí.

—Si no te sientes segura haciendo esto, podemos esperar.

—No es eso. Sé que necesitamos averiguar qué pretende Javier. Lo que me da miedo es lo que podamos encontrar cuando alguien empiece a escarbar en su vida.

—Precisamente por eso tenemos que hacerlo. Si tiene alguna intención oculta, es mejor saberlo antes de que haga el siguiente movimiento.

—Lo sé, pero Sofía es lo más importante que tengo en esta vida, Mateo. Todo lo que he hecho desde que nació ha sido pensando en ella y, si Javier apareciera ahora para hacerle daño de alguna manera, no sé cómo reaccionaría.

—A Sofía no le va a pasar nada.

—No puedes saberlo.

—No, pero sé que no está sola. Te tiene a ti, a tu abuela, a tus amigas, tiene a Marcos y también me tiene a mí. Si ese hombre pretende hacerle daño, tendrá que vérselas con todos nosotros.

No sé qué vio Mateo en mi cara después de aquello, pero se acercó y me rodeó con los brazos sin necesidad de que yo le pidiera nada. Y, en aquel momento, era exactamente lo que necesitaba.

No sé si sería capaz de explicar con palabras lo que sentí al quedarme entre sus brazos.

No era solo atracción, aunque habría sido absurdo negar que también estaba ahí, sino algo mucho más difícil de definir.

Una especie de calma, como si por primera vez en mucho tiempo pudiera dejar de estar pendiente de todo y permitirme bajar la guardia.

Me sentía a salvo con él, y descubrirlo me asustó más de lo que quería admitir, porque en ese mismo instante entendí que tenía que poner un límite.

Mateo me gustaba, y mucho, pero entre nosotros no podía pasar nada.

Si aquello salía mal, podía terminar afectando a Sofía y a su relación con Marcos, y eso no estaba dispuesta a permitirlo.

La decisión estaba tomada, por mucho que una parte de mí quisiera ignorarla.

El problema fue que, cuando nos separamos lo suficiente para mirarnos, ninguno de los dos apartó los ojos.

Mateo seguía tan cerca que tuve la certeza de que iba a besarme y, por mucho que acabara de repetirme que aquello no podía suceder, durante unos segundos fui incapaz de moverme y tampoco quise hacerlo.

La puerta se abrió antes de que pudiera ocurrir y la aparición de mi abuela hizo que nos apartáramos casi de inmediato, como si nos hubiera pillado haciendo algo malo.

—Uy, ¿interrumpo algo? —preguntó en cuanto vio nuestras caras.

—¿Qué vas a interrumpir, abuela?

—Si tú lo dices… Por mí podéis continuar justo donde estabais. Yo me tomo un vasito de leche caliente y me voy a la cama, que estoy muerta.

—No te preocupes, Maruja. No nos habíamos dado cuenta de la hora y yo también debería irme ya —dijo Mateo.

Después se volvió hacia mí.

—Mañana te llamo y te cuento, ¿vale?

—Mejor podríamos quedar con esa persona a la hora de comer y hablamos tranquilamente con él.

—Buena idea. En cuanto consiga hablar con el detective, te mando un mensaje con la hora y el lugar.

—Vale, pero tendría que ser después de las tres, que es cuando termino mi última clase.

—Perfecto. Yo también salgo a esa hora.

Acompañé a Mateo hasta la puerta y la dejé entornada a mi espalda para que mi abuela no escuchara la conversación.

—Mateo, por favor, mantenme al tanto de todo lo que hables con él.

—Descuida, lo haré. Pero tú intenta descansar esta noche, porque tienes una cara de cansancio que no puedes con ella.

—Es que estoy agotada. Anoche no pegué ojo y me temo que hoy voy por el mismo camino.

—Pues procura tomar algo antes de acostarte. Un poco de caldo, leche caliente o lo que sea. Sé que tendrás el estómago cerrado con todo esto, pero necesitas comer algo.

—Sí, doctor.

—Enfermero, preciosa. No me asciendas sin haber hecho antes los estudios correspondientes.

La tontería me arrancó una sonrisa.

Mateo se acercó, apoyó una mano en mi cintura y me dejó un beso en la mejilla, tan cerca de la comisura de mis labios que todo mi cuerpo reaccionó. Después se quedó mirándome y, os prometo, tuve que hacer un esfuerzo enorme para no agarrarme a su cuello y besarlo de verdad.

Entré de nuevo en casa todavía con aquella sensación revolviéndome por dentro y encontré a mi abuela apoyada en el marco de la puerta de la cocina. No dijo nada; se limitó a tenderme una taza de caldo y a señalarla con la cabeza para que me la tomara.

—No sé qué me estás ocultando, pero que vosotros dos estáis tramando algo no me lo quita nadie de la cabeza.

—Abuela, por favor. No estamos tramando nada.

—Sí, sí. Tú sigue diciéndotelo.

—Te prometo que, cuando pueda contarte lo que estamos haciendo, lo haré.

Entrecerró los ojos al escucharme.

—Ah, entonces sí que estáis haciendo algo.

Solté un suspiro.

—No tenía que haber dicho eso.

—Tú solita te has metido en el charco, cariño.

—Vete a la cama, abuela.

—Eso voy a hacer, que estoy muerta. Y tú bébete el caldo antes de que se enfríe.

Se marchó a su habitación y yo me quedé sentada en la cocina con la taza entre las manos.

Tenía demasiadas cosas dando vueltas en la cabeza y sabía que, si me permitía aflojar un poco, acabaría llorando.

Pero no quería dejar que Javier volviera a tener ese poder sobre mí ni permitir que mi pasado terminara amargándome también el presente y el futuro.