¡Viva la madre de la novia! Capítulo 6
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Capítulo 6

Mateo

No había dormido bien en toda la noche. Le había dado demasiadas vueltas a lo ocurrido con Javier y tenía claro que quería hacer algo, pero no pensaba mover un dedo sin hablar antes con Adriana. No quería meterme en un asunto que no me correspondía ni hacer nada que pudiera molestarla.

Por eso, en cuanto me levanté, decidí ir a verla y contarle lo que tenía en mente. Si estaba de acuerdo, seguiríamos adelante; si no, buscaríamos otra manera de afrontar el problema.

Me di una ducha rápida, me cambié de ropa, cogí la chaqueta y la cartera y puse rumbo a casa de Adriana.

Sabía cuál era el portal, pero no tenía ni idea del piso ni de la letra.

Miré el reloj y todavía era demasiado temprano para molestar a Sofía, así que confié en que el destino me lo pusiera fácil y algún vecino pudiera indicármelo.

Me monté en el coche y conduje hasta allí.

Encontré un hueco en el que pude aparcar y ni siquiera intenté buscar otro más cerca porque, en aquella zona, encontrar sitio era prácticamente misión imposible.

No iba a tentar a la suerte, no fuera a ser que no encontrara otro y, encima, perdiera también aquel.

Pero el destino, por una puñetera vez en mi vida, decidió ponerse de mi lado porque, sin esperarlo y todavía desde cierta distancia, la vi.

Estaba sentada en una terraza junto a su abuela y no me lo pensé dos veces; encaminé mis pasos hacia ellas.

Adriana estaba de espaldas a mí, pero Maruja se percató enseguida de mi presencia y, por la cara de satisfacción que puso, creo que hasta le hizo ilusión verme aparecer.

Me acerqué a saludarlas y, pocos minutos después, Maruja se levantó para marcharse. Adriana quiso acompañarla, pero ella no lo permitió, sobre todo porque, justo en ese momento, pasó una de sus amigas y dijo que se iría con ella al hogar del pensionista a jugar al bingo.

—Adriana, cariño, no me esperes para comer. Lo haré allí con mis amigas y así tampoco me pierdo el baile de esta tarde. Don Jacobo me ha invitado varias veces y me gusta mucho cómo baila.

—¿Estás segura? Mira que no me cuesta nada ir a recogerte dentro de un rato y comemos juntas.

—Uy, hija, no seas pesada, que pareces tú la abuela y yo la nieta díscola. Desmelénate un poco, cariño mío, que ya va siendo hora de que vivas uno de esos amores que hacen temblar todos los cimientos.

—No empieces, hazme el favor.

—No, no, si yo a estas alturas estoy más cerca de terminar que de empezar nada. Como mucho hago el intento, pero, entre mi reuma y la artrosis de don Jacobo, tampoco estamos para muchas florituras.

No pude callarme ni contener la carcajada que me salió desde lo más profundo del alma. Me encantaba aquella mujer y su absoluta falta de filtro. No sabía si siempre había sido así o si la edad le había dado la libertad de decir todo lo que se le pasaba por la cabeza sin pensárselo dos veces.

—No te rías, que la animas a seguir —me riñó Adriana.

—¿Y por qué no iba a hacerlo? Me encanta su naturalidad.

—Claro, como no eres tú quien tiene que sufrirla en silencio…

—Adriana, mi niña, lo que se sufre en silencio son las hemorroides, y de esas no he tenido yo en mi vida. Ya se encargaba tu abuelo de meterlas para dentro cuando… —dijo con la misma naturalidad con la que podría haber contado que acababa de comprar limones en el mercado.

—Ya, ya, abuela. Por favor, no necesito más detalles.

A esas alturas, las lágrimas me corrían ya por las mejillas de la risa que tenía y terminé contagiando también a Adriana. Toda la congoja con la que había llegado, la inquietud que arrastraba desde la noche anterior por lo que quería plantearle, se disipó durante unos minutos gracias a Maruja.

—Hija, cuando cumplas los ochenta, si llegas a cumplirlos, entenderás eso de «para lo que me queda en el convento, me cago dentro». Y ahora, sin que la dama se enfade, te informo de que no estaré en casa hasta las ocho o las nueve de la noche. Así sabes que tienes la casa libre.

—¡Abuela! Que ya no tengo quince años.

—Si tuvieras esa edad, y sin que eso signifique que no quiero a mi niña Sofía con toda el alma, te encerraría conmigo en una habitación y te explicaría todos los métodos anticonceptivos que existen, para que no volviera a pasarte lo que te pasó.

Entendí perfectamente lo que la abuela de Adriana quería decir.

No estaba renegando ni por un segundo de Sofía, sino hablando de todo el dolor y el sufrimiento que había vivido su nieta y de los sacrificios que había tenido que hacer para convertirse en la mujer que era en ese momento.

Si hubiera podido evitarle todo aquello y permitirle vivir cada etapa cuando le correspondía por edad, estaba claro que lo habría hecho.

En cuanto nos quedamos a solas, Adriana me miró y no supe interpretar del todo lo que había en sus ojos.

No sabía si era miedo o, por el contrario, algo parecido a la ilusión, aunque también había cierta duda, como si su cabeza le estuviera diciendo una cosa y su corazón se empeñara en llevarle la contraria.

—Bueno, supongo que no habrás venido hasta aquí solo para verme la cara, ¿no?

—No sería una mala excusa, porque bonita eres un rato. Pero no, he venido para proponerte algo.

—Si lo que me vas a proponer es matrimonio, y aunque entiendo tu teoría de que no hace falta conocerse durante años, creo que vas un poquito rápido.

—Uy, no, eso mejor lo dejo para cuando tengamos que bailar en la boda de los chicos. Me arrodillaré en medio de la pista y te daré el anillo. Antes le diré a tu hija que te entregue el ramo de novia, para que vayas preparándote.

Los dos soltamos una carcajada que nos sirvió para aligerar un poco todo el peso que llevábamos sobre los hombros, que no era precisamente poco.

Por un lado estaba la boda de los chicos y, aunque les había dicho que estaba de acuerdo con su decisión, muy en el fondo podía entender la postura de Adriana.

Y, por supuesto, estaba también el tema de Javier, que era el verdadero motivo que me había llevado hasta allí.

Cuando conseguimos relajarnos y dejamos atrás las risas, le di un sorbo al refresco que había pedido al camarero minutos antes y me dispuse a contarle el verdadero motivo de mi visita.

—Ahora, hablando en serio. He venido porque no me gustó ni un pelo la irrupción de tu ex anoche.

—A mí tampoco, pero no sé qué puedo hacer.

—Se me ha ocurrido una cosa, aunque antes quería saber qué opinabas tú.

—Dime. Cualquier idea será bienvenida.

—Había pensado en contratar a un detective privado para que investigue qué hay detrás de su repentino interés por Sofía. Al menos así podríamos saber por dónde van los tiros.

Adriana se quedó pensativa unos segundos.

—No se me había ocurrido, pero la verdad es que no me parece mala idea. Eso sí, no quiero que te sientas obligado a meterte en esta guerra. Javier no es precisamente una persona agradable cuando se enfrenta a alguien.

—Javier me importa un huevo y medio, te lo digo en serio. Y no me siento obligado. Lo hago porque quiero, ya que, de una manera u otra, vais a formar parte de mi familia y porque no quiero que sientas que tienes que enfrentarte sola a todo esto.

—Gracias, Mateo. Para mí significa mucho que estés haciendo esto. Porque sí, todo esto afecta a Sofía, pero quien está teniendo que revolver todo el pasado soy yo.

—No entiendo cómo pudiste enamorarte de un tipo así, preciosa.

—Eso mismo me pregunto yo desde hace años. Lo único bueno que saqué de toda aquella historia fue mi hija. No voy a negar que tuve que luchar mucho para sacarla adelante, pero cada esfuerzo mereció la pena.

—Quiero que cuentes conmigo para todo, Adriana. Sé que podrías considerar que es una intromisión en tu intimidad, o incluso pensar que soy un metiche y me estoy metiendo donde no me corresponde, pero te aseguro que no es así.

—Habrías sido un metiche si hubieras hecho algo sin preguntarme antes. Haciendo esto me has demostrado que estás pensando más en nosotras que en ti.

—Eso siempre, preciosa. Ahora, ¿qué te parece si le hacemos caso a tu abuela y nos vamos a comer juntos? Así podemos buscar un detective y ponernos en contacto con él para ver qué nos dice.