¡Viva la madre de la novia! Capítulo 5
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Capítulo 5

Adriana

El encontronazo con Javier, el padre de mi hija, por llamarlo de alguna manera, me había afectado mucho más de lo que quería reconocer.

Seguía siendo el mismo chulo de siempre, pero había algo en su mirada que me hacía pensar que nada de aquello había sido casual y que detrás de su repentino interés por Sofía se escondía algún propósito.

Intenté que no se me notara. Me repetí una y otra vez que no podía dejar que aquello me afectara, sobre todo por mi hija, por mis amigas e incluso, por qué no admitirlo, por Mateo y los suyos. Pero no lo conseguí.

También tenía demasiado presente la reacción de Mateo. Me había gustado muchísimo que se colocara a mi lado y me rodeara la cintura como si quisiera protegerme. Todavía podía recordar el calor de su mano en mi cuerpo y aquel escalofrío que me recorrió la espalda al sentirlo tan cerca.

Terminamos la noche en casa de Leo, que vivía en un ático precioso con una terraza enorme desde la que se veían unas vistas espectaculares de la ciudad. Nos tomamos allí una copa y estuvimos charlando un buen rato hasta que el cansancio empezó a pasarme factura.

—Bueno, chicos, me lo he pasado genial con vosotros, pero creo que ya va siendo hora de retirarme —les dije.

—¿Ya te quieres marchar? —me preguntó Mateo.

—Sí. Estoy cansada y, como me quede un rato más, voy a acabar dormida en una tumbona.

—Venga, pues te acompaño.

—No hace falta, de verdad. Puedo pedir un taxi desde la aplicación y me deja en la puerta de casa.

—Y no digo que no puedas hacerlo. Simplemente me apetece acompañarte.

—Está bien. Voy a coger la chaqueta y el bolso y nos marchamos.

Me despedí de todos y salí de allí junto a Mateo. Sofía me avisó de que iba a quedarse en casa de Marcos durante el fin de semana y que nos veríamos el lunes a la hora de comer.

No solía hacerlo muy a menudo, pero entendía perfectamente que quisieran celebrar a solas la noticia de la boda y empezar a organizarse.

Lo primero sería ponerse de acuerdo con la fecha porque, aunque tenían claro que querían casarse antes de que terminara el año, todavía no habían elegido un día concreto.

En cuanto Mateo y yo nos quedamos solos, terminó preguntándome por mi historia con Javier. Intenté contársela sin ocultarle nada importante, aunque procuré no detenerme demasiado en todo lo que había sentido cuando las personas que debían apoyarme me dieron la espalda.

—Hay algo que no entiendo —me dijo—. ¿Cómo es posible que tus padres no te protegieran?

—Eso mismo me he preguntado yo muchas veces, pero cada uno es como es y no hay manera de encontrarle una explicación a algo que no la tiene.

—Si en algún momento de su vida Sofía te hubiera dicho que estaba embarazada, ¿qué habrías hecho?

—Quererlos a los dos, por supuesto. Habría intentado darle a mi hija toda la protección que necesitara y le habría ofrecido mi apoyo en todo. Vamos, justo lo contrario de lo que hicieron conmigo.

—Creo que Marcos ha caído en una buena familia al encontrar a Sofía.

Lo miré de reojo, sorprendida por aquella afirmación.

—Sé, porque ellos mismos me lo han contado, que no estabas demasiado conforme con la boda. ¿Por qué?

—No tiene nada que ver ni con Marcos ni con mi hija. Simplemente le pregunté si estaba segura de querer dar ese paso porque me parecen demasiado jóvenes. Nada más.

—¿De verdad crees que el amor tiene que depender de la edad o del tiempo que dos personas lleven juntas?

—En cierto modo, sí. No es lo mismo que tomen esa decisión dos personas que ya llevan el tiempo suficiente para conocerse bien o que tienen cierta edad y, por tanto, más madurez.

—Pues yo pienso justo lo contrario y tú, más que nadie, deberías entenderlo. La madurez no depende necesariamente de la edad, sino muchas veces de aquello a lo que uno ha tenido que enfrentarse.

—En eso tienes razón. No puedo negártelo.

—Y sobre lo de conocerse… Hay gente que lleva media vida con una persona y un día descubre que su pareja llevaba años ocultándole una parte de su vida o manteniendo otra relación. El tiempo tampoco garantiza nada.

—Joder, ¿te has empeñado en desmontarme todos los argumentos?

—Pues, ahora que lo dices, un poquito sí —respondió con una sonrisa—. Solo quiero que entiendas que no depende del tiempo, sino de las personas.

Seguimos hablando mientras caminábamos y, cuando llegamos al portal de mi casa, me di cuenta de algo que me dejó más descolocada que toda aquella conversación: en algún momento del trayecto, Mateo me había cogido de la mano y yo ni siquiera había sido consciente de cuándo había ocurrido.

Lo que más me asustó fue comprobar que no me había molestado en absoluto; al contrario, se había dado con tanta naturalidad que precisamente eso era lo que me inquietaba.

—Bueno, pues ya hemos llegado…

—¿Qué te parece si mañana comemos juntos?

—¿Tú y yo? ¿Solos?

—Bueno, si quieres, aviso a la banda municipal para que nos acompañe, pero mi idea era que comiéramos los dos.

No pude evitar sonreír.

—No sé, Mateo. Apenas nos conocemos y…

—Precisamente por eso. Vamos a ser consuegros y tendremos que conocernos un poco más.

—Ya, pero tampoco hace falta hacerlo todo de golpe. Creo que será mejor dejarlo para la semana que viene, cuando comamos todos los amigos juntos.

—Está bien. No quiero presionarte ni que acabes pensando que soy un acosador. Que pases buena noche, Adriana.

Se acercó para despedirse y me dejó un beso en la mejilla, demorándose un instante más de lo necesario antes de separarse.

—Igualmente, Mateo. Que descanses.

Entré en el portal sin mirar atrás. Aquel beso me había acelerado el corazón de una forma absurda y estaba casi segura de que él lo había notado, porque, cuando se separó de mí, me temblaban hasta las pestañas.

No voy a decir que aquella noche fuera precisamente buena. Entre todo lo que me estaba haciendo sentir Mateo y la aparición inesperada de Javier, me costó muchísimo conciliar el sueño y, cuando por fin lo conseguí, tampoco descansé demasiado.

Por eso, en cuanto los primeros rayos de sol entraron por la ventana, desistí de seguir dando vueltas en la cama y me levanté.

—¿Se puede saber qué haces despierta tan temprano? Anoche llegaste pasadas las dos de la madrugada…

—Buenos días, abuela. No podía dormir más. La noche no fue exactamente como esperaba, la verdad.

—¿Ocurrió algo con Mateo o con los chicos?

—No, con ellos no, pero…

Dudé si contarle lo de Javier. No quería preocuparla, pero, si aquel hombre cumplía su amenaza, tarde o temprano terminaría enterándose y seguramente de la peor manera.

—Pero… ¿Qué? Te has quedado pasmada, Adriana. ¿Me vas a contar qué ha pasado o tengo que adivinarlo?

—No, abuela, no vas a tener que adivinar nada. Anoche apareció Javier, el padre de Sofía, y lo hizo de la manera más asquerosa posible.

—Ya sé quién es ese indeseable. No necesito que me recuerdes de quién estamos hablando. Lo que quiero saber es qué pretendía.

—Pues verás…

Le conté todo lo ocurrido, incluida la amenaza de pedir una prueba de paternidad y reconocer a Sofía después de tantos años.

Mi abuela, como siempre, fue directa. Por suerte, Sofía ya era mayor de edad y podía dejar claro qué quería y qué no.

Si Javier hubiera aparecido cuando era pequeña, la situación habría sido mucho más complicada y quizá yo habría tenido que lidiar con él, quisiera o no, pese a que no hubiera estado presente cuando realmente hacía falta ejercer de padre.

Después de darle mil vueltas al asunto, mi abuela y yo decidimos salir a pasear. Era domingo, hacía una mañana estupenda y el sol acompañaba con una temperatura de lo más agradable, así que terminamos sentándonos en una de las terrazas de la zona para tomar algo y charlar tranquilamente.

No era un plan extraño para nosotras. Lo hacíamos bastante a menudo y, cuando Sofía era pequeña, también solíamos bajar con ella. Le encantaba tomarse un zumo y compartir unas patatas bravas a media mañana.

Estábamos allí la mar de tranquilas, hablando de nuestras cosas, cuando escuché una voz a mi espalda.

No necesité girarme para saber quién era. La sonrisa de mi abuela me lo confirmó.

—Hola, Mateo. ¿Qué haces por esta zona?

—Hola, Maruja. Pues había venido a…

—Hijo, no busques excusas. A mi edad, si no nos cuentan la verdad, ya no nos la cuela nadie. Venga, siéntate con nosotras. Yo me termino el mosto y enseguida me marcho a casa.

—Abuela, no hace falta que te vayas. Puedes quedarte si quieres —le dije, porque lo último que necesitaba en aquel momento era quedarme a solas con Mateo.

—Esa es la cuestión, cariño. Que no quiero.