Capítulo 4
Mateo
Habíamos terminado de cenar entre risas y bromas y decidimos ir a tomarnos una copa a una discoteca cercana. Ni Leo ni yo habíamos estado nunca en ese sitio, pero Marta sí había ido alguna que otra vez con sus compañeras de trabajo y nos aseguró que estaba muy bien.
Decidimos pedir un reservado, ya que así estaríamos más tranquilos sin perder el ambiente del local. Justo cuando nos dirigíamos al que nos habían asignado, nos cruzamos con la persona que menos quería y esperaba ver en esos momentos: Marina, que estaba allí con sus amigas.
—Vaya, Marquitos, cuánto has crecido… Cualquiera diría que eras el mocoso que yo conocí hace años —le dijo a mi sobrino.
—Ya ves, todo el mundo crece. Los años pasan para todos —le contestó Marcos, visiblemente incómodo.
—¿Me estás llamando vieja? Porque podría demostrarte de mil maneras que eso no es así. Los años dan mucha experiencia…
—Uy, lo siento, pero eso no va a pasar en la vida, porque tengo a una mujer a mi lado a la que no le llegas ni a la suela del zapato.
—Bueno, entonces tendré que conformarme con tu tío, que es como la primera versión de ti, porque cada día te pareces más a él.
Estas últimas palabras las dijo mirándome directamente, con esa expresión que conocía demasiado bien y que dejaba claro que quería terminar conmigo en la cama. No pensaba entrar en su juego, y mucho menos después de cómo había empezado.
—Pues yo también lo siento, porque tengo otros planes —le contesté.
—¿Con cuál de las dos pijas estás liado?
—Mira, bonita, nosotras tenemos de pijas lo que tú de monja de clausura, vamos, nada de nada.
Así que, como no quiero sacar a la arrabalera que llevo dentro, date una vueltecita por la pista, a ver si tienes suerte y encuentras a algún incauto que esté a tu nivel —le soltó Marta, mirándola con todo el descaro del mundo.
—Uy… Parece que la princesa se ha visto desplazada por mi persona.
—Déjate ya de tonterías, Marina, y déjanos en paz, que estamos de celebración —le dije con un tono que dejaba claro que no iba a seguir aguantando sus provocaciones, aunque a ella, por supuesto, le dio exactamente igual.
—¿Se te emancipa el niño? Chico, ya iba siendo hora, que casi se va cuando tú tengas edad de entrar en el geriátrico.
—Será mejor que nos marchemos. Hay miles de garitos en los que pasar un buen rato y no tenemos por qué quedarnos aquí si vamos a estar incómodos —dijo Adriana, sin dirigirse a ella ni a nadie en concreto.
—¿La otra princesa está incómoda con mi presencia? Si quieres, les digo a los de seguridad que te pongan una valla para que no te moleste nadie.
—A mí no me hace falta ninguna valla, cariño. Si quiero quitarme de encima a mujeres como tú, con un guantazo me sobro y me basto yo sola.
Leo me miró y supe que la cosa terminaría mal si continuábamos allí, así que propuse marcharnos a mi casa, donde estaríamos más tranquilos y no tendríamos que soportar a nadie más. Todos estuvieron de acuerdo menos mi mejor amigo.
—Mateo, si vamos a tu casa, esta arpía es capaz de plantarse allí para jodernos. Vayamos mejor a la mía, que además está mucho más cerca y podemos ir dando un paseo.
—Venga, donde sea, pero que sea ya, porque esta mujer me está poniendo de los nervios —dijo Marta sin quitarle el ojo de encima a Marina.
Le puse una mano en la parte baja de la espalda a Adriana y noté cómo se estremecía con mi contacto.
Marina también se dio cuenta del gesto y puso una cara que dejaba bastante claro que no le había gustado.
Preferí no prestarle atención porque no quería terminar de mala leche por culpa de su actitud, así que continuamos hacia la salida.
Cuando llegamos fuera, Adriana se giró hacia mí con una expresión interrogante. Parecía querer conocer la historia de Marina conmigo y no saber muy bien cómo preguntármelo. Como todavía nos quedaba un buen paseo hasta casa de Leo, decidí adelantarme a la pregunta.
—¿Recuerdas que te dije que, cuando me hice cargo de mi sobrino, tenía novia y que me dejó tirado? Pues es ella.
—No, ¿me lo dices en serio?
—Completamente.
—¿Y quiere volver contigo? Porque, déjame decirte que esa es la impresión que me ha dado.
—No te voy a negar que me he acostado con ella varias veces durante estos años, incluso el mes pasado, pero ha sido eso, tan solo sexo, y ella lo sabe.
Adriana frunció ligeramente el ceño.
—Entonces, qué quieres que te diga, gran parte de la culpa de la actitud que ha tenido es tuya.
—¿Mía? ¿Por qué?
—Porque has seguido alimentando esa esperanza y ahora ella se cree con derecho a decidir sobre ti.
—Pues lo lleva claro, porque no quiero nada serio. Pero no solo con ella, no quiero nada que no sea sexo con ninguna mujer.
Adriana me miró con cierto desconcierto, aunque, más que eso, me pareció ver desilusión en su expresión. Como si se hubiera hecho una idea de mí y, después de aquella confesión, acabara de irse a la mierda. Aun así, tampoco quería engañarla ni hacerme pasar por alguien que no era.
Continuamos caminando y hablando de todo y de nada hasta que un tipo se plantó delante de nosotros con una moto enorme y empezó a decirle cosas a Sofía, que se había adelantado unos metros mientras bromeaba con Marcos.
Enseguida nos pusimos todos a la defensiva y nos acercamos a ella, pero la verdadera sorpresa llegó cuando aquel hombre se quitó el casco. Adriana se quedó blanca como la pared y se agarró a mi brazo como si acabara de marearse.
—¿Te ocurre algo, Adriana? Si es por ese tipo, no vamos a permitir que se acerque a Sofía, puedes estar tranquila.
—Me cago en la puta madre que parió a Panete —soltó Marta mientras se llevaba las manos a la cabeza.
Adriana me miró, después miró a su amiga y se dirigió hacia aquel tipo como si tuviera delante al mismísimo diablo. Cuando él se percató de su presencia, abrió los ojos como platos y dejó bastante claro que también se había llevado una buena sorpresa.
—Vaya, Adrianita, cómo has cambiado, ¿no? ¿Dónde está esa niñata que me perseguía a todas partes? Porque ahora sería yo el que te perseguiría hasta el fin del mundo. Jamás imaginé que pudieras ponerte así de buena.
—Tú, sin embargo, sigues siendo el mismo niñato que cuando tenías diecisiete años, que no dudas en tirarle los tejos a cualquier mujer que se te ponga por delante, incluida tu propia hija.
—¿A mi hija? Que yo sepa, no tengo ninguna hija reconocida, aunque, si es esa del pantalón azul…
—Ni te atrevas a mirarla de esa manera, degenerado.
—Joder, si es que hasta haciendo hijas sin querer me salen bien. Tendrías que ver a su hermana, es igualita que ella, pero con diez años menos.
Os prometo que me entraron ganas de coger a ese tío por el cuello y estamparlo contra la pared. No se podía tener una mirada más sucia ni ser más asqueroso. No sé si actué por un sentimiento de protección o por qué, pero el caso es que me situé junto a Adriana y le puse una mano en la cintura.
—Tranquilo, campeón, que yo no quiero nada con ella. Porque, si quisiera, no dudes de que ya estaría subida a mi moto —me dijo aquel tipo.
—Sigue soñando, Javier. No volvería contigo ni muerta. Antes me hago lesbiana aunque seas el último hombre sobre la faz de la tierra, te lo juro —le contestó Adriana.
De repente, la mirada de Javier se oscureció, como si las palabras de Adriana hubieran supuesto una especie de reto para él. En ese momento tuve la sensación de que aquello no iba a terminar allí y de que, si podía, utilizaría a Sofía para hacerle daño a su madre.
—Bueno, cariño, si ella es mi hija, quiero hacerme las pruebas de paternidad y que lleve mi apellido, por supuesto.
—Lo siento, «papaíto» —dijo Sofía con sorna—, pero yo ya soy mayor de edad y no quiero nada tuyo, ni siquiera el apellido.
—Eso lo decidirá un juez, porque no pienso quedarme de brazos cruzados —respondió el padre de Sofía.
Adriana se soltó de mi agarre y se plantó delante de él. Vi aparecer a la leona que llevaba dentro y, os aseguro, no me pudo gustar más la forma en que le plantó cara y le dijo cuatro verdades sin cortarse un pelo.
—Ah, ¿sí? Pues esa actitud era la que tenías que haber tenido cuando tu hija tenía meses, cuando, si no hubiera sido por mi abuela, nos habríamos visto en la calle y sin un pan que llevarnos a la boca.
»Esa actitud era la que tenías que haber tenido cuando se ponía enferma y yo tenía un examen al día siguiente al que debía presentarme prácticamente sin haber dormido.
—Antes era un niñato y ahora ya soy un hombre.
—No, no te confundas. Sigues siendo el mismo niñato, solo que más viejo y estropeado, porque estás para que te tiren directamente al cubo de la basura.
—Pues eso no es lo que dice mi mujer ni las mujeres con las que me acuesto cada fin de semana.
—¿Lo ves? Me estás diciendo que estás casado, que tienes una hija de diez años y que sigues llevando la misma vida que antes. Gran ejemplo el que le estás dando, dicho sea de paso.
—Cómo eduque yo a mi hija es asunto mío. Tú procura que la tuya entre en razón, porque el mismo lunes hablaré con mi abogado para que solicite la prueba de paternidad.
Se volvió a poner el casco, se montó en la moto y salió de allí a toda velocidad. No entendía a qué venía aquel interés repentino por reconocer a su hija después de veinte años. Algo escondía ese tipo y, fuera lo que fuese, no pensaba permitir que se saliera con la suya.
—Sabes que Javier debe tener alguna segunda intención, ¿verdad? —le dijo Marta a su amiga.
—Sí que lo sé. Lo que no tengo claro es qué puede querer sacar de todo esto —le contestó Adriana.
—Tiene que ser algo económico, porque este no se mueve por otra cosa. Además, no creo que este encontronazo haya sido fortuito ni tampoco su manera de actuar con la niña. Sabía que, si hacía eso, tú te lanzarías al cuello y él conseguiría la certeza que necesitaba.
—Doy por hecho que ese es el padre de Sofía, ¿me equivoco? —pregunté.
—No, hijo, desgraciadamente no te equivocas.
—Joder, pues vaya puntería tenemos. La primera noche que salimos a tomar algo y nos encontramos con nuestros ex. ¿Alguien tiene algo más que añadir? Lo digo para no llevarnos otra sorpresa con lo que aparezca a continuación.
Intenté quitarle un poco de hierro al asunto y que recuperáramos el buen rollo que teníamos al salir de la hamburguesería, aunque sabía que no iba a resultar sencillo. Por suerte, Leo y Marta no eran precisamente de los que se quedaban callados mucho tiempo.
—Bueno, a mí, si me apuras, lo mismo me aparece de cualquier esquina el entrenador de mi gimnasio, que un día se pasó con las indicaciones y se llevó una pequeña patadita en los huevos —dijo Marta.
—Chica, gracias por advertirme, porque mis huevos son mi tesoro más preciado y no me gustaría tener que sacármelos de la boca si algún día te toco más de la cuenta —le respondió Leo.
Al final conseguimos relajarnos un poco y tomarnos aquella copa de la que habíamos hablado en la tranquilidad del ático en el que vivía Leo.
Tenía una terraza en la que casi se podía jugar un partido de fútbol y muchas veces bromeábamos diciendo que había más terraza que casa, aunque lo cierto era que el interior tampoco se quedaba corto.
Mientras los demás hablaban, me fijé en que Adriana seguía bastante seria.
—Te noto pensativa.
—Es que lo estoy porque, siendo sincera, no sé por dónde puede salir todo esto con el padre de Sofía.