¡Viva la madre de la novia! Capítulo 3
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Capítulo 3

Adriana

Lo que menos esperaba cuando apareció el tío de Marcos era que fuera tan joven y estuviera tan bueno.

Porque sí, no lo voy a negar, el hombre estaba para ponerle un piso con vistas a la playa.

Madre mía de mi alma, cuando Marta y Susana lo vieran, me iban a decir que me tirara directamente a su cuello.

Susana sí que tenía pareja. Se había casado hacía unos años y era madre de dos niños, de siete y cinco años, que nos tenían locas a todas, empezando por ella, que ya no sabía a qué más apuntarlos para conseguir descansar un ratito.

El mayor, Iker, no ideaba nada bueno y siempre intentaba cargarle el muerto a Sandra, su hermana pequeña, que sentía auténtica adoración por él y aceptaba casi todo lo que le decía.

Bueno, a lo que iba, que ya me he vuelto a despistar.

Mateo debía rondar los cuarenta años. Era alto, muy alto; calculaba que mediría un metro ochenta como poco. Moreno, con unos ojos color avellana salpicados de motitas verdes que hacían que una se perdiera en ellos, y unos labios carnosos que escondían unos dientes blancos y perfectamente alineados.

Llevaba una barba de dos o tres días que todavía lo hacía más interesante. Y cuando lo escuché hablar fue aún peor, porque tenía una de esas voces graves, como de locutor de radio o actor de doblaje, que me dejó las piernas temblando.

La conversación con él también había resultado de lo más interesante porque entendía perfectamente por lo que yo había pasado; al fin y al cabo, él había vivido algo bastante parecido.

La comida se alargó tanto que terminamos planteándonos ir a tomar algo después. Eso sí, mi abuela nos dejó bien claro que a ella la lleváramos a casa porque ya no estaba para aquellos trotes.

Fuimos los cinco, repartidos en los dos coches. Según me explicó Marcos, primero dejaríamos el mío aparcado y después haríamos lo mismo con el de Mateo, porque, si íbamos a tomarnos una copa, ninguno quería preocuparse luego de conducir.

—Mamá, ¿por qué no avisas a las tías y les dices que se vengan? —me preguntó Sofía.

—La tía Susana no creo que pueda. Manuel está de maniobras esta semana y ya sabes que no tiene con quién dejar a los niños. Pero la tía Marta seguro que se apunta. Espera, que les escribo.

—Eso, tato. Y tú llama al tío Leo, que seguro que también se apunta —le pidió Marcos a su tío.

—Venga, ahora mismo lo llamo.

Mandé un mensaje al grupo que teníamos las tres. Sabía que lo verían enseguida, porque estaban esperando a que les contara novedades sobre la familia de Marcos, pero no pensaba adelantarles nada. Mejor que Marta lo descubriera por sí misma.

Adriana: Chicas, todavía estamos con la comida. Vamos a dejar a la abuela en casa y después iremos a tomar algo y a cenar. ¿Quién se apunta?

No pasó ni un minuto antes de que sonara mi móvil, y una sonrisa se dibujó en mis labios. Mis loquitas siempre estaban ahí, fuera la hora que fuera, y eso me reconfortaba por dentro.

Susana: Yo no puedo. Estoy sola con los niños; mis padres están en el pueblo y mis suegros, de viaje. Pero a la comida de la semana que viene sí que vamos, que ya he hablado con Manuel y con sus padres y se van a llevar a los niños al zoo.

Marta: Yo no tengo problema. Mándame la ubicación y allí estaré. ¿Te vas a cambiar de ropa?

Adriana: No, voy cómoda y no creo que necesite cambiarme. Ahora te envío la ubicación.

Subí con mi abuela a casa y la acompañé mientras se cambiaba de ropa. En cuanto terminó, volvió a coger sus agujas de punto como si no tuviera otra cosa mejor que hacer. Sin embargo, al poco rato me miró muy seria, dejó las labores dentro de la cesta y se dispuso a hablarme.

—Cariño, sé que siempre te digo lo mismo y que puedes pensar que soy un poquito pesada, pero no me gustaría irme de este mundo sin verte con un buen hombre a tu lado.

—¿Tú irte de este mundo? Pero si vas a durar más que un traje de pana, chica.

—No utilices el humor como escudo, Adriana. Te estoy hablando en serio. Y también te digo que el tío de Marcos te ha gustado. No te veía esa cara desde que aquel desgraciado entró en tu vida.

—Abuela, te entiendo, pero no necesito a ningún hombre para ser feliz, te lo juro.

—No he dicho eso. Lo que no quiero es que te hagas mayor y acabes sola sin haber sabido nunca lo que es que un hombre te quiera de verdad.

—Lo sé, abuela, pero no todo el mundo encuentra el amor en esta vida y yo creo que no lo haré nunca. Entre otras cosas, porque no termino de fiarme de los hombres. Ahora me marcho, que me están esperando abajo. Si necesitas algo, solo tienes que llamarme.

Le dejé un beso en la cabeza, como hacía siempre que salía de casa, y bajé hasta donde me esperaban los demás.

En cuanto llegué, Sofía me preguntó si venía la tía Marta y me contó que el amigo de Mateo, al que Marcos también llamaba tío Leo, había dicho que se apuntaba.

—¿Dónde vamos? Tengo que mandarle la ubicación a Marta —dije.

—Si quieres, podemos quedar en la plaza central. Allí recogeremos a Leo, mi mejor amigo —me contestó Mateo.

—Perfecto. Le digo que estaremos allí en media hora.

Paramos el primer taxi que pasó y nos subimos los cuatro rumbo a la plaza donde habíamos quedado con nuestros amigos. Mateo se sentó en el asiento del copiloto y yo detrás, con los chicos.

Justo detrás de él.

Y el aroma de su perfume me estaba volviendo loca. No se podía oler mejor.

Al llegar, Mateo pagó la carrera antes de que me diera tiempo siquiera a sacar la cartera. Como también había pagado la comida, anuncié que la cena correría de mi cuenta. Total, entre que decidíamos dónde ir y nos entreteníamos un poco, seguro que se nos echaba encima la hora de cenar.

El zapato me jugó una mala pasada nada más empezar a caminar. Al pasar sobre una alcantarilla, el tacón se metió en uno de los agujeros y perdí el equilibrio.

Menos mal que Mateo iba a mi lado.

En cuanto vio que me tambaleaba, me sujetó y terminé apoyada contra su pecho. Os prometo que una especie de corriente eléctrica me recorrió la espalda y, por la forma en que me miró, juraría que a él le ocurrió algo parecido.

—Amiga, buen truco para ligar. Si yo tuviera a mi lado a un maromo así, te juro que, si el tacón no se me mete solo en el agujero, lo meto yo —soltó Marta, sin saber que aquel hombre era el tío de Marcos.

—No te preocupes, princesa. Yo me planto a tu lado y, si no te caes, ya te pongo yo la zancadilla —le dijo un hombre que acababa de situarse junto a ella y que, para qué negarlo, también estaba de muy buen ver.

—Anda que vaya dos… Supongo que ella es tu amiga Marta, porque él es mi mejor amigo, Leo —me dijo Mateo mientras negaba con la cabeza.

—Pues sí. Y, por lo que veo, son tal para cual.

Nos acercamos a ellos entre risas. La escena había sido tan surrealista que ninguno teníamos demasiado que añadir a semejante intercambio.

Al final fueron los chicos quienes eligieron el sitio donde cenaríamos y terminamos en una hamburguesería del centro.

—Si llego a saber que veníamos aquí, me habría cambiado de ropa, porque, como le caiga una mancha de aceite o de kétchup a esta camisa, me puedo despedir de ella —comenté en voz alta.

—Esa camisa te queda de muerte y sería una pena que no nos dejaras disfrutar de tu silueta solo por miedo a una mancha. Además, eso tiene solución —me dijo Mateo, dejándome un poco descolocada.

Acto seguido, se levantó y fue a hablar con uno de los chicos de la hamburguesería.

El local no se parecía en nada a aquellos a los que Marta y yo íbamos cuando éramos jóvenes. Era algo más… ¿Elegante? No sé si aquella era la palabra adecuada, sobre todo cuando vi regresar a Mateo con algo entre las manos.

—Levanta los brazos, por favor —me dijo.

—¿Qué demonios es eso? —pregunté mientras obedecía.

—Una especie de babero, para evitar esa mancha que tanto temes.

Cuando miré hacia abajo, descubrí que Mateo me había colocado uno de esos baberos de plástico que se les ponen a los niños o a las personas mayores antes de comer. No pude evitar soltar una carcajada porque, aunque era ridículo, también resultaba bastante efectivo.