Capítulo 2
Mateo
Aquella tarde, cuando mi sobrino me contó que iba a pedirle matrimonio a Sofía, su novia, me alegré muchísimo por ellos.
Podía parecer que eran muy jóvenes, pero mi hermano me había enseñado que la edad no determina lo que uno siente.
Él conoció a Marga siendo bastante más joven de lo que era Marcos ahora y nunca vi a dos personas quererse como ellos.
—Entonces espera, que tengo algo para ti.
—¿Qué me vas a dar? No me pongas nervioso, hazme el favor.
Entré en mi habitación y cogí una cajita que llevaba guardada desde que mi hermano y mi cuñada fallecieron.
Allí conservaba algunas cosas de Marga, entre ellas un anillo de oro que le había regalado Santi.
No era de compromiso, porque ellos nunca llegaron a casarse, pero sí representaba el amor que se habían tenido.
—Toma. Este anillo se lo regaló tu padre a tu madre para demostrarle cuánto la quería.
—Tato, es precioso. Estoy seguro de que a Sofía le va a encantar, sobre todo por lo que representa. Iba a pedirte que me acompañaras a buscar uno para pedírselo, pero prefiero darle este.
—Ya verás cómo te dice que sí. Hacéis una pareja perfecta.
—¿No piensas que somos demasiado jóvenes? Porque a veces creo que podría decirme que no precisamente por eso.
—Tu padre me enseñó que se puede querer igual a los dieciocho que a los cuarenta. La edad es solo un número.
—Uy, entonces todavía estás a tiempo de enamorarte tú.
—A mí déjame tranquilito, que estoy muy bien como estoy. Después de lo de Marina, no me apetece meterme en otra relación.
—Eso no es del todo cierto, porque tienes una buena lista de conquistas a tus espaldas. Incluso con Marina te has acostado alguna vez durante estos últimos años.
—Y en los últimos meses también.
Los dos soltamos una carcajada porque era cierto. No quería nada serio con nadie, pero, cuando tenía ganas de sexo, salía de marcha con Leo y alguna vez acababa acompañado. Eso sí, jamás di falsas esperanzas a ninguna mujer; siempre dejaba claras mis intenciones desde el principio.
Y sí, en alguna de aquellas ocasiones también había coincidido con Marina y había vuelto a pasar por mi cama más de una vez.
Ella quiso retomar nuestra relación cuando Marcos ya era lo bastante mayor para desenvolverse solo y nosotros podíamos volver a hacer planes, pero para entonces el que no quería era yo.
Cuando necesité tenerla a mi lado y contar con su apoyo, salió huyendo.
Ahora ya no la quería en mi vida, al menos no de la manera que ella pretendía.
—Tato, he pensado que mañana podríamos ir a comer con la madre y la abuela de Sofía para que os conocierais.
—Pues déjalo en mis manos. Reservaré en el restaurante que tanto nos gusta, ese en el que celebramos siempre las cosas buenas.
—Tato, pero mañana solo nosotros. La semana que viene ya hacemos otra comida con el tío Leo y con las tías de Sofía.
—Me parece bien. Descuida, así se hará.
A la mañana siguiente, el trabajo se me complicó bastante.
Había ingresado un bebé casi recién nacido al que teníamos que hacerle una serie de pruebas y conseguirle una vía no estaba resultando sencillo.
Cuando se daban situaciones así, solía encargarme yo porque tenía bastante experiencia con los más pequeños.
Llegué al restaurante muy justo de tiempo y, según el mensaje que me había enviado Marcos, ellos ya estaban dentro. Le mandé un audio avisándole de que acababa de llegar y que entraría en cuanto encontrara dónde aparcar.
Cuando lo hice, vi a Marcos junto a Sofía y a dos mujeres. Una de ellas era bastante joven y, a juzgar por lo que podía apreciar porque estaba de espaldas, tenía un cuerpazo de escándalo. La otra era demasiado mayor para ser la madre de Sofía, así que debía de ser su bisabuela.
—Perdón por el retraso, pero se me ha complicado un poco el trabajo.
—No te preocupes —me dijo Sofía.
Entonces su madre se giró y, os prometo, me quedé sin palabras.
¿Esa era su madre? ¿Cuántos años tenía?
Sofía me había contado que Adriana la tuvo siendo muy joven, pero no imaginaba que hubiera sido tanto. Por la expresión de su cara entendí que la sorpresa era mutua y que ella también esperaba encontrarse con alguien bastante mayor que yo.
—Adriana, él es Mateo, mi tío y el que ha ejercido de padre todos estos años —dijo Marcos con una sonrisa.
—Encantado, Adriana. Es un placer conocerte.
Me acerqué para darle los dos besos de cortesía y, al hacerlo, el olor de su perfume me envolvió de tal manera que tardé un instante más de lo necesario en apartarme.
—Bueno, como veo que estos dos se han quedado embobados el uno con el otro, ya me presento yo sola. Soy Maruja, abuela de Adriana y bisabuela de Sofía, y desde ya te digo que tenéis para rato conmigo, a pesar de mis ochenta años.
—¿Tienes ochenta años? Pero si aparentas…
—Sí, aparento setenta y nueve, pero ese no es el problema. Como vuelvas a llamarme de usted, te corto eso que te cuelga entre las piernas y te dejo sin continuidad para el apellido.
Todos estallamos en carcajadas.
Tuve claro desde aquel mismo instante que con esa mujer la diversión estaba asegurada. No parecía de las que se callaban lo que pensaban y me daba a mí que iba a llevarme de miedo con Maruja.
El jefe de sala nos acompañó hasta nuestra mesa.
Dejé pasar a los demás y me quedé el último, incapaz de evitar que mi mirada regresara una y otra vez hacia la madre de Sofía.
Pensé que nadie se había dado cuenta, pero me equivocaba: Maruja me observaba con una ceja arqueada y una sonrisilla que no auguraba nada bueno.
—Uy, me parece que aquí se está cociendo algo… —murmuró lo bastante alto para que la escucháramos todos.
—Abuela, por favor, no empieces y tengamos la comida en paz —le advirtió Adriana.
—¿Yo? Pero si no he dicho nada que no sea evidente, chica. ¿Verdad que se ha notado que estos dos se han gustado desde que se han visto? —les preguntó a los chicos.
Marcos y Sofía empezaron a reírse.
— Güeli , ya sabes cómo es mi madre. Aunque la estén matando, dirá que no se ha fijado en Mateo —dijo Sofía.
—Y mi tato, tres cuartas partes de lo mismo. Creo que será mejor correr un tupido velo y centrarnos en nuestra boda. Lo demás ya caerá por su propio peso —añadió Marcos, sin borrar la sonrisa.
—Sí, será lo mejor. A ver, contadnos, ¿cuándo tenéis pensado casaros? —preguntó Adriana, desviando la conversación hacia los chicos.
—Todavía no lo hemos decidido, pero nos gustaría que fuera antes de que terminara el año —respondió Sofía mientras miraba a Marcos, que asintió.
—¿Antes de que termine el año? Sofía, eso no pretenderá ocultar nada, ¿verdad? —preguntó su madre, algo nerviosa.
—¿Ocultar? ¿Qué voy a estar ocultando?
—Hija, que pareces nueva. No creo que cuando pasas la noche con Marcos os dediquéis a jugar al parchís, aunque alguna que otra… ficha sí que os comeréis —soltó Maruja como quien no quiere la cosa.
—¿No estarás pensando que estoy embarazada? Mamá, sabes que, si fuera así, te lo habría contado. No me puedo creer que pienses eso. Creía que confiabas más en mí.
—No es eso, cariño. Pero sois muy jóvenes y queréis hacerlo todo tan deprisa que comprenderás que se me haya pasado por la cabeza.
—Bueno, la edad es solo un número. Si se quieren, da igual que tengan veinte que cuarenta. ¿No crees? —le pregunté a Adriana.
Me miró como si acabara de decirle algo completamente absurdo.
—Cómo se nota que no has tenido que criar a un hijo tú solo…
—Ah, ¿no? ¿Eso crees? Pues siento decirte que, cuando fallecieron los padres de Marcos y me hice cargo de él, yo acababa de cumplir veintidós años. Además, tenía una novia que, en cuanto vio que mi sobrino se había convertido en mi prioridad, decidió quitarse de en medio.
La expresión de Adriana cambió de inmediato.
—Lo siento… No sabía nada. Pero es que, si mi abuela no me hubiera abierto las puertas de su casa, yo me habría visto sola, embarazada y en la calle con diecisiete años, y no quiero que mi hija tenga que pasar por algo así.