Capítulo 1
Adriana
Aquella mañana, Sofía me sorprendió con una noticia que, siendo sincera, no es que me hiciera demasiada gracia.
Su chico, con el que llevaba saliendo desde los dieciocho años, le había pedido matrimonio y ella había dicho que sí.
Para celebrarlo, habían organizado una comida para que se conocieran las familias.
Marcos era encantador, no os confundáis. Lo quería muchísimo, pero, bajo mi punto de vista, los dos eran demasiado jóvenes para contraer matrimonio, pues mi hija tenía veinte años y su novio, veinticinco.
—¿Estás segura de querer casarte, Sofía?
—Mamá, no vayas a empezar. Sé que Marcos es el amor de mi vida y no entiendo por qué tendría que esperar más tiempo.
—Sabes que jamás he cuestionado ninguna de tus decisiones. Siempre te he tratado de acuerdo con la madurez que has demostrado desde que eras prácticamente una niña.
—Lo sé, mamá. Y precisamente por eso me duele que me cuestiones ahora.
—Está bien, pero solo quiero decirte una cosa más. Si en algún momento no te sientes segura con esta boda, si necesitas más tiempo o lo que sea, no tienes por qué seguir adelante.
—Sabes que será así, mamita. No hago las cosas por impulso y realmente siento que esto es lo que quiero. Amo a Marcos con toda mi alma, mamá, y quiero formar mi propia familia con él.
—Entonces vamos a decírselo a la abuela, que seguro que se pone muy contenta. Al final, la boda que no ha conseguido conmigo la va a tener contigo.
Salimos al salón, donde mi abuela estaba sentada con su inseparable madeja de lana y sus agujas, haciendo punto. Había tejido bufandas para todo el bloque y parte del de enfrente, porque aquella era su afición favorita, y le daba igual que fuera invierno o verano.
En cuanto se enteraba de que alguna vecina estaba embarazada, se ponía manos a la obra con una canastilla, y la futura madre encantada, porque mi abuela tenía unas manos de oro y hacía auténticas preciosidades.
— Güeli , ve preparándote, que hoy tenemos comida familiar —le dijo mi hija, que la llamaba de aquella manera.
—Comida familiar hacemos todos los días, porque no hay más familia que nosotras —le contestó ella.
—Pues hoy va a ser diferente. Marcos me pidió matrimonio anoche y vamos a celebrarlo con nuestras familias, aunque seamos poquitos.
—¡¿Qué me estás contando?! Chica, me podías haber avisado antes, que ahora ya no me da tiempo a ir a la peluquería.
—Abuela, a ti no te hace falta ir a la peluquería. Estás siempre guapísima. Venga, yo te ayudo y te pongo los rulos en un momento —le dije.
—Pues no perdamos el tiempo, a ver si todavía no voy a estar arreglada cuando tengamos que marcharnos.
Cogí todo lo necesario para arreglarla y me puse manos a la obra mientras ella decidía qué ropa iba a ponerse. Se la veía de lo más ilusionada, con una sonrisa permanente en la boca.
—Abuela, estás feliz con todo esto, ¿verdad?
—Uy, de lo más feliz, no te lo puedes imaginar. Y tú deberías estar igual que yo.
—No es que no lo esté, pero considero que Sofía es demasiado joven para casarse.
—Y tú, demasiado vieja para no haberlo hecho.
—¡Abuela! Si no me he casado es porque no he encontrado a ningún hombre que me llenara lo suficiente como para hacerlo.
—Voy a obviar eso de «llenarte» porque te diría un disparate y sé que te llevarías las manos a la cabeza.
—Me imagino lo que podrías haber contestado y sí, será mejor que no digas nada.
Las dos soltamos una carcajada porque la gran Maruja, más conocida como mi abuela, era de armas tomar. Seguro que estaba pensando algo del estilo de que, si ninguno me había llenado, buscara a un tío que la tuviera más gorda, o cualquier disparate de semejante calibre.
De la familia de Marcos no conocíamos a nadie.
Solo sabíamos que había perdido a sus padres cuando era niño y que su tío se había hecho cargo de él.
Yo suponía que sería un hombre mayor, pues, para asumir la custodia de un niño, imaginaba que tendría que contar con cierta edad y estabilidad económica.
Llegó la hora de arreglarnos para ir a la comida y, aunque siempre me había gustado hacerlo para mí misma, en aquella ocasión puse un poco más de empeño.
No quería que mi edad se convirtiera en un condicionante en la relación de mi hija ni que el tío de Marcos pensara que yo era una ligerita de cascos o algo parecido.
Demasiado trabajo me había costado hacerme respetar y ganarme una reputación entre mis alumnos como para volver a sentirme juzgada.
Era otoño y, aunque las temperaturas no habían bajado demasiado, sí se notaba que el calor de los días anteriores había quedado atrás. Por eso elegí un traje de chaqueta azul marino, con las solapas de satén, que combiné con una camisa lencera blanca de tirantes y unos zapatos de tacón.
Antes de salir, y debido a mi inseguridad, no pude evitar hacer una videollamada a mis amigas, esas que habían permanecido a mi lado en las buenas y en las malas y a las que consideraba parte de mi familia.
—Pero bueno… ¿Y ese glamur? —preguntó Susana.
—Marcos le pidió matrimonio anoche a Sofía y hoy vamos a comer las dos familias —le contesté.
—¿Se nos casa la niña? ¡Ole! —gritó Marta.
—Chicas, hoy solo vamos nosotras y su tío, pero el fin de semana que viene lo celebraremos también con vosotras y con Leo, que es como un tío para Marcos —explicó Sofía, que apareció por detrás de mí en la videollamada.
—No te preocupes, mi niña, que lo entendemos —le dijo Susana con el asentimiento de Marta.
—Vosotras también sois mi familia y quiero que seáis partícipes de todo lo bueno que me está sucediendo.
—Y siempre estaremos ahí, eso no lo dudes. De lo primero que nos vamos a encargar es de la despedida de soltera, así que vete preparando —dijo Marta con una sonrisa de lo más pícara.
—Tía Marta, por favor, nada de estriptis ni nada parecido. Te lo ruego de corazón —le pidió mi hija, que sabía perfectamente cómo era mi amiga.
—Ah, no. Me haces el favor de no ponerme límites. De momento, lo que sí tengo pensado es que nos vayamos de viaje las cuatro. En cuanto tengamos la fecha de la boda, me pongo manos a la obra.
Cortamos la llamada porque se nos estaba haciendo tarde y teníamos unos cuarenta y cinco minutos de camino hasta el restaurante.
Bajamos a la calle, donde tenía aparcado el coche, acompañadas de la abuela Maruja, que, por cómo se había arreglado, parecía dirigirse a una recepción real.
Mi abuela tenía ochenta años, pero era completamente independiente. Contra todo pronóstico, nunca se había venido abajo; más bien todo lo contrario.
Mis padres, durante todo aquel tiempo, no habían vuelto a llamar, ni siquiera para preguntar por la salud de mi abuela, que incluso había estado ingresada por una neumonía.
Por eso terminamos asumiendo que no teníamos a nadie más que a nosotras mismas y a mis amigas, que, pese a la oposición inicial de sus padres, permanecieron a mi lado.
Al principio, sus familias no querían que Marta y Susana tuvieran cerca lo que consideraban el mal ejemplo de un embarazo a los diecisiete años.
Con el tiempo entendieron que no era cuestión de buenos o malos ejemplos, sino de que yo había dado con un chico que no me quería ni me valoraba.
A partir de entonces, también se implicaron en el cuidado de mi hija, sobre todo cuando comprobaron que estaba decidida a seguir estudiando.
Llegamos al restaurante y, nada más bajar del coche y cruzar la puerta, Marcos se acercó a nosotras con una sonrisa en los labios. Estaba solo y aquello sí que me extrañó, porque, para comer únicamente los cuatro, podríamos haberlo hecho en casa, como tantas otras veces.
—No me mires así, suegra, que mi tío está aparcando. Me acaba de llamar. Su turno en el hospital se ha alargado un poquito.
—¿Trabaja en el hospital? ¿Es médico? —preguntó mi abuela.
—Es enfermero, de vocación. Trabaja en pediatría y, a pesar de la edad que tiene, es muy reconocido en su profesión. Incluso le han dado ya varios premios.
Supuse que, precisamente por su edad, aquello tenía que ser lo normal. Yo calculaba que rondaría los sesenta años, teniendo en cuenta que Marcos ya tenía veinticinco.
Mi futuro yerno había terminado Ingeniería Industrial y había empezado a trabajar en una multinacional.
Mi hija, por su parte, se había decantado por estudiar para técnico de laboratorio y encontró trabajo en la misma clínica donde trabajaba el tío de Marcos, quien, por qué no decirlo, le había echado una mano en cuanto se enteró de que había una vacante.