¡Viva la madre de la novia! Prólogo 2
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Prólogo 2

Mateo

Me llamo Mateo Estrada, tengo cuarenta años y os voy a contar cómo cambió mi vida de un momento a otro, sin esperarlo y trastocando por completo todos los planes de futuro que tenía en aquel momento.

Mi hermano Santi y yo nos quedamos solos siendo muy pequeños. Nuestros padres no cumplían con su obligación de cuidarnos, protegernos y mantenernos a salvo, así que los servicios sociales terminaron haciéndose cargo de nosotros y nos llevaron a un centro de menores.

Lo pasamos realmente mal, no voy a decir lo contrario.

Y no por las personas que trabajaban allí, que hacían lo que podían con los medios que tenían, sino por todo lo que se cocía dentro de aquellas paredes y que, de una manera u otra, terminaba afectándonos a todos.

Pero no voy a entrar en eso, al menos no ahora, porque necesitaría mucho tiempo para explicar algunas cosas y esta historia comienza bastante después.

Santi se dejó las pestañas estudiando porque tenía un objetivo muy claro: cuando cumpliera los dieciocho años y tuviera que marcharse del centro, quería encontrar un trabajo cuanto antes para poder sacarme de allí y llevarme con él.

Me llevaba ocho años y, cuando nos separaron de nuestros padres, yo apenas tenía dos y él estaba a punto de cumplir los diez, así que durante gran parte de mi infancia fue mucho más que un hermano mayor.

Cuando alcanzó la mayoría de edad, consiguió un trabajo, demostró que podía hacerse responsable de mí y terminó obteniendo mi custodia.

Eso sí, durante un tiempo teníamos que acudir todas las semanas a los servicios sociales para que comprobaran que todo estaba en orden, que yo estaba bien atendido y que aquella nueva vida con mi hermano era realmente beneficiosa para mí.

Santi trabajaba como mecánico en un taller del centro de la ciudad y, con los años, fue ganándose un nombre gracias a su esfuerzo y a las horas que dedicaba al trabajo.

Nunca se quejó delante de mí por tener que asumir tantas responsabilidades siendo tan joven, aunque ahora, visto desde la distancia, soy consciente de todo a lo que tuvo que renunciar para que yo tuviera una vida lo más normal posible.

Poco tiempo después conoció a Marga, que enseguida empezó a formar parte de nuestra vida hasta que terminó mudándose con nosotros.

Si en Santi tuve al padre que nunca había tenido, en Marga encontré una madre, una confidente y, con el paso del tiempo, también a una de mis mejores amigas.

Por eso, cuando un día se sentaron conmigo para contarme que estaban esperando un bebé, juro que lloré como un niño recién nacido.

Yo tenía quince años y la llegada de mi sobrino Marcos fue una de las cosas más bonitas que la vida pudo regalarme.

En ningún momento permitieron que me sintiera desplazado por el bebé ni que pensara que mi sitio en aquella familia había cambiado.

Todo lo contrario, me hicieron partícipe de muchas cosas relacionadas con su cuidado, aunque Santi se encargaba siempre de recordarme que mi obligación principal seguía siendo estudiar y construir mi propio futuro.

Éramos una familia un poco particular, pero funcionábamos, y para mí aquello era más de lo que había imaginado que tendría cuando era un niño.

El día que sucedió todo, había llevado a Marcos al colegio y después me marché a trabajar.

Era enfermero en una clínica privada en la que había conseguido entrar poco después de terminar mis estudios.

Tengo que reconocer que mi profesión me apasionaba y me la había tomado muy en serio desde el principio; terminé el primero de mi promoción, lo que me permitió elegir dónde quería realizar las prácticas.

Escogí aquella misma clínica y, cuando terminé, me ofrecieron quedarme trabajando allí, concretamente en el área de pediatría. Los niños siempre me habían fascinado y, aunque había días realmente duros, también tenía la sensación de estar exactamente donde quería estar.

Aquella mañana mi hermano y mi cuñada tenían que desplazarse hasta una ciudad cercana porque Marga se examinaba de unas oposiciones para trabajar como administrativa en la Administración General del Estado.

—Mateo, ¿te encargas tú de recoger al niño del colegio? No sé si llegaremos a tiempo —me preguntó mi hermano antes de marcharse.

—Claro. Yo lo llevo y lo recojo. Además, hoy tiene extraescolares, así que, como come en el colegio y no sale hasta las cinco, no tengo ningún problema con mi horario.

—Perfecto. Entonces podemos quedarnos a pasar el día en la ciudad y aprovechar para hacer unas compras que tenemos pendientes. Seguro que encontramos lo que necesitamos en el centro comercial —dijo mi cuñada.

—Como si queréis pasar un fin de semana romántico. A mí no me importa quedarme con Marcos.

—No, cariño, que tú también tienes que salir con Marina al cine y a cenar —me recordó Marga.

—No te creas. Últimamente veo más a mis niños del hospital que a ella. Cuando yo estoy libre, tiene planes con sus amigas y, cuando quiere quedar conmigo, me toca trabajar o llego tan cansado que no me apetece moverme de casa.

Santi se acercó entonces y me dio uno de esos abrazos que siempre conseguían devolverme, aunque fuera por unos segundos, al niño que había sido.

—Hermanito, siento que hayas tenido que madurar tan rápido. He intentado que tuvieras una vida normal, pero no he podido hacer más, te lo juro.

—Es la vida que nos ha tocado, hermano. Y yo doy gracias al cielo por haber contado contigo, porque, si no hubiera sido así, no sé qué habría sido de mí.

Nos despedimos sin imaginar que aquella iba a ser la última conversación que mantendríamos.

Como os iba contando, después de dejar a Marcos en el colegio, llegué a la clínica y me puse el pijama para comenzar la ronda con mis niños.

El día se presentaba bastante movidito porque habíamos tenido dos ingresos durante la madrugada y me tocaba empezar tomando las constantes y comprobando cómo habían pasado las últimas horas.

Tenía un buen amigo y compañero, Leo, que siempre estaba ahí para cualquier cosa que necesitara. Me encontraba en la sala de enfermería, terminando de preparar la medicación que teníamos que repartir, cuando lo vi aparecer con una expresión que en aquel momento no supe interpretar.

—Mateo, abajo, en recepción, te busca alguien.

—¿A mí? Pues tendrá que esperar a que termine de organizar esto.

—No. Será mejor que bajes ya, porque me parece que es urgente. Yo me ocupo de terminarlo.

Lo miré durante un instante, extrañado por la insistencia, aunque no imaginé nada realmente grave.

—Está bien. Ahora mismo bajo.

Salí de allí y cogí el ascensor de empleados, que me llevaba directamente hasta recepción.

Durante el trayecto pensé que podía ser Marina, que quizá quisiera darme una sorpresa, o incluso mi hermano, que se hubiera olvidado de dejarme algo antes de marcharse.

No hacía ni una hora que nos habíamos despedido y mi cabeza no era capaz de plantearse ninguna otra posibilidad.

Pero, cuando las puertas del ascensor se abrieron y vi a una pareja de la Guardia Civil esperándome, supe que algo no iba bien.

—Buenos días. Me han dicho que preguntaban por mí —les dije mientras me acercaba.

—Buenos días. ¿Es usted el señor Mateo Estrada? —preguntó uno de ellos.

—El mismo. ¿En qué puedo ayudarles?

El hombre intercambió una mirada con su compañero antes de volver a dirigirse a mí.

—Verá, señor Estrada. Su hermano y su cuñada han sufrido un accidente de tráfico…

Sentí que todo a mi alrededor se detenía mientras me explicaban lo ocurrido.

Al parecer, un camión que circulaba por el carril contrario había sufrido una avería en la dirección y su conductor perdió el control del vehículo.

Invadió el carril por el que circulaba mi hermano y se los llevó por delante.

Los tres habían muerto en el acto.

No sé cuánto tiempo permanecí sin reaccionar. Podrían haber sido unos segundos o varios minutos, porque mi cabeza se quedó atrapada en aquellas últimas palabras.

—No me lo puedo creer… ¿Dónde se encuentran ahora mismo?

—Van de camino al tanatorio. Estarán allí dentro de un par de horas, aproximadamente.

Lo primero que apareció en mi cabeza fue Marcos.

—Está bien. Voy a recoger a mi sobrino. Quiero ser yo quien le dé la noticia.

Subí de nuevo a mi planta y, en cuanto encontré a Leo, le conté lo que había sucedido. Entonces me derrumbé.

Fue la única vez que me permití hacerlo, la única vez que dejé salir sin ningún control todo lo que llevaba dentro.

Lloré por mi hermano, por Marga, por el niño que acababa de quedarse sin sus padres y también por mí, porque acababa de perder a las dos personas que habían conseguido darme la familia que nunca tuve de pequeño.

Le pegué una patada a una silla, tiré lo que había encima de una mesa y grité hasta casi quedarme sin voz.

Leo no intentó detenerme ni decirme que me tranquilizara. Simplemente permaneció allí mientras yo me rompía.

Después entré a cambiarme y a lavarme la cara.

Ahora me tocaba ser fuerte. Marcos no tenía a nadie más y yo pensaba darle el mismo cariño y la misma seguridad que Santi me había dado a mí cuando más lo necesité.

No iba a permitir que mi sobrino pasara por lo mismo que habíamos vivido su padre y yo, y esperaba contar con Marina para hacerlo, igual que mi hermano había contado con Marga.

Ir a buscarlo al colegio sabiendo lo que tendría que explicarle fue una de las cosas más difíciles que había hecho hasta entonces.

El momento en el que tuve que sentarme con Marcos y decirle que sus padres se habían ido al cielo y que no volverían fue, sin ninguna duda, uno de los más duros de mi vida.

Por suerte, mi hermano siempre había sido una persona previsora y había dejado a su hijo con las espaldas bien cubiertas.

Gracias a ello, yo no tendría que duplicar turnos ni pasarme la vida trabajando para cubrir las necesidades de Marcos, sino que podría dedicarle el tiempo que necesitaba en una situación como aquella.

Santi y Marga, como si hubieran querido dejarlo todo atado por si alguna vez les ocurría algo, habían dejado recogido en el testamento que querían que yo me hiciera cargo de Marcos y asumiera su custodia, además de nombrarme administrador de los bienes de su hijo.

Aquello no borraba ni una mínima parte del dolor, pero al menos evitaba que tuviera que empezar una batalla mientras mi sobrino y yo todavía intentábamos entender lo que acababa de suceder.

Durante los primeros días, incluso las primeras semanas, Marina permaneció a mi lado. Yo agradecí su presencia porque de verdad creía que podríamos afrontar juntos aquella nueva situación y que, con el tiempo, encontraríamos alguna manera de reorganizar nuestra vida.

El problema llegó cuando empezó a proponerme salir a bailar, ir a cenar o recuperar los planes que hacíamos antes.

Yo le decía que todavía no podía, que Marcos acababa de perder a sus padres y no pensaba dejarlo solo cuando más me necesitaba.

Mi sobrino se había convertido en mi prioridad y, por mucho que intentara buscar tiempo para todo lo demás, había cosas que en aquel momento no estaba dispuesto a negociar.

Hasta que Marina se cansó.

—Lo siento, pero yo tengo veintidós años y no estoy preparada para convertirme en madre de nadie, mucho menos de un niño que no lleva mi sangre.

Durante unos segundos la miré pensando que quizá había entendido mal.

—¿Me lo estás diciendo en serio?

—Completamente. Que tú hayas decidido echarte encima la responsabilidad de un niño no significa que yo tenga que hacer lo mismo. De verdad que no me gusta ponerte en esta situación, pero tienes que elegir entre tu sobrino y yo.

Miré hacia Marcos, que estaba dormido en el sofá con la cabeza apoyada en mi regazo y completamente ajeno a la conversación que estábamos manteniendo.

La respuesta no requería ni un segundo de reflexión.

—El que lo siente soy yo, porque ahora me doy cuenta de que nunca me has querido como yo pensaba y de que he desperdiciado tres años de mi vida con una mujer egoísta. Como ya has comprobado, siempre voy a elegir a mi sobrino y, si él no tiene cabida en tu vida, tú tampoco la tienes en la mía.

Marina se levantó del sofá y me miró como si todavía esperara que rectificara, mientras Marcos continuaba profundamente dormido sobre mí.

—¿Estás completamente seguro de lo que haces?

—No he estado más seguro de nada en mi vida.

—Entonces, adiós, Mateo. Hasta aquí hemos llegado. Que te vaya bonito en la vida.

—Cierra al salir, por favor.

Ni siquiera hice el intento de levantarme para despedirla. No pensaba despertar a mi sobrino por una persona que acababa de demostrarme que no se lo merecía y, aunque entonces todavía no lo sabía, aquella decisión marcaría también buena parte de lo que sería mi vida durante los años siguientes.