¡Viva la madre de la novia!
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Prólogo 1
Adriana
Mi nombre es Adriana Miró, en la actualidad tengo treinta y siete años y estoy aquí para contaros mi historia.
Habrá momentos en los que reiréis conmigo y otros en los que, seguramente, se os escapará alguna lagrimilla.
Al menos, eso espero, porque significará que habéis conseguido sentir una parte de todo lo que yo viví.
Tan solo deseo que podáis disfrutarla conmigo y que, cuando lleguéis al final, entendáis muchas de las decisiones que fui tomando por el camino.
Bueno, vamos allá.
Tenía diecisiete años cuando, junto a mis mejores amigas, Marta y Susana, me enfrenté a una de las pruebas más duras de mi vida.
Llevaba varios días de retraso en la regla y, siendo yo puntual como un reloj suizo, aquello fue lo que hizo saltar todas mis alarmas.
Intenté convencerme de que podían ser los nervios, el estrés o cualquier otra cosa, pero, cuanto más tardaba en bajarme, más difícil me resultaba engañarme a mí misma.
—Venga, haz pis en el palito. Verás cómo todo esto queda en un susto, Adri —me animaba Marta.
—Esto tiene que ser producto de los nervios, seguro. Últimamente no estás muy bien con Javier y todo eso el cuerpo lo sufre —añadió Susana.
—El susto me lo voy a llevar cuando salga el resultado. Tía, mis padres me van a matar —les contesté, incapaz de apartar la vista de aquella prueba que parecía pesar una tonelada entre mis manos.
—No pierdas más el tiempo porque, lo mismo, te estás adelantando y no hay tal drama como el que te estás montando.
—Ojalá…
Pero, como casi todo en mi relación con Javier, aquello tampoco podía salir bien.
El resultado fue un positivo como una catedral de grande y, durante unos segundos, me quedé mirándolo sin saber siquiera qué hacer.
Menos mal que estaba sentada en la taza del váter porque, si llego a estar de pie, me habría costado también una visita al dentista: habría dejado los dientes en el lavabo como un accesorio más de esos que se ponen de adorno.
No voy a negar que para mí fue como recibir un jarro de agua fría.
Tenía diecisiete años, todavía estudiaba y no sabía absolutamente nada de cómo cuidar a un bebé, pero, en medio de todo aquel miedo, quería creer que podría contar con Javier y con mi familia.
Sabía que lo tenía difícil, sobre todo con mis padres, aunque necesitaba agarrarme a la idea de que, cuando supieran lo que ocurría, terminarían estando a mi lado.
—Voy a llamarlo y quedar con él —les dije a mis amigas cuando conseguí reaccionar.
—Eso, porque, que yo sepa, el embarazo es cosa de dos. No es que tú seas ahora la nueva Virgen María —me dijo Marta.
—Es que esta prueba deberías haberla hecho con él a tu lado. Pero bueno, como te empeñaste en que no querías decirle nada hasta que supieras el resultado… —añadió Susana.
Mis amigas no tenían a Javier precisamente en alta estima, y eso que no sabían de la misa la mitad.
Si hubieran conocido la cantidad de putadas que me había hecho durante nuestra relación, estoy segura de que ni siquiera habrían querido mirarlo a la cara y habrían hecho todo lo posible para que me alejara de él mucho antes.
Precisamente por eso apenas les contaba nada.
Cuando llegaba llorando, siempre les decía lo mismo: que habíamos discutido.
Nunca les confesé que, todas y cada una de aquellas veces, las lágrimas tenían el mismo motivo, que Javier me había sido infiel otra vez.
Supongo que me daba vergüenza reconocer que seguía perdonándolo, o quizá pensaba que, mientras nadie conociera toda la verdad, yo tampoco tendría que enfrentarme a ella.
Javier tardó casi media hora en cogerme el teléfono y, cuando por fin lo hizo, respondió con un tono que no me gustó nada. En cualquier otro momento seguramente habría terminado discutiendo con él, pero no estaba en condiciones de reprocharle nada sin que antes supiera lo que me ocurría.
—¿Se puede saber a qué viene tanta insistencia? Se supone que, si no te he cogido la llamada, es porque estaba ocupado. Pero, claro, la señorita siempre debe tener prioridad, siempre controlando…
—Tenemos que hablar. Es urgente e importante.
—Para ti todo es urgente e importante. ¿Qué pasa, que se te ha roto una uña? Ah, no, tiene que ser que no te han dado cita para las mechas y te ves la raíz.
—Déjate de tonterías y dime dónde y a qué hora nos vemos. Ya te he dicho que es urgente y de vital importancia.
—Vale, vale, no me comas el coco. Nos vemos dentro de media hora en nuestro banco del parque, donde nos sentamos siempre.
—Por favor, los dos a solas. No vayas a venir con tus amigos, que no quiero que haya testigos.
—Pues lo siento, pero ya estamos todos aquí. No los voy a echar.
Mis amigas, que habían escuchado toda la conversación, tuvieron que morderse la lengua para no contestarle.
Las conocía demasiado bien y sabía que estaban deseando arrancarme el teléfono de la mano, así que les hice varios gestos para que me dejaran hablar a mí.
Bastante difícil iba a ser aquello como para empezar antes de tiempo una guerra.
Pusimos rumbo al parque, que no quedaba lejos de casa de Marta, donde estábamos en ese momento.
Cogí la prueba de embarazo, la guardé de nuevo en la cajita en la que venía y la metí en el bolso.
Era como llevar una bomba de relojería conmigo.
Incluso tenía la sensación absurda de que me había aparecido un cartel en la frente con las palabras «adolescente embarazada», porque durante todo el camino me parecía que cualquiera que se cruzaba conmigo sabía exactamente lo que acababa de descubrir.
Lo vi desde lejos. Estaba sentado con sus amigos, tal y como me había dicho, pero no estaban solos.
Con ellos se encontraba también la última chica con la que me había puesto los cuernos y os prometo que, al verla allí, me entró pavor.
Se me revolvió el estómago y hasta tuve ganas de vomitar, aunque intenté que nadie se diera cuenta porque bastante vulnerable me sentía ya.
—Mira, ya está aquí Miss Dramática y sus damas de honor —dijo uno de sus amigos en cuanto nos acercamos.
—Mejor ser eso que Mister Metomentodo —le contestó Marta, que no los podía ni ver.
—Javier, ven aparte, por favor, que tenemos que hablar —le dije al que, hasta ese momento, seguía siendo mi chico, intentando ignorar al resto.
—Si vas a cortar conmigo, dilo aquí, delante de todos. Total, ya tengo a la sustituta esperando a que tú te decidas —me contestó con toda la chulería de la que era capaz.
Miré durante un segundo a la chica que estaba a su lado y después volví a clavar los ojos en él.
—¿Por qué no te dejas de idioteces y vienes de una vez?
Mi tono evidenciaba ya el cabreo que llevaba encima y creo que precisamente eso consiguió que se levantara del banco y viniera hasta donde yo estaba.
Nunca me había oído hablarle así durante todo el tiempo que llevábamos juntos y, por una vez, no pensaba bajar la cabeza ni permitir que desviara la conversación hacia cualquier otra cosa.
—Venga, rapidito, que me tengo que ir.
—Toma —le dije mientras le tendía la cajita con la prueba de embarazo.
La cogió y la miró como si no entendiera qué demonios tenía entre las manos.
—¿Qué coño es esto?
—Una prueba de embarazo. Ha salido positiva.
Javier levantó la cabeza, me miró y soltó una carcajada que me llegó al alma porque yo no conseguía encontrarle ninguna gracia a la situación.
Intenté serenarme un poquito antes de hablar; si abría la boca tal y como me sentía en aquellos momentos, os juro que le iba a decir de todo menos bonito.
Respiré hondo y, justo cuando iba a contestarle, se me adelantó.
—¿Qué me quieres decir con esto? Porque déjame que te diga que, hasta que no inventen una prueba en la que aparezcan el nombre y los apellidos del padre, no pienso creerme nada.
Durante un segundo pensé que no lo había entendido bien.
—¿Perdona? En esto estamos metidos los dos…
—¡Y una mierda! ¿Acaso soy yo el que ha tenido un retraso en la regla? No, ¿verdad? Pues entonces te las apañas como puedas.
Y se largó. Así, sin más.
Me dejó allí con toda la cara partida, dos lagrimones resbalándome por las mejillas y una sensación de vacío que todavía hoy recuerdo perfectamente.
No sabía en qué momento el chico que me había conquistado, el que había conseguido que confiara en él y me había convencido para que perdiera la virginidad a su lado, se había convertido en alguien capaz de darme la espalda justo cuando más miedo tenía.
Marta y Susana no me soltaron un «te lo dije» ni intentaron recordarme todas las veces que me habían avisado de que Javier no me convenía.
Hicieron justo lo contrario: me arroparon, dejaron que llorara cuanto necesitara y estuvieron conmigo durante toda la tarde, hasta que llegó la hora de volver a casa.
Y aquel momento me daba casi tanto miedo como todo lo anterior.
—¿Quieres que te acompañemos para hablar con tus padres? —me preguntó una de ellas.
—No. Si ya me da miedo lo que puedan decirme estando sola, imagínate si encima tienen espectadores.
—No va a ser tan malo, no has matado a nadie, chica. Además, un bebé siempre es una alegría para una familia. No digo yo que al principio no se vayan a enfadar, pero después tendrán que asumirlo —intentó tranquilizarme Marta, aunque sin demasiado éxito.
Mis amigas incluso me ofrecieron quedarme a dormir aquella noche en su casa, pero me negué.
No quería seguir retrasándolo porque sabía perfectamente que, si no encontraba el valor para decirlo aquel día, al siguiente me costaría todavía más.
Necesitaba enfrentarme a mis padres, aunque solo pensar en ello me temblaran las piernas.
Por eso, en cuanto entré en casa y vi a mis padres y a mi abuela sentados en el sofá del salón, pendientes de uno de esos programas de televisión que tanto les gustaban, decidí soltarlo antes de perder el poco valor que me quedaba.
—Tengo que hablar con vosotros —les dije casi en un susurro.
Mi padre levantó la mirada por encima de sus gafas.
En cuanto se fijó en mi cara, debió de darse cuenta de que no iba a contarles ninguna tontería, porque apagó el televisor y centró toda su atención en mí.
Mi madre hizo lo mismo y mi abuela paterna, que pasaba casi más tiempo en nuestra casa que en la suya, dejó lo que tenía entre las manos.
—Tú dirás —dijo mi padre.
Tragué saliva.
—Estoy embarazada y el padre no quiere hacerse responsable.
—¿Qué has dicho?
—Que estoy embarazada y su padre me ha dejado tirada.
Lo repetí casi en un susurro, pero las piernas empezaron a temblarme cuando vi que mi padre se levantaba del sofá y venía hacia mí.
Se plantó delante y, aunque una parte de mí llevaba todo el camino temiendo algo parecido, el gesto me cogió igualmente por sorpresa.
Levantó la mano y la estampó contra mi cara.
Después llegaron los insultos. Os los podéis imaginar.
De puta para arriba, que si no tenía que haber abierto las piernas, que si lo mejor que podía pasarme era perder al bebé y olvidarme de todo aquello.
Aguanté más de media hora escuchándolo sin que apenas me dejara decir una palabra para defenderme, mientras yo intentaba asimilar que ese hombre era mi padre y que aquella era su reacción al verme muerta de miedo delante de él.
Cuando terminó el chaparrón, pensé que me mandaría a mi habitación y pasaríamos varios días sin dirigirnos la palabra.
Me parecía terrible, pero todavía creía que aquello sería lo peor que podía suceder.
Me equivocaba, porque mi padre salió del salón y, cuando regresó, traía una maleta. Mi maleta, para más señas.
—¿Qué haces con eso?
—Te largas de mi casa. No voy a mantener a una puta como tú y mucho menos al bastardo que llevas en el vientre.
Sentí que se me hundía el suelo bajo los pies.
—Papá, por favor. ¿Dónde voy a ir?
—Me importa un carajo. Si has sido lo suficientemente mayor para abrirte de piernas, también lo serás para cuidar de ti y de tu hijo.
Mi abuela se había mantenido callada hasta aquel momento. Entonces se levantó del sofá, cogió su bolso y, sin pedir permiso a nadie, me agarró del brazo. Mi madre seguía sin intervenir y mi padre miró a la suya como si acabara de aparecer un extraterrestre en mitad del salón.
—Mamá, si te marchas con ella y le das cobijo en tu casa, aquí no vuelves a entrar.
Mi abuela ni siquiera pestañeó.
—Mira, Adolfo, yo también me encontré una vez en el mismo lugar que ella, pero con una diferencia: mi padre no me echó a la calle.
Tu padre luchó todo lo que pudo por sacarnos adelante y por labrarse un futuro, y mi familia estuvo allí mientras lo conseguíamos.
Así que, como comprenderás, no pienso dejar sola a mi nieta.
—Es distinto. Tú te casaste con mi padre.
—Claro que sí, porque era un señor de los pies a la cabeza y estábamos enamorados. Pero eso ocurrió cuando tu padre consiguió cierta estabilidad económica. Mientras tanto, fue tu abuelo quien nos ayudó y nos mantuvo a los dos.
—Me da igual. No quiero esto en mi casa. No la he educado para que sea madre con esta edad.
—Pues nada. Tú no la quieres en tu casa, pero yo sí la quiero en la mía. Y, si eso significa que no vas a volver a verme, ya te avisarán cuando me muera por si quieres acercarte al velatorio. Ahora vámonos, mi niña.
Y nos fuimos.
Mi abuela, que por aquel entonces tenía sesenta años, fue quien se hizo cargo de mí y, más adelante, también de mi niña.
No permitió que nos faltara de nada, aunque tampoco consintió que yo utilizara el embarazo como excusa para abandonar mis estudios o renunciar a mi futuro.
Me obligó a seguir adelante, a estudiar y a sacarme una carrera incluso en los momentos en los que yo pensaba que no podía con todo.
Ahora, a mis treinta y siete años, era licenciada en Química y trabajaba como profesora en la universidad.
Mis padres no conocieron a mi hija. Vamos, que veinte años después todavía no la conocen.
Tampoco hicieron ningún intento real por formar parte de nuestra vida y, con el tiempo, dejé de esperar que lo hicieran.
De aquello aprendí dos cosas que nunca se me olvidaron: que el cariño no se mendiga y que un hijo puede convertirse en lo más grande que la vida te regale, aunque llegue cuando menos preparada crees estar para recibirlo.
No voy a decir que fue fácil porque no lo fue.
Hubo días buenísimos y otros en los que pensé que no llegaría al siguiente sin derrumbarme.
Por suerte, además de mi abuela, tenía a Marta y Susana.
Mis amigas siguieron a mi lado cuando más falta me hacían y, entre todas, fuimos sacando a Sofía adelante mientras yo aprendía sobre la marcha a ser madre, estudiante y adulta casi al mismo tiempo.
Y quizá por eso, después de tantos años, sigo teniendo tan claro quién estuvo cuando de verdad importaba.