Viper (Código Negro 1) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Cotswolds, Inglaterra

Nunca fui una mujer de vestidos de princesa. Pero cuando me miro en el enorme espejo del castillo, rodeada de luces suaves y flores blancas, entiendo por qué Max insistió en que merecía algo extraordinario.

Mi vestido es marfil cálido, como la luz del atardecer en una tarde de verano.

La tela es ligera, casi etérea, pero abraza mi cuerpo con la firmeza suficiente para recordarme que sigo siendo yo: fuerte, flexible, viva.

El escote en forma de corazón revela solo lo necesario, sostenido por finos tirantes de encaje bordado a mano que descansan sobre mis hombros como un susurro.

Cuando giro un poco, la espalda en “V” abierta deja al descubierto mi piel, bordeada por encajes que brillan con diminutos cristales.

No es ostentoso, pero cada detalle parece tener una intención: mostrar que incluso una guardaespaldas endurecida por el peligro puede ser, al mismo tiempo, vulnerable y hermosa.

La falda se abre suavemente desde mis caderas, transformándose en capas de tul que se deslizan como niebla sobre el suelo de piedra. Una pequeña cola me sigue cuando camino, lo suficiente para que cada paso parezca parte de un sueño.

No quería un velo. Quería mi cabello suelto, libre.

El cielo de Inglaterra parece pintado especialmente para nosotros esta tarde: nubes suaves que dejan pasar rayos de sol dorado, iluminando el extenso jardín de un antiguo castillo restaurado en los Cotswolds.

Las colinas verdes ondulan en el horizonte, y la brisa fresca arrastra el aroma de las flores blancas que decoran el pasillo central.

Respiro hondo, dejando que el aire frío y limpio llene mis pulmones. Después de todo lo que hemos pasado—las noches en vela, las balas, las traiciones, las cicatrices—, jamás imaginé que un lugar pudiera sentirse tan pacífico.

Willow está a mi lado, su vestido es sencillo pero elegante, y aunque sus ojos todavía guardan un rastro de todo el dolor vivido, hoy vuelven a brillar.

Theron y Josephine llegan con el bebé en brazos, y por un momento todo parece normal, casi como si el mundo nunca hubiera sido cruel.

Josephine sonríe al vernos, su mirada es un abrazo silencioso.

Theron asiente hacia Max de nuevo, caminar con mi hermano hacia el altar ha sido una de las cosas más conmovedoras que he hecho en mi vida, ambos lloramos, un gesto que, viniendo de mi hermano, equivale a un tratado de paz.

—Te amo, lo sabes ¿Verdad?

—También te amo, hermano —ambos nos fundimos en un largo abrazo.

La música comienza, suave y cálida. Me vuelvo y veo a Max esperándome al final del pasillo, impecable en su traje negro.

Hay algo en su postura—orgullo mezclado con vulnerabilidad—que me hace temblar por dentro.

Sus ojos grises se clavan en mí, y en ese momento, no existen castillos, ni invitados, ni cicatrices: solo nosotros.

Camino hacia él, cada paso una promesa silenciosa de que, después de todo, seguimos aquí. Cuando por fin llego a su lado, Max toma mi mano y la besa suavemente. Su toque es firme, como si no quisiera arriesgarse a perderme otra vez.

—Pensé que después de todo lo que soportamos, nada podría asustarme —susurra, lo bastante bajo para que solo yo lo escuche—. Pero verte caminar hacia mí… me deja sin aire.

Sonrío, conteniendo las lágrimas.

—Entonces no respires. Quédate conmigo.

—No puedo creer que estés aquí, conmigo —dice en un susurro, su voz quebrada por la emoción—. Después de todo lo que el mundo intentó hacernos.

—Siempre estuve contigo, Max —le respondo, mis palabras temblando con cada latido—. Incluso cuando no estabas cerca.

Él baja la cabeza un instante, buscando fuerza en el suelo, y cuando vuelve a mirarme, hay una chispa de humor en sus ojos.

—Prometí darte una boda como la reina que eres —dice, y su voz tiembla apenas—. Aunque me hubiese bastado con casarme contigo en cualquier rincón del mundo.

—Y, aun así, aquí estamos —respondo, conteniendo una risa entre lágrimas—. En un castillo, rodeados de toda esta gente. Vaya que sabes cómo cumplir promesas, Viper.

Max desliza sus dedos por mi mejilla, limpiando una lágrima que escapa.

—No solo cumplo promesas, Hunter. Las vivo. Y tú… tú eres la única que me hace querer ser mejor que todo lo que fui.

Ya soy su esposa, pero esto, esto era lo que ambos necesitábamos.

Cuando pronunciamos nuestros votos, el mundo desaparece. Hablo de amor, sí, pero también de supervivencia. De las veces que caímos y aun así nos elegimos. De las heridas que curamos juntos. Mis palabras son un juramento:

—Te elijo hoy y te elegiría incluso en mis peores días. Porque contigo, incluso el infierno parece soportable.

Max respira hondo antes de responder, su voz ronca, pero clara:

—Te elijo, Hunter Hass. No por lo que sobrevivimos… sino porque contigo descubrí que incluso en la oscuridad hay luz. Si el mundo intenta arrebatárnoslo todo otra vez, les haré arder el cielo antes de soltarte.

Willow, entre los invitados, aprieta las manos juntas y sonríe entre lágrimas. Theron y Josephine, con el bebé en brazos, nos observan con ojos brillantes: Theron incluso se seca discretamente las lágrimas, aunque finge que solo le molesta el viento.

Cuando Max me besa, es un beso profundo y tembloroso, una mezcla de alivio y deseo. Los aplausos y vítores estallan a nuestro alrededor, pero apenas los escucho. Todo lo que siento es su mano en mi espalda y la certeza de que, por primera vez en mucho tiempo, tenemos un momento solo nuestro.

Max apoya su frente en la mía, su respiración aún agitada.

—Respira, cariño —murmura, una frase que antes solía romperme y ahora me reconstruye.

—Estoy respirando —le respondo, riendo entre lágrimas—. Pero solo porque estás aquí.

Él me envuelve entre sus brazos, y ahora, el mundo se desvanece como un suspiro antiguo.

Todo lo que perdimos, lo que sangramos, lo que casi nos rompió, queda suspendido en el aire frío.

No hay promesas grandiosas ni certezas eternas…

solo este momento frágil, solo nosotros, aferrándonos el uno al otro como si el tiempo pudiera detenerse aquí para siempre.