CAPÍTULO 68
Maximilian
Han pasado cuatro meses desde aquella noche en Berna.
Dos meses desde que Azrael despertó del coma…
pero no volvió igual. Ha olvidado el último año de su vida: el ataque, el dolor, las traiciones forzadas.
Todo. Incluso la morena que ahora vive al otro lado del pasillo, la vecina que logró atravesar sus muros.
Y aunque intenta ocultarlo tras esa máscara de sarcasmo y rabia, sé que lo atormenta.
Se negó a vivir conmigo. Ahora ocupa el apartamento de Hunter. Dice que necesita espacio, pero ambos sabemos que es su manera de castigarme, de poner distancia entre nosotros. Aun así, cuando llegó esta misión, no dudó: apareció con el equipo como si nada hubiera cambiado.
Esta noche no es un simple operativo. Es una cacería.
Nos encontramos en Cornualles, al sur de Inglaterra.
Entre los acantilados y la niebla, hallamos una mansión que parece sacada de otra época: muros de piedra negra, ventanales cubiertos de polvo, un jardín descuidado que oculta el hedor de algo mucho más oscuro.
Claus consiguió la ubicación a través de un soplón que no vivió lo suficiente para arrepentirse.
Noel descubrió que esta casa es una de las sedes secretas de una red que organiza “rituales” para los ricos: un espectáculo macabro para encubrir la trata de menores.
Dentro, el aire es frío y húmedo. Las paredes rezuman agua y el silencio está tan cargado que parece una amenaza. Nos movemos en fila, armas en mano. Azrael va delante conmigo, sus movimientos precisos y silenciosos como si nunca hubiera pasado cuatro meses entre la vida y la muerte.
—Esto apesta —murmura Noel, revisando un mapa térmico en su dispositivo.
—No es el moho lo que huele —responde Claus en voz baja—. Es miedo.
Una puerta cruje a lo lejos. Nos detenemos.
Escucho voces apagadas, risas sofocadas, como un eco perverso.
Avanzamos hasta un salón amplio, apenas iluminado por velas.
En el centro hay un altar de piedra manchado de sangre reciente.
Alrededor, símbolos tallados en las paredes y jaulas pequeñas en los rincones: jaulas donde podrían caber niños.
Mis dedos se tensan sobre el gatillo.
—Esto no es un ritual —susurro—. Es un negocio.
Antes de que podamos movernos, unas siluetas emergen de las sombras. Hombres armados, bien vestidos: protectores del secreto. Uno de ellos sonríe.
—Creí que los fantasmas no existían. Y mírate, Viper.
Disparo antes de que termine su frase. El eco del primer tiro desata el infierno.
Los guardias responden, las balas rebotan en las columnas de piedra.
Noel rueda hacia una cobertura, lanza una granada aturdidora y el salón se ilumina con un destello cegador.
Claus, preciso como siempre, derriba a dos con tiros limpios.
Azrael se mueve como un espectro. Se lanza sobre un enemigo, le arrebata el arma y la usa para derribar a otros dos. Otro intenta acercarse por mi flanco y Azrael lo intercepta, golpeándolo contra el altar.
—Te dije que no vinieras a jugar —gruñe, antes de dispararle en el hombro.
—¡Max, izquierda! —grita Noel. Me giro y derribo a otro guardia que intentaba flanquearnos.
El fuego cruzado se intensifica. El humo y el polvo llenan el aire, haciéndolo espeso y difícil de respirar. Entre los disparos, oigo llantos débiles desde una de las jaulas.
—¡Tenemos rehenes! —ladra Claus, cubriéndonos mientras avanzo.
Azrael y yo llegamos a las jaulas. Veo dos niños, aterrados pero vivos. Rompo el candado con la culata del arma. Azrael se agacha, su voz baja pero firme mientras ayuda a uno de ellos:
—Estás a salvo. Ya pasó.
Otro enemigo aparece detrás de él. Sin pensarlo, disparo por encima de su hombro. El cuerpo del hombre cae al suelo, inerte. Azrael me lanza una mirada rápida: no es agradecimiento, es comprensión. El lazo entre nosotros, incluso roto y lleno de cicatrices, sigue ahí.
—Hermano… —dice, cargando al niño en brazos—. Termina esto.
Mientras Noel escolta a los pequeños hacia la salida, Claus coloca cargas en las columnas del salón. Yo me giro hacia los últimos enemigos y mi voz se vuelve hielo.
—Díganles a sus patrones que la caza acaba de empezar.
Lanzo mi moneda al aire y cae, haciendo ese sonido único.
Un último intercambio de disparos, y el salón queda en silencio salvo por el crujir del fuego y el mar lejano golpeando los acantilados.
Afuera, el aire nocturno es tan frío que quema los pulmones.
Azrael entrega al niño a Noel y se gira hacia mí.
El humo de la mansión incendiada dibuja sombras sobre su rostro, endureciendo aún más sus rasgos.
—No te debo explicaciones —dice, su voz áspera, casi un susurro que corta más que un grito.
Ahora, el silencio entre nosotros es más pesado que el eco de los disparos. Entiendo que no habla de esta noche ni del rescate: habla de todo lo que quedó roto entre nosotros, de las promesas incumplidas, de la traición forzada que todavía arde como una herida abierta.
Pero no lo recuerda. No recuerda que me protegió hasta el último momento.
Lo miro fijamente, el arma aun colgando de mi mano. Doy un paso hacia él, lo suficiente para que la distancia no sea una barrera, pero tampoco una reconciliación.
—No —respondo en voz baja, con un filo de rabia y dolor—. Pero algún día tendrás que dármelas… porque yo nunca dejé de ser tu hermano.
Azrael aparta la mirada, sus labios se tensan como si quisiera responder y no pudiera.
Durante un segundo, veo en sus ojos ese niño que saqué de la calle tantos años atrás.
Luego da media vuelta y se aleja entre el humo y las sirenas lejanas, dejando atrás solo el sonido del mar rompiendo contra los acantilados.
Por un momento, en su mirada veo algo: no gratitud, no perdón, pero sí una chispa de la hermandad que una vez compartimos. Mientras el fuego consume la mansión a lo lejos, sé que esta red no ha mostrado ni la mitad de sus monstruos. Y yo estoy listo para cazarlos a todos.