Viper (Código Negro 1) CAPÍTULO 67
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CAPÍTULO 67

Hunter

Londres

La noche ha caído por completo sobre Londres. Después del caos en Berna, trasladamos a Azrael aquí: el mejor hospital, el único lugar donde Theron confía que pueda tener una oportunidad. El edificio brilla entre las sombras, iluminado como un faro en medio de la tormenta.

El pasillo está en silencio, roto solo por el pitido constante de las máquinas en la UCI y el golpeteo suave de la lluvia contra los ventanales.

Willow duerme hecha un ovillo en una silla del pasillo, agotada por las lágrimas y las horas interminables de espera.

Theron revisa unos informes en la sala de médicos; su bata blanca y su expresión severa apenas disimulan la preocupación que intenta ocultar bajo su profesionalidad.

No veo a Max a mi lado y lo sé de inmediato: está con Azrael.

Empujo la puerta de la UCI despacio. El aire es frío, limpio, impregnado del olor a desinfectante y a máquinas que luchan por mantener la vida. La luz tenue dibuja sombras largas en las paredes blancas.

Max está ahí, de pie junto a la cama de su hermano.

Sus manos, esas mismas que han empuñado armas y salvado vidas, tiemblan ligeramente mientras sostienen la baranda metálica.

Su antifaz de fuerza y control ha desaparecido.

Lo veo inclinarse, apoyando la frente contra el dorso de la mano de Azrael, sus hombros tensos como si llevaran el peso del mundo.

—No vas a dejarme otra vez, hermano —su voz es apenas un susurro, tan bajo que casi parece un pensamiento perdido—. No después de todo. No después de Grim.

Da un paso atrás, pasa una mano por su rostro, y por un segundo parece un hombre roto, no el jefe de la mafia Suiza ni el estratega implacable que todos temen. Solo Max. Un hombre que ha perdido demasiado.

Me acerco despacio y pongo mi mano en su espalda. Él no se sobresalta; sabe que soy yo. Durante un momento no decimos nada. Solo escuchamos el pitido de las máquinas y la respiración mecánica de Azrael.

Max aprieta la baranda de la cama, luego habla otra vez, su voz ronca y decidida:

—Si despiertas, te lo juro… te juro que esta vez no fallaré. Te protegeré, aunque tenga que quemar el mundo para hacerlo. Tú también eres mi familia.

Sus palabras son una promesa y una amenaza al mismo tiempo, y en ellas hay tanto amor como furia. Me duele verlo así, tan vulnerable, pero también siento una chispa de esperanza: porque incluso roto, Max sigue siendo un hombre que pelea por los suyos.

Apoyo mi cabeza en su hombro.

—Va a despertar, Max —le susurro, aunque ni yo misma estoy segura—. Y cuando lo haga… lo ayudaremos juntos.

Él me envuelve en un abrazo rápido pero fuerte, como si mi toque fuera lo único que lo mantiene de pie. Afuera, la lluvia arrecia contra las ventanas, y en ese silencio roto por las máquinas y el viento, entiendo que esta noche es solo una pausa en una guerra que aún no ha terminado.