CAPÍTULO 66
Hunter
Han pasado dos días. Dos días en los que el reloj parece avanzar con crueldad, cada minuto arrastrándose como una eternidad.
El hospital huele a desinfectante y a miedo contenido.
He perdido la cuenta de las veces que he caminado por este pasillo blanco y frío, las manos entrelazadas, las uñas marcando mi piel.
Willow no se ha movido de mi lado. Su rostro está hinchado de tanto llorar, los ojos enrojecidos, las manos aferrando una taza de café que no ha probado. Cada vez que alguien menciona el nombre de Azrael, su mentón tiembla.
—Hunter… —susurra, su voz quebrada—. Él es fuerte, ¿verdad? Azrael es fuerte.
La miro, intentando transmitir una certeza que yo misma no tengo.
—Lo es —respondo en voz baja, aunque por dentro me siento vacía. —Max dice que lo es y le creo.
—Él peleó para protegernos—lo sé, siento que todo fue culpa mía. Si yo no hubiera salido corriendo pensando que era un traidor, quizás las cosas hubieran acabado diferente. —no te tortures, puedo saber lo que piensas, no fue tu culpa, eres buena esposa y buena amiga.
Comienzo a llorar.
—Ellos hubieran entrado a la casa—dice Max, tomándome por sorpresa y trayendo otro café para Willow y para mí—y siempre hubiera terminado acá. Azrael es terco, pero sabía lo que hacía.
—¿Qué pasó entre ustedes? —le pregunto a Willow, no es normal el nivel de preocupación y angustia que siente.
—Me gusta. Nos gustamos—me lo dice sonriendo y con más lágrimas en su rostro—yo di el primer paso. Y él fue tan… tan perfecto, tan caballero. Tan frío, creo que aprendí a leer sus señales, hasta que esa noche me tomó por sorpresa y me besó en mi apartamento.
—¿Se besaron?
Asiente, casi sollozando.
—Fue algo tonto, pero sí. Él es bien raro ¿Sabes? Pero me gusta igual. Quiero que se levante de esa cama y me diga que iremos a esa cita.
La puerta del pasillo se abre de golpe y mi corazón se detiene por un segundo.
Theron. Mi hermano. Su presencia llena la sala en un instante, su porte imponente como un muro entre nosotros y el mundo.
Voló directo en cuanto se enteró de lo que ocurrió.
Detrás de él, Josephine y el bebé esperan en una habitación contigua, rodeados de seguridad.
Theron camina hacia mí, sus pasos firmes pero su expresión es un nudo de preocupación y rabia contenida. Cuando me abraza, mi fachada casi se rompe.
—Estoy aquí —dice, y sus palabras son un ancla que me impide derrumbarme por completo.
El pasillo del hospital parece más frío esta noche. La lluvia golpea los ventanales como un metrónomo macabro, marcando el ritmo de una espera interminable. El murmullo lejano de las máquinas y pasos apresurados es el único sonido que acompaña el silencio entre nosotros.
Max se mantiene de pie frente a la puerta de la UCI, los brazos cruzados, el rostro oculto tras una máscara de acero.
Theron avanza hacia él, su presencia imponiendo calma y autoridad, aunque en su mirada hay preocupación genuina.
Se detiene a su lado, lo suficientemente cerca para que sus palabras sean solo para él.
Theron traga saliva antes de continuar.
—Una de las balas… —pausa un instante, como si masticara el peso de las palabras— …está alojada en la cabeza, en una zona muy delicada del cerebro. No podemos extraerla sin arriesgar su vida de inmediato.
El rostro de Max es un muro, pero su puño cerrado traiciona un leve temblor. Theron sigue, su voz más suave pero no menos grave:
—Lo hemos estabilizado, pero está en coma. Y aunque su corazón es fuerte, no sabemos qué pasará si despierta. No puedo darte garantías, Max. No como médico… y no como familia.
Familia.
Willow suelta un sollozo y se cubre la boca. Yo me acerco a Max, temiendo su reacción, pero él no se mueve. Sus ojos permanecen fijos en algún punto invisible, como si buscara fuerzas en el vacío. Finalmente, su voz emerge, áspera, rota:
—No va a morir.
Theron lo mira largo rato, evaluando esa mezcla peligrosa de esperanza y furia.
—Quiero que tengas claro lo que enfrentamos —dice con calma, pero su mirada es intensa—. Si despierta, su vida no volverá a ser igual. Puede haber daño… y aún podrías tener enemigos moviéndose en las sombras.
Max asiente apenas, su mandíbula tensándose aún más.
—Entonces con que despierte será suficiente. Lo demás… yo me encargaré.
Theron sostiene su mirada unos segundos, luego asiente, respetando la determinación de Max, aunque sabe lo frágil que es todo.
Yo siento un nudo en el estómago al ver a mi marido así: un hombre que ha sobrevivido a traiciones, a heridas mortales, pero que ahora enfrenta una amenaza que no puede controlar.