CAPÍTULO 65 #3
—Y ahora entiendo… no me buscaste por casualidad. Nuestro padre te envió. Todo este tiempo… maldito sea, todo este tiempo él quería saber cada movimiento, cada decisión.
Azrael desvía la mirada, su mandíbula tensa, pero no dice nada para defenderse. Ese silencio es peor que cualquier confesión.
Todos estos años; y aparece hasta ahora. Justo ahora, cuando tengo una debilidad. Cuando no me importa nada más que ella…
Trago saliva, el dolor y la rabia fusionándose en una comprensión brutal.
—Tiene todo el jodido sentido —susurro, apenas audible, pero el veneno en mis palabras llena la sala—. Voy a matarlos a los dos.
Hunter no se mueve. Claus y Noel permanecen inmóviles, sabiendo que cualquier palabra suya podría encender una chispa que lo destruya todo. Grim, satisfecho, sonríe como el verdugo que ha esperado años para este momento.
El salón entero ahora está caótico. Grim sonríe, convencido de su victoria, mientras las palabras de Azrael aún queman en mi mente. Pero en medio del ruido apagado de mi rabia, algo en su mirada cambia.
Solo un parpadeo. Un destello casi imperceptible.
Azrael levanta apenas la vista y me dedica esa mirada que compartíamos de niños callejeros cuando todo lo que teníamos era la promesa de sobrevivir. Una mirada que dice lo que no puede pronunciar en voz alta, pero entonces hace un movimiento rápido con las manos:
—Perdóname. Esto nunca fue mi elección.
Señas, me habla en señas. Como ese día que lo encontré, me hablaba en señas extrañas y se rehusaba a hablar. No fue hasta que mi madre nos metió en clases de lenguaje de señas para que pudiera comunicarse mejor. Hasta que comenzó a hablar y las señas eran nuestro propio lenguaje ante los problemas.
Él sabía hablar, pero había elegido no hacerlo, me pregunté siempre por qué. Y ahora me lo imagino. Nuestro padre. Y eso es algo que ni el propio Lucan Hass sabía.
—No creas nada de lo que diga, todo acabará pronto. Perdóname.
Mis ojos se clavan en los suyos. Y lo entiendo todo. El traidor… no lo fue por elección. Grim, demasiado confiado, sigue hablando, saboreando cada sílaba:
—Mira lo fácil que fue romper tu pequeño imperio. Todo lo que construiste… lo usé contra ti.
Azrael da un paso atrás, lento, sus manos a los costados como si aceptara su papel de marioneta. Pero entonces, vuelve a mover las manos, estando de espaldas a nuestro padre:
—Hermano… confía en mí. Ahora.
Mi corazón da un vuelco.
De pronto, su mano se desliza hasta un pequeño panel en la pared, oculto bajo la moldura del salón. Presiona un botón. Un pitido agudo corta el silencio.
Un segundo después, un estruendo sacude la sala. Los vidrios blindados que nos separan explotan en una lluvia de fragmentos, un estallido controlado que convierte el lujo en caos. Gritos y alarmas llenan el aire.
Yo ya estoy en movimiento. Mi arma aparece en mi mano como una extensión de mi rabia. Apunto directo al pecho de Grim y aprieto el gatillo.
El retroceso sacude mi brazo. Disparo una vez. Dos. Tres.
Grim se lanza hacia un costado, cubriéndose detrás de una columna mientras las balas destrozan el mármol. Las luces parpadean, sumiendo la sala en penumbra intermitente. Hunter corre hacia mí entre el humo, sus ojos brillando con miedo y determinación.
Azrael se interpone entre nosotros y los hombres de Grim, disparando con precisión letal. Noel y Claus irrumpen desde sus posiciones, sus armas desatando un eco metálico que reverbera en las paredes destrozadas.
Ya tuvieron que haberle dado señal a nuestros hombres para que se encarguen de las personas que están aquí, todas y cada una de ellas debe de morir.
El salón, hace un minuto un templo del lujo, ahora es un campo de guerra.
El humo aún cuelga en el aire cuando siento a Hunter lanzarse contra mí, su cuerpo tembloroso presionando el mío de manera protectora. Su abrazo es desesperado, cálido y aterradoramente frágil.
—No dejaré que te disparen por mi culpa otra vez —susurra, su voz quebrada por el miedo, pero firme.
—Agáchate, cariño… por el amor de Dios, agáchate —respondo, mi voz temblando mientras mi mano la empuja suavemente hacia abajo.
—No. No. No dejaré que te disparen de nuevo—vuelve a decir, mientras está literalmente protegiéndome con su cuerpo, una bala, una bala solamente podría arrebatármela.
Ella es una reina que quiere proteger a su rey. Pero no esta vez. No en mi historia.
—Agáchate, Hunter o moriremos los dos, porque si una bala te toca, yo pondré mi propia arma en mi cabeza.
Ella obedece justo cuando una bala silba cerca de su pie, rompiendo el mármol. Hunter aprieta los dientes, se mantiene fuerte, negándose a quebrarse. Con cada disparo que responde Noel desde su posición, y cada paso que damos hacia la salida, el caos se convierte en un eco lejano.
Los cuerpos de los hombres de Grim caen uno por uno.
Cuando el estruendo de las armas se apaga por fin, cinco chicas más —asustadas pero vivas— son sacadas de sus jaulas.
Claus las guía hacia un pasillo seguro, cubriéndolas.
El salón privado, hace minutos un escenario de lujo, es ahora un cementerio silencioso.
De repente, un disparo rompe el breve momento de calma.
Grim. Aún vivo. Sangrando, pero sonriendo como el diablo que es. Azrael no duda: levanta su arma y dispara hacia él. Las balas rebotan en la columna que Grim usa como cobertura. Al mismo tiempo, nuestro padre, herido y furioso, alza su pistola hacia nosotros.
—¡Traidor hijo de puta! —escupe Grim hacia Azrael, su voz cargada de veneno.
Azrael da un paso adelante, su rostro endurecido, pero en sus ojos hay dolor.
—Nunca traicioné a mi hermano. ¡nie jemals! (¡Nunca, jamás!)—su voz retumba por el salón—. Solo te di lo que querías escuchar. Pero jamás lo traicioné. Nunca te di ubicaciones exactas.
Grim ríe, incluso mientras la sangre gotea por su costado.
—Me tendiste una trampa —continúa Azrael, avanzando—.
Me pusiste un rastreador aquel día, cuando iba a ayudar a Max en el aeropuerto.
Me retuviste lejos… yo no sabía que mi hermano se estaba muriendo.
Me dejaste ir bajo amenaza, prometiste matarlo si no cooperaba.
Por eso te seguí ayudando… pero nunca te di nada que valiera la pena.
Por eso todas las misiones de código negro fueron exitosas.
Nuestro padre suelta una carcajada rota, un sonido que hiela la sangre. Pero incluso al borde de la muerte, sus ojos brillan con odio. De pronto, su mano se eleva una vez más, el arma apuntando directamente a mí y Hunter.
Por un instante, todo es lento: el zumbido en mis oídos, la respiración entrecortada de Hunter a mi lado, el dedo de Grim apretando el gatillo.
Y entonces, Azrael se mueve.
Sin pensarlo, sin dudar. Se lanza delante de nosotros, su cuerpo interponiéndose entre la bala y mi esposa… y entre la bala y yo.
El disparo retumba en el salón vacío. El mundo entero parece detenerse cuando Azrael se arquea hacia atrás, el impacto resonando como un trueno en mi pecho.
Mi furia se rompe en un solo segundo. El disparo retumba en el aire. Azrael se mueve hacia atrás, su cuerpo cayendo frente a Hunter y a mí. Siento que el mundo se quiebra bajo mis pies. Hunter suelta un grito ahogado, sus manos intentando sostener a mi hermano mientras yo apenas logro reaccionar.
Grim —mi padre— se tambalea, la sonrisa aún en su rostro enfermo, orgulloso de haber hundido el cuchillo hasta el final. Su risa rota resuena como un eco en el salón destruido.
—Al final… siempre fuiste predecible, hijo.
Y algo en mí se rompe para siempre.
Mi mano se cierra en torno a mi pistola, ya no con rabia, sino con una calma helada que da más miedo que cualquier grito. Doy un paso al frente. Otro. Grim levanta apenas el arma, pero ya es demasiado tarde.
—Esto es por mamá.
Pum.
— Por las gemelas.
Pum, pum.
—Por cada maldito segundo que nos robaste a mi esposa y a mí.
Pum, pum, pum.
—Y por toda la mierda que has estado haciendo, todo acaba hoy, contigo.
Aprieto el gatillo. Una vez. La bala le atraviesa la frente.
Disparo otra vez. Y otra. Y otra.
Cada impacto es un rugido en mi pecho, cada bala un pedazo del infierno que me obligó a cargar. El cuerpo de Grim cae de rodillas antes de desplomarse en el mármol manchado de sangre, su risa apagándose para siempre.
El silencio posterior es ensordecedor. Solo queda el humo, el olor metálico de la pólvora y el jadeo de Hunter.
Me giro y me arrodillo junto a Azrael. Su respiración es superficial, pero sus ojos grises —los mismos que siempre han reflejado mi propia oscuridad— se encuentran con los míos. Hay dolor en su mirada, pero también una chispa: alivio, redención.
—Perdóname… —susurra, con un hilo de voz.
Aprieto su mano con fuerza.
—No hables... vas a estar bien.
Hunter se arrodilla a nuestro lado, sus lágrimas cayendo sobre el suelo frío. A nuestro alrededor, Noel y Claus entran con cautela, asegurando la zona. El salón, antes un monumento al lujo corrupto, es ahora un campo de batalla cubierto de escombros y cuerpos.
Pero lo único que importa es que Grim, mi padre está muerto, y esta vez se quedará ahí… y que aún hay una oportunidad de salvar a mi hermano.
El salón parece girar a mi alrededor. El eco de mis disparos aún resuena, pero lo único que escucho ahora es la respiración rota de Azrael. Su camisa está empapada de sangre, y mis manos tiemblan mientras presiono la herida, intentando detener el flujo inútilmente.
—¡Azrael, aguanta! —mi voz se rompe.
Él suelta un quejido bajo, pero sus ojos siguen abiertos, fijos en mí.
—No… —tos leve, la sangre manchando sus labios—. Vete…
—Cállate —gruño, apretando más fuerte—. Vas a vivir, joder, tienes que vivir.
Noel y Claus aparecen a mi lado, sus armas aún humeantes, escaneando la habitación en busca de amenazas.
—Tenemos que movernos ya —dice Claus, su tono tenso pero firme—. Si alguien más de los suyos aparece, estaremos atrapados.
Hunter, con el rostro manchado de lágrimas, ya está ayudando a las chicas rescatadas a ponerse de pie donde Noel las protegió a cada una y veo la niña, con su mirada perdida, tomar la mano de mi mujer.
—Max, dime qué hacer —su voz es firme, aunque sus manos tiemblan.
—Llévalas a la camioneta blindada. Claus, abre camino. Noel, cúbrenos la espalda.
Me inclino y levanto a Azrael, sintiendo el peso de su cuerpo desplomado. Un gemido ahogado se escapa de él, pero no protesta. Hunter corre a mi lado, lista para ayudar a estabilizarlo mientras nos abrimos paso por el pasillo destrozado.
Cada paso parece eterno. Las sirenas de la alarma del edificio siguen sonando, un eco metálico que amplifica el pánico.
Afuera, el aire frío de Berna nos recibe, cortante y cruel.
La camioneta negra espera con el motor encendido.
Claus abre la puerta trasera y Noel nos cubre con su arma mientras colocamos a Azrael en el asiento.
Hunter se sube, sosteniendo la herida de mi hermano.
Mientras acelero por las calles estrechas, las luces de la ciudad se convierten en estelas borrosas. Azrael respira con dificultad, cada jadeo un recordatorio de lo frágil que es este momento.
—Mantén los ojos abiertos, Bruder (Hermano) —le digo, mi voz quebrada—. No te atrevas a morir.
Él logra una sonrisa débil, casi imperceptible.
—Siempre… te cubro la espalda… —murmura.
Hunter aprieta su mano y susurra algo tranquilizador, aunque su propia voz tiembla.
Ella debería de odiarlo, pero no lo hace. Hay tantas cosas por explicar que no sabré por dónde empezar.
Cuando el hospital aparece a lo lejos, rodeado ya por hombres de confianza de Código negro que aseguraron el perímetro, aprieto el acelerador aún más.
Mientras los médicos lo reciben y se lo llevan en una camilla, siento cómo la adrenalina comienza a abandonarme, reemplazada por una furia helada y una promesa silenciosa: Grim está muerto, pero las sombras que dejó siguen acechando.
Y yo no pienso permitir que me arrebaten a nadie más.