CAPÍTULO 65 #2
Mi respiración es fuego en mi garganta. Mis dedos rozan el gatillo del arma escondida bajo mi esmoquin.
—Max —la voz de Noel por el comunicador—. Mantén la postura.
Pero mi corazón ya está rompiendo cada regla.
Las luces del salón parpadean y se apagan, dejando solo un haz sobre Hunter. Los cristales de las cabinas se abren con un zumbido mecánico. Veo a Noel y Claus preparados, pero quietos. Yo ya no tengo calma.
Ella me ve. Y aun con el miedo en sus ojos, se mueve hacia mí, como si supiera exactamente dónde estoy.
—Tranquila, cariño. Te sacaré de ahí —le digo en voz baja, apenas un aliento.
Pujé desde antes de pronunciar su nombre en mi cabeza. Y estoy seguro que no fui el único. Pero mi botón de puja no hace ningún ruido y se ha apagado.
Una voz desconocida, amplificada, se alza desde las sombras:
—Se preguntarán por qué no pueden pujar por este pastelito . Bueno… no quiero dinero a cambio.
La voz me congela la sangre. Esa voz…De entre las sombras, surge una figura con máscara. Pero cuando se la quita, el mundo entero se desploma.
Ojos grises. Helados, cortantes. Como los míos.
Una mandíbula cuadrada, familiar, que podría haber visto cada mañana en el espejo. Pero detrás de esa mirada hay algo que yo nunca he tenido: traición. Fría, calculada.
El murmullo en el salón desaparece. Incluso el aire parece contener el aliento.
Todo lo que existe es esa figura bajo la luz, ese rostro que debería haber sido mi pasado…
y que ahora es mi enemigo. Mi pecho se comprime como si una mano invisible lo apretara.
Durante un instante absurdo, mi mente intenta negarlo: no, no puede ser.
Él está muerto para mí desde hace años. Y, sin embargo, allí está, vivo, erguido, orgulloso. Grim.
Mi padre. Lucan Hass.
— Hallo, Sohn (Hola, hijo) —dice, su voz suave, casi alegre, como si estuviera saludando después de un viaje largo y no destrozando mi mundo.
Cada palabra suya es un cuchillo, afilado con recuerdos.
Mi voz sale baja, grave, temblando con una rabia contenida que amenaza con romperlo todo:
—No me llames así, los muertos que traicionan no hablan. Y menos los que traicionan a la familia.
Puedo sentir a Noel y Claus, quietos como estatuas en sus cabinas, esperando el mínimo gesto que desate una tormenta. Mis manos se cierran en puños, y por primera vez en mucho tiempo, temo que no pueda controlar lo que está a punto de ocurrir.
Su sonrisa es un filo.
—Sabes, siempre he querido que lo sepas. Mataste a los equivocados ese día, los que mataron a tu madre y hermanas.
Siento que el aire desaparece de mis pulmones.
—¿Qué?
—Maté a tu madre y a tus hermanas. No eran hijas mías, de todas maneras.
Maniático, hijo de puta. Claro que eran suyas. Llevaban su sangre. Las palabras me atraviesan como cuchillas. Ve en mi rostro la incredulidad y el dolor, y sonríe como un verdugo.
—¿No lo sabías? Tu madre me engañaba.
Mentira.
La rabia me ciega. Saco el arma oculta, la que oculté de forma que nadie pudiera detectarla, y disparo. El sonido retumba, pero el cristal es a prueba de balas. Hunter ahoga un sollozo.
Mi padre no parpadea. Solo inclina la cabeza, satisfecho, como si hubiera esperado este momento toda su vida.
—Volvamos a lo que te interesa —dice, su voz un veneno helado—. Tu esposa.
La mira y le da una sonrisa diabólica.
—No la mires, ¡No la mires, joder! Me quieres a mí, no a ella —mi voz sale rota, pero firme—. Déjala ir. Hablemos.
La sonrisa de mi padre se curva lenta, venenosa.
—Ah, ahora sí quieres hablar. Y hasta traes modales.
Siento mi mandíbula tensarse hasta doler.
—¿Qué quieres, Grim ?
Él baja un paso desde la tarima, la luz bañando su rostro traidor.
—Así me gusta —su tono es casi burlón—. Verás… lo que quiero es sencillo para mí. Pero no sé cuánto estás dispuesto a dar… a cambio de tu esposa.
Mi pecho arde, pero mi respuesta es inmediata, casi un rugido contenido.
—Habla de una puta vez.
—Lo quiero todo —dice, cada palabra una bala—. Tu poder. Tu dinero. Todo lo que construiste. Me pertenece. Nunca supiste aprovechar el poder de llevar el apellido Hass y el dinero de tu madre.
—Hecho —escupo, sin pensarlo, sin medir las consecuencias.
Un murmullo recorre el salón, como si incluso los monstruos detrás de las máscaras estuvieran sorprendidos. Grim sonríe más amplio, disfrutando de cada segundo.
—Sin contraofertas —advierte, su voz helada.
—Me importa una mierda todo —respondo, mi respiración temblando—. La quiero a ella.
Por un momento, el silencio en el salón es absoluto. Incluso el zumbido eléctrico de las luces parece desvanecerse. Mis ojos no dejan los suyos, y sé que cualquiera que nos mire puede ver la verdad: no estoy negociando. Estoy al borde del abismo, y saltaré sin dudar.
Hunter tiembla bajo la luz, sus ojos anclados en los míos. La veo mover apenas los labios, un gesto tan pequeño que podría pasar desapercibido, pero lo entiendo: no lo hagas.
Pero ya es demasiado tarde.
Grim ladea la cabeza, evaluando mi desesperación como un científico que observa un experimento.
—Sabía que dirías eso, hijo. Por eso ella está aquí. Para arrancarte hasta el último hilo de control.
Mi dedo acaricia el gatillo bajo la mesa oculta de la cabina, pero mi mente está dividida entre dos pensamientos: encontrar una forma de sacarla… y prepararme para matar al hombre que alguna vez me enseñó a disparar.
Una carcajada suave de Grim resuena en el salón, un sonido que hiela la sangre de todos los presentes. Yo mantengo mi respiración medida, aunque por dentro estoy a segundos de perder el control.
Y entonces, algo se mueve en mi visión periférica.
Una sombra detrás de Grim.
Azrael.
Por un latido, mi mente se niega a procesarlo. No, no puede ser. Mi hermano. El único que me quedaba.
Aparece justo detrás de mi padre, su silueta alta y firme, las manos relajadas a los costados como si estuviera exactamente donde debía estar. La luz le dibuja el perfil, y algo en su mirada —seria, opaca— me destruye más que las palabras de Grim.
En ese instante, todo encaja: las pistas ambiguas, las señales mezcladas, la información filtrada.
El traidor. El fantasma que nos movía como piezas en este tablero.
El aire me abandona como un golpe en el estómago.
Mis manos se aferran al borde del cristal blindado para no desplomarme.
Claus murmura algo ahogado en el comunicador, pero su voz es un murmullo lejano. Noel jura en voz baja.
Grim sonríe, notando cómo mis ojos se ensanchan.
—Veo que ya lo entiendes. Qué hermoso momento, ¿no?
Azrael no dice nada. Su silencio es peor que cualquier traición explícita. Durante un segundo, nuestros ojos se cruzan, y busco en él una señal, un gesto que me diga que hay algo más… una mentira dentro de la mentira. Pero no hay nada.
El mundo, que ya pendía de un hilo, termina de romperse.
Hunter ahoga un sollozo bajo la luz, sus manos temblorosas contra el cristal. Mi corazón grita que dispare, que rompa el vidrio, que la arranque de este infierno. Pero mi mente me susurra una verdad cruel: un movimiento en falso y todo acabará.
No es solo mi padre. No es solo Grim. Es Azrael.
Mi hermano.
El traidor.
—No te molestes con tu hermano —la voz de Grim retumba en el salón, cargada de veneno y falsa simpatía—. Ha hecho un buen trabajo. Incluso esa vez en el aeropuerto… ¿recuerdas? Cuando se llevaron a la chica asiática y a tu esposa.
La referencia me golpea como un latigazo. Un recuerdo que creía enterrado vuelve con violencia: el sonido de los disparos, la desesperación en mi garganta, el vacío donde Hunter debería haber estado.
Grim sonríe, disfrutando del espectáculo.
—Sí… Azrael. Él fue quien me dijo que tenías a alguien especial. Solo él sabía lo que iba a suceder, lo que ibas a hacer.
Siento que el mundo se tiñe de rojo. Mis uñas se clavan en las palmas de mis manos. Un rugido sordo crece en mi pecho, uno que amenaza con devorar todo lo que soy. Si antes veía rojo, ahora estoy dispuesto a arrancar este cristal con mis propios dientes para llegar a él.
Mis ojos buscan a Azrael. Él permanece inmóvil detrás de mi padre, su rostro inexpresivo. Pero ese silencio, esa aparente calma, duele más que cualquier palabra.
Él es el culpable del dolor que sentimos durante casi dos años.
Hunter suelta un pequeño gemido de incredulidad desde su jaula de cristal, sus manos temblorosas presionadas contra la superficie como si eso pudiera alcanzarme.
Claus y Noel guardan silencio absoluto en el comunicador, el tipo de silencio que solo aparece cuando la situación es demasiado peligrosa para palabras.
La sala entera contiene el aliento. Grim sonríe como un rey cruel que acaba de ganar la partida. Y yo, con la sangre latiendo furiosa en mis oídos, sé que un solo segundo en falso podría destruirnos a todos… pero también sé que esta guerra aún no ha terminado.
—¿Por qué? —mi voz se quiebra al dirigirle la pregunta a Azrael.
Él levanta la mirada apenas un segundo, suficiente para mostrar un destello de algo entre rabia y vergüenza.
—No quería ser el hijo bastardo.
El mundo se detiene. Siento que la sangre me late en las sienes, un martilleo violento que ahoga incluso el murmullo del salón. Mi garganta arde. La rabia y el dolor se mezclan hasta que apenas puedo respirar.
—¡Te lo dimos todo! —mi grito sacude las paredes de cristal. Mis manos se crispan en puños, y golpeo el cristal blindado deseando atravesar la barrera que nos separa—. Una familia, poder, seguridad… todo. Te lo dimos todo.
Recuerdos fugaces me golpean: una noche lluviosa, un niño famélico en un callejón, sus ojos grises idénticos a los míos. Mi propia voz prometiéndole que nunca volvería a pasar hambre, que nunca volvería a dormir bajo el frío.
—Confié en ti —mi voz baja de tono, rota, como un aliento ahogado—. Tenías solo catorce años cuando te saqué de la calle. Cuando te encontré.
Mis manos tiemblan, no de miedo, sino de una furia desesperada.