Viper (Código Negro 1) CAPÍTULO 65
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CAPÍTULO 65

VIPER

Berna, Suiza

Berna es algo sagrado para mí. Es demasiado perfecta, demasiado pulcra, como si la ciudad intentara ocultar sus sombras detrás de fachadas antiguas y relojes caros.

Pero esta noche, bajo las luces doradas de un palacio convertido en salón de eventos, incluso la perfección suiza parece tener colmillos.

Hace dos horas y media no he recibido mensaje de Azrael. La regla fue clara, mensaje cada dos horas y está retrasado por tres minutos.

Algo no anda bien.

Entro al edificio por una entrada lateral, siguiendo el flujo de hombres y mujeres vestidos como si estuvieran a punto de cerrar tratos millonarios.

El mármol bajo mis botas brilla tanto que podría reflejar las mentiras de cada invitado.

Las columnas de estilo neoclásico se alzan hasta un techo pintado al fresco, y las lámparas de cristal cuelgan como coronas suspendidas, bañando el lugar en una luz cálida que disfraza la podredumbre que se esconde detrás de cada sonrisa.

Llevo un traje negro impecable y un antifaz que cubre la mitad superior de mi rostro: discreto pero suficiente para mantener la ilusión de anonimato.

El nombre en mi tarjeta no es el mío; esta noche soy Leonard Weiss, un coleccionista suizo de arte raro.

Noel y Claus están aquí también, pero no a mi lado.

La regla es clara: nadie debe saber que vinimos juntos.

Noel, bajo el nombre de Charles Vandenberg-Cho, se mezcla con un grupo de banqueros corruptos, su antifaz de terciopelo azul oscuro resalta contra su traje gris. Claus, usando el alias Johann Adler, ya ha logrado colarse entre dos traficantes rusos, riendo con ellos como si fuera uno más.

El salón principal es amplio y fastuoso: mesas bajas con champán francés, vitrinas mostrando objetos de colección robados de museos, y un cuarteto de cuerdas tocando una melodía que suena demasiado delicada para un lugar lleno de asesinos disfrazados.

Mujeres y hombres con antifaces de encaje y seda pasean por el lugar, sus risas ahogadas por el murmullo de apuestas privadas.

Pero incluso entre las risas y el cristal, el peligro es lo que mantiene este lugar vivo.

Puedo sentirlo en la manera en que algunas miradas se detienen demasiado tiempo sobre mí, en cómo ciertos hombres miden la distancia hacia las salidas, en el leve ajuste de chaquetas que esconden armas.

Este no es un baile. Es una cacería disfrazada de lujo.

La cacería que comenzaré si las cosas se ponen feas, siempre lo hago, todo está listo y programado. Si algo ocurre, el lugar explotará.

Me detengo junto a una vitrina que exhibe una daga ornamentada y finjo interés. En realidad, estoy observando las rutas de escape: dos salidas principales, una escalera lateral, guardias en cada esquina. Mi pulgar roza el comunicador oculto en mi manga, un gesto pequeño para comprobar que funciona.

Una voz femenina, amplificada y suave como seda afilada, rompe el murmullo del salón:

—Damas y caballeros, la subasta privada comenzará en cinco minutos. Les rogamos dirigirse a la sala reservada.

El murmullo se transforma en un zumbido más bajo, como un enjambre de abejas mortales.

Miro a mi alrededor y alcanzo fugazmente la mirada de Noel al otro extremo de la sala; su gesto es apenas un asentimiento.

Claus desaparece detrás de un grupo de invitados, siguiendo a un ruso que probablemente tenga información valiosa.

La subasta, la compra de personas querrás decir.

Me ajusto el antifaz y el nudo de la corbata. El aire parece volverse más denso. Esta noche, Grim ha llenado la sala de oro, máscaras y mentiras. Y en cinco minutos, el juego realmente comenzará.

El salón privado parece un sueño caro torcido por una pesadilla: mármol impecable, arañas de cristal que destellan como cuchillas y paredes blindadas que devuelven nuestro reflejo como un eco distorsionado.

Pero bajo el brillo y el champán, el aire apesta a podredumbre, a secretos demasiado oscuros para tolerar la luz.

Los invitados, envueltos en trajes de diseñador y antifaces de seda, parecen personajes de un cuento elegante…

hasta que sus risas suenan demasiado largas, demasiado huecas.

Cada mirada dura un segundo más de lo necesario, como si todos fueran depredadores calculando distancias.

Nos ubicamos en cabinas de vidrio separadas.

Desde fuera, podrían parecer vitrinas de museo, pero para nosotros son jaulas temporales disfrazadas de lujo.

Noel y Claus fingen indiferencia, inclinados sobre las mesas, pero yo conozco el lenguaje de sus cuerpos: los hombros rígidos, los dedos rozando las armas ocultas. Están tan tensos como yo.

Los micrófonos discretos son nuestra única línea de comunicación, un hilo frágil entre el peligro y el caos.

Cada susurro que compartimos podría salvar o condenar vidas.

Mi respiración suena demasiado fuerte en mis propios oídos mientras observo el escenario vacío.

Las luces bajan un nivel, bañando el salón en un tono ámbar inquietante.

El murmullo de los invitados se apaga poco a poco, reemplazado por un silencio expectante.

Puedo sentir cómo la anticipación de todos en la sala se convierte en una marea opresiva.

Algo importante está a punto de aparecer.

Algo tan grande que incluso los monstruos ocultos tras las máscaras contienen el aliento.

Miro de reojo a Noel; apenas un leve movimiento de su mandíbula indica que él también lo siente. Claus cruza los brazos, disimulando un gesto de nerviosismo. Mis propios músculos se tensan. No importa cuánto me haya preparado para esto: el presentimiento de lo que viene es peor que cualquier bala.

Un susurro frío como acero recorre el sistema de sonido:

—Lote uno… en camino.

Mi corazón late con fuerza. Lo que está a punto de desfilar bajo esas luces doradas no debería pertenecer a este mundo de máscaras y apuestas.

Y, sin embargo, todos los presentes se inclinan hacia adelante, listos para devorar el espectáculo.

El primer lote aparece. No miro mucho. El corazón se me encoge al ver a alguien demasiado joven, demasiado asustada, expuesto como un trofeo.

Noel murmura en mi oído por el comunicador:

—He pujado por ella. La tengo.

Esta niña no debe ser mayor de doce años, y creo que es la hermana de aquella chica que Hunter intentó ayudar.

El aire en mi cabina parece hacerse más pesado. Por un segundo, no reconozco la figura bajo la máscara fina y la luz engañosa… hasta que se vuelve un poco, y el perfil familiar me golpea como un disparo. Mi respiración se detiene.

Willow.

En el comunicador, escucho a Claus y Noel maldecir suavemente, pero el filo en su voz corta el silencio.

—Mierda… —dice Noel—. No puedo pujar por ella.

Mi pulso se acelera.

—¿Por qué? —susurro.

Claus tarda un segundo en responder, como si las palabras fueran piedras.

—Alguien ya lo hizo. Y lo hizo demasiado rápido, como si supiera que era importante para nosotros.

El murmullo en el salón privado se vuelve un zumbido inquietante, como si todos olfatearan el miedo en el aire. En mi nuca siento el cosquilleo frío de una trampa que acaba de cerrarse. Alguien no solo nos está observando… nos está provocando.

Willow. La mejor amiga de mi esposa.

Si ella está aquí.

No, no, no.

Por un instante, mi mente se niega a aceptarlo.

No puede ser. No aquí. No de esta forma.

El brillo de las luces doradas la baña como si formara parte de un espectáculo, pero lo único que veo es el rostro de Hunter cuando habla de ella, las risas compartidas, las confidencias en las noches tranquilas. Si Willow está aquí…

Un escalofrío me recorre la columna. Si ella está aquí, entonces Grim sabe más de lo que imaginamos.

Esto no es casualidad. Es un mensaje directo, diseñado para destrozar a Hunter…

y a mí. Siento el zumbido del salón apagarse en mis oídos, el murmullo de los invitados convirtiéndose en un ruido distante, como si el mundo entero contuviera el aliento.

Mi pulso golpea tan fuerte que puedo oírlo en mi garganta.

Noel no dice nada. Claus tampoco. Pero el silencio en la línea de comunicación dice lo suficiente: todos comprendemos lo que significa.

Mi mandíbula se tensa, tanto que siento que podría quebrar mis propios dientes.

Este no es un mercado. Es un insulto a todo lo que he perdido, a todo lo que juré proteger.

Un murmullo se extiende por el salón, suave al principio, luego más bajo, como un aliento colectivo que presiente una tragedia. La luz parpadea, proyectando sombras largas sobre el mármol, y el silencio se vuelve absoluto, tan denso que puedo escuchar el latido frenético de mi propio corazón.

La tercera figura entra en la luz.

—Y como premio especial, lo mejor por parte de la casa—dice una voz manipulada en los altavoces.

Por un segundo, mi mente se niega a entender lo que mis ojos ven. Es como si el mundo se ralentizara, como si el aire se espesara en mi garganta. Mis manos tiemblan sobre el cristal blindado, y todo el entrenamiento, toda la frialdad, toda la máscara de Viper desaparece en un solo latido.

Hunter.

Mi esposa.

Su silueta es inconfundible y el vestido que usa, el mismo…

de aquella noche cuando la saqué de un lugar como este.

Y ahora, incluso bajo el resplandor cruel.

Sus ojos —esos ojos que han sido mi ancla, mi redención— buscan en la oscuridad, sin saber que yo la estoy mirando.

Siento que el suelo bajo mis pies desaparece.

No hay plan, no hay estrategia, solo un vacío helado que me parte en dos.

Un rugido silencioso se forma en mi pecho.

No puedo respirar. No puedo pensar. Grim no solo me ha tendido una trampa: me ha arrancado el corazón y lo ha exhibido ante todos.

Hunter ve frente a ella, asustada, tratando de encontrarme. Sabe que estoy aquí.

—Siénteme, cariño.