Viper (Código Negro 1) CAPÍTULO 64
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CAPÍTULO 64

Hunter

La casa está demasiado silenciosa para estar llena de hombres armados.

El reloj del pasillo marca cada segundo como un tambor que me recuerda que Max no está.

No necesito que nadie me lo diga; lo sé.

Mi hermano y mi padre solían creer que podían esconder sus movimientos de mí cuando planeaban redadas o negocios.

Creían que, porque me mantenían al margen, yo no vería las señales. Pero siempre las veía.

Max pensó que era diferente. Que su silencio, su sigilo, su mirada fría cuando oculta algo bastarían para engañarme. Pero cometió un error: dejó demasiadas pruebas a la vista. El mapa en su despacho, el vuelo abierto en su portátil, el maletín que no usa para asuntos menores.

Willow hojea una revista en el sofá, las piernas recogidas, intentando aparentar tranquilidad, pero su pie golpea el suelo en un ritmo irregular. Ella también lo siente: el aire en esta casa está cargado.

Azrael pasa por el pasillo, hablando bajo por teléfono. Al principio, no presto atención, pero algo en su tono me pone alerta. Me acerco al marco de la puerta, conteniendo la respiración para escuchar.

—…estoy con ella, no te preocupes —su voz es grave, controlada. — Ja, klar. natürlich (Sí, claro. Por supuesto.) —dice en alemán, lo sé porque he empezado a estudiarlo un poco por las noches.

Un pinchazo me atraviesa el estómago. Por un instante, pienso que habla con Max. Mi corazón se acelera. Pero entonces su expresión cambia, endureciéndose, como si la conversación hubiera girado bruscamente.

—He dicho que estoy con ella. Max está en tu subasta. Me pregunto cómo saldrá eso. Espero que tengas todo bajo control mientras yo me encargo de ella.

Mi cuerpo se enfría. Tu subasta. Esa palabra me golpea como un puñetazo.

—Está bien, Grim —añade.

El mundo se detiene. Grim. Azrael acaba de decir Grim.

He escuchado estos últimos días a Max y sus hombres mencionar ese apodo y no es algo bueno que Azrael lo diga y más de esa manera irónica.

Retrocedo un paso, pero el crujido del piso traiciona mi presencia.

Azrael gira un poco la cabeza, pero finge no oír.

Se cuelga el teléfono y en ese momento entra al salón.

Sus ojos son los mismos, pero ahora sé que hay algo más detrás de ellos.

—Hunter —dice Willow, captando mi mirada en busca de respuestas—, ¿Qué pasa?

Mi mente grita que tenemos que irnos, pero mi voz suena calmada, demasiado calmada.

—Tenemos que salir de aquí. Ahora.

Willow parpadea, confundida. Pero es Azrael que pregunta:

—¿Adónde creen que van?

—Donde mi hermano —improviso—. Es tarde, pero… ellos no duermen por el bebé. Estamos aburridas, ¿recuerdas?

Azrael frunce el ceño al vernos dirigirnos a la puerta.

—No creo que sea una buena idea que salgan.

—¿Por qué? —respondo, manteniendo mi voz firme, un desafío.

—Max dijo que te quedarás aquí, las dos.

—Por si no lo sabes —contesto, sintiendo la rabia arder en mi garganta—, no soy buena siguiendo las reglas de mi marido.

Tomo las llaves del coche antes de que pueda detenerme. Willow me sigue, insegura. Azrael se adelanta, pero como esposa de Viper, cuando grito que me dejen pasar los guardias que custodian la puerta, dudan. Y esa duda es suficiente.

—Déjenme pasar, por favor —ordeno.

Ellos obedecen. Azrael maldice por lo bajo mientras corro hacia el coche. En el espejo retrovisor, lo veo subir a su vehículo.

Hijo de puta.

Las luces de la ciudad pasan como destellos fugaces mientras Willow y yo avanzamos por las calles mojadas. Mis manos están firmes en el volante, pero por dentro, cada latido parece un tambor de guerra. Willow me lanza una mirada de reojo, su voz apenas un susurro.

—Hunter… ¿qué mierda está pasando?

No puedo mentirle, no después de lo que acabo de oír.

—Azrael está hablando con alguien, creo que es alguien malo. Max está en una puta subasta. Y nosotros… estamos solas.

—Una subasta como la que—comienza a decir.

—Sí, como una de la que me sacó, el muy maldito me lo ocultó y ahora, mierda, tengo miedo.

El sonido de un motor detrás de nosotras corta el aire.

Miro por el retrovisor: los faros del coche de Azrael se acercan demasiado rápido.

Mi estómago se hunde. Un golpe seco sacude el coche.

El chirrido de las llantas sobre el asfalto mojado me obliga a maniobrar para no perder el control.

Willow grita, aferrándose al tablero. El segundo golpe es más fuerte: Azrael nos ha embestido.

Mi teléfono vibra en el asiento del copiloto. Lo agarro, temblando, y contesto. La voz de Azrael llena el coche, fría y cargada de algo que no reconozco.

—No creo que debas seguir con esto, cuñada . Es por tu bien.

—Vete a la mierda, Azrael. Te escuché. Estabas hablando con Grim.

Silencio. Un silencio que duele más que cualquier palabra. Luego su voz vuelve, pero ahora es distinta, sin disfraz.

—Bueno… entonces esto será más fácil para mí.

Un par de faros aparecen al frente: otro coche se cruza en nuestro camino. Freno de golpe. El chirrido metálico rasga el aire. Willow jadea, mirando alrededor.

—Hunter —la voz de Azrael vuelve, más baja, casi un aviso—. Ni siquiera lo intentes, no tienes ni puta idea de lo que acaba de comenzar.

Los hombres del otro coche descienden, armados. Se mueven rápido, disciplinados. Azrael sale de su vehículo, su figura recortada contra la lluvia. Para mi sorpresa, ellos lo saludan, inclinando la cabeza en señal de respeto. Mi mundo se tambalea.

—Azrael… —susurra Willow, incrédula.

Él gira hacia los hombres, su voz cortante:

—Vayan por ellas.

El aire se congela en mis pulmones. Los hombres se giran hacia nosotras.

Entonces, dos disparos rompen la noche. Los hombres caen al pavimento, sus cuerpos inmóviles bajo la lluvia.

Azrael baja el arma con una rapidez brutal, sus ojos oscuros brillando con algo que no sé si es furia o desesperación. ¿Él les disparó?

¿Qué mierdas está pasando?

Un tercer coche aparece al final de la calle, sus faros iluminando la escena. Azrael gira hacia nosotras, su voz es un rugido bajo, urgente y veo algo en sus ojos, miedo:

—¡Corran!

Willow y yo corremos, salpicando agua y miedo. Pero el rugido de un motor a nuestra espalda me dice lo que mi instinto ya grita: es tarde. Otro coche, un tercero, aparece bloqueando nuestra ruta de escape. Las puertas se abren. Siluetas armadas emergen, y la noche de Londres se parte en pedazos.