Viper (Código Negro 1) CAPÍTULO 63
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CAPÍTULO 63

Maximilian

El reloj del despacho marca las dos de la madrugada, pero el sueño es un lujo que no puedo permitirme. Sobre la mesa se extienden mapas de Suiza, planos de edificios y fotografías satelitales. Cada trazo en rojo es una ruta de escape, cada marca en negro es una posible emboscada.

Conozco mi ciudad y conozco de lo que son capaz mis enemigos.

Claus está de pie, revisando un dossier con la precisión de un cirujano.

Noel, apoyado en el borde de la mesa, desplaza imágenes en la pantalla de su portátil, cada una revelando rostros de posibles asistentes: traficantes de armas, políticos corruptos, cárteles disfrazados de benefactores.

Azrael permanece en la esquina más oscura de la sala, sus brazos cruzados, la mirada fija en el plano como si quisiera memorizar cada línea.

—Lo que suceda en Berna es algo sospechoso —dice Claus, su voz baja pero firme—. Es todo tan jodido y extraño. Grim usará esto para enviar un mensaje.

—Ya lo hizo —respondo, recordando la cobra de bronce en mi puerta—. Ahora quiere verme moverme para medir mi siguiente paso. En mi propio hogar.

Noel desliza otra imagen en la pantalla: un edificio elegante, rodeado de montañas y nieve.

—El evento será privado. Habrá civiles victimizadas, prensa infiltrada y demasiados ojos. Necesitamos identidades limpias. Claus y yo iremos como compradores. Azrael, como seguridad.

—Azrael se queda. —hablo.

El aire en la sala se detiene. Los tres giran para mirarme.

—¿Disculpa? —dice mi hermano, su tono cargado de incredulidad.

Camino hacia él, mis pasos firmes sobre el suelo de madera. Sostengo su mirada sin pestañear.

—Te quedarás con Hunter… y con Willow.

Veo el parpadeo fugaz en sus ojos, esa chispa que confirma que he notado más de lo que él ha querido mostrar. Me acerco un poco más, mi voz ahora es baja, pero tan cortante como una hoja de acero:

—No sé qué pasa entre ustedes dos, pero Willow es la amiga de mi mujer. Y eso la convierte en parte de la familia. Te quedarás para protegerlas. No confío en nadie más para hacerlo.

Por un momento, el silencio es tan espeso que puedo oír el tic-tac del reloj. Azrael tensa la mandíbula, pero finalmente asiente, aceptando la carga sin protestar. Noel y Claus intercambian miradas rápidas, pero ninguno dice nada: saben que mi palabra es ley cuando se trata de Hunter.

La decisión está tomada. El Grim puede mover sus piezas en Suiza… pero aquí, en Londres, las mías estarán listas.

—Y yo —interrumpo— seré el cebo. Grim no confiará en que no aparezca.

Claus levanta la mirada, su expresión endurecida.

—Vas a poner tu cabeza en una bandeja.

—Prefiero elegir la bandeja —replico.

Azrael rompe su silencio, su tono grave:

—¿Y Hunter?

Por un momento, la habitación se enfría. Mis manos se tensan sobre el mapa.

—Ella no lo sabrá —digo, mi voz baja pero definitiva—. No la pondré en medio de esto.

—Max… —Noel comienza, pero lo corto con una mirada.

—Ya puse demasiado en juego. Si Grim cree que puede usarla para hacerme sangrar, se equivoca.

Claus guarda el dossier en un maletín, su expresión todavía escéptica.

—Entonces tenemos doce horas para preparar todo. Vuelos privados, documentos falsos, armas que pasen desapercibidas. Si hay un traidor, irá a Suiza con nosotros. Y no pienso volver a Londres sin una respuesta.

Los observo salir uno por uno, el peso de la decisión hundiéndose en mi pecho. Apago la luz del despacho y quedo a oscuras, con la única certeza de que Grim me está esperando… y que, al mantener a Hunter en la oscuridad, tal vez acabo de dar el primer paso hacia la traición que temo.