CAPÍTULO 62
Hunter
La lluvia golpea las ventanas como si quisiera colarse en la casa.
Desde la sala, el sonido es hipnótico, pero esta noche no me calma.
Algo está distinto. Algo en Max. Desde la reunión con los chicos, lo noto…
más frío. No frío como cuando se pone en “modo Viper”, esa máscara impenetrable que usa para negociar o amenazar.
Es un frío distinto, uno que deja huecos en el aire entre nosotros.
Está en su despacho, revisando la localidad de un edificio.
Puedo ver la línea de su mandíbula tensarse cada vez que su teléfono vibra.
No contesta delante de mí; espera a que salga del cuarto o a que haga ruido en la cocina para tomar la llamada.
Y cuando regreso, está otra vez con esa mirada distante, como si estuviera en otro lugar.
Me acerco despacio, descalza, el suelo de madera apenas cruje bajo mis pies. Lo encuentro mirando un mapa desplegado, con rutas trazadas en rojo. Cuando me ve en el umbral, cierra el mapa demasiado rápido.
—¿Trabajando tan tarde? —pregunto, forzando una sonrisa ligera.
—Solo revisando cosas antiguas —responde, su tono demasiado casual.
Camino hasta su lado y apoyo la mano en su hombro. Está rígido bajo mi tacto. Su teléfono vibra otra vez en el escritorio; un mensaje ilumina la pantalla por una fracción de segundo:
Mi corazón se salta un latido.
Max lo bloquea con la mano antes de que pueda leer más. Me mira, sus ojos grises intentando parecer tranquilos.
—Hunter… no trabajes demasiado tu imaginación.
Su intento de humor suena forzado. Yo asiento, pero mi mente está encendiendo todas las alarmas. Camino hacia la cocina, pero en el pasillo, detengo mis pasos. Escucho su voz baja, casi un susurro letal, hablando por teléfono:
—…sí, mañana al amanecer. Nadie fuera del círculo. No te preocupes por ella.
Un nudo se me forma en el estómago. La casa, tan grande y custodiada, de pronto parece demasiado vacía.
Subo a nuestra habitación, intentando que el sonido de mis pasos no lo delate.
Me siento al borde de la cama, con las manos temblando.
Miro la corbata que usó la noche anterior, colgada en la silla.
El mismo Max que me ata a la realidad cuando todo se desmorona, ahora ata secretos a su espalda.
Y lo peor es que siento, con un peso que casi me ahoga, que esos secretos tienen mi nombre grabado en ellos.
Cierro los ojos y respiro hondo. Si Max cree que puede alejarme para protegerme, no me conoce tan bien como cree. Sé que alguien quiere cazarme y lo averiguaré, y lo último que haré será quedarme quieta mientras el hombre al que amo camina solo hacia una trampa.