Viper (Código Negro 1) CAPÍTULO 60
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CAPÍTULO 60

Hunter

La noche en Londres es húmeda y pesada, y las luces de la ciudad parecen demasiado lejanas desde la ventana de mi habitación.

Estoy sentada en el alféizar, con las piernas recogidas, fingiendo que reviso el móvil mientras mi mente sigue atrapada en las palabras que escuché.

La conversación entre Max y Azrael sigue sonando como un eco en mi cabeza: vas a destruirlo todo por ella… perder hombres… perder a tu hermano.

La puerta se abre con un suave chirrido. Max entra sin hacer ruido, pero su sola presencia llena el espacio. Sus pasos se detienen a pocos metros, como si supiera que algo está mal.

—Estás distante —dice al fin, su voz grave y tranquila, pero con un filo de preocupación.

—Solo… estoy cansada —miento, sin mirarlo.

Él no se lo cree. Puedo sentirlo en la forma en que su silencio se alarga. Cruza la habitación y se detiene detrás de mí. El calor de su cuerpo me envuelve antes incluso de que me toque.

—No eres buena mintiendo, Königin —susurra.

Me muerdo el labio inferior. Sé que debería mirarlo, pero no quiero que lea en mis ojos la culpa que me pesa. Finalmente me giro, y lo veo: su ceño fruncido, sus ojos oscuros buscándome como si quisiera arrancar la verdad de mi piel.

—Escuchaste algo que no debías —afirma, no pregunta.

No respondo, pero el temblor en mis manos lo delata. Max se agacha un poco para ponerse a mi altura, su rostro endurecido por el peso de lo que calla.

—Azrael y yo… —comienza, pero luego suspira, como si las palabras fueran inútiles—. Esto no es tu culpa, Hunter. Tú no eres la grieta.

—Pero lo soy —respondo, la voz quebrada—. Escuché lo que dijo. Él cree que vas a destruirlo todo por mí. Y parte de mí… teme que tenga razón. Te he vuelto…blando de alguna manera.

—Puedo enseñarte los cuerpos de los hombres que maté en la última redada, y verás lo blando que me he vuelto—dice fríamente y le creo, me callo, porque le creo.

Max cierra los ojos por un segundo, luego coloca sus manos a cada lado de mi rostro, su tacto firme pero delicado.

—Azrael solo tiene miedo… puedo ser blando contigo y todo lo que quieras, Hunter, pero allá afuera no me reconocerías.

Lo he visto matar. Pero sé que su trabajo es más que eso, sé que también tortura y peor que mi hermano.

Su frente se apoya en la mía, y por un momento, el mundo se reduce a su respiración y al latido de su corazón bajo mi palma.

Pero hay una intensidad en sus ojos cuando los vuelve a abrir: un hambre y una necesidad que casi duele.

Me besa. Primero lento, como si buscara permiso, y luego más profundo, más desesperado.

Su boca es fuego y ancla, un recordatorio brutal de por qué lo elegí incluso cuando todo esto podría matarnos.

Sus manos recorren mi espalda, aferrándose como si el contacto pudiera mantener lejos a Grim, al miedo, a la traición.

Cuando el beso termina, todavía estamos respirando el mismo aire, temblando por igual.

—No me apartes, Hunter —murmura contra mis labios—. Si el mundo se rompe, lo enfrentaremos juntos.

Desde que vi esa cobra de bronce, creo que tal vez todavía podemos sobrevivir a las sombras que nos rodean.

El aire entre nosotros se vuelve espeso, y la tensión no es solo miedo, es deseo contenido y demasiado tiempo reprimido.

Max me acerca con un movimiento decidido, sus manos fuertes rodeando mi cintura, y en ese gesto hay tanto control como vulnerabilidad.

Su mirada es fuego, pero detrás hay preocupación.

Max se quita lentamente la corbata, el sonido de la tela deslizándose rompe el silencio entre nosotros. La sostiene entre sus manos como si fuera un secreto compartido. Sus ojos buscan los míos, oscuros, intensos, pero también preguntando sin palabras si confío en él.

Se acerca, rodea mis muñecas suavemente y ata la tela con un nudo flojo, lo bastante firme para que lo sienta, pero fácil de deshacer. No hay violencia en su gesto, solo un mensaje silencioso: déjame cuidarte, déjame llevar el peso un momento.

—Solo confía en mí, Königin —murmura, su voz grave, rozando mi oído.

Mi respiración se acelera, no por miedo, sino por la intensidad de su mirada. El roce de la seda contra mi piel no es una amenaza, sino una promesa entre dos personas que han sobrevivido a demasiado.

Cuando creo que quiere jugar, mi vestido sale disparado de mi cuerpo hecho pedazos, sus manos rasgan la tela y cada movimiento no hace nada más que mandar señales a mi coño para que se contraiga y se moje más para él.

No es blando.

—Tan perfecta—gruñe, toma mi mano, la que tiene el guante y me lo quita, besando mis dedos, incluso la ausencia del meñique, solo es carne arrugada y pálida, pero para él, solo soy yo.

Perfecta para él.

Se quita la ropa, lentamente, haciéndome torturar, viendo cada parte de su cuerpo, sus músculos tensos, su tatuaje haciéndome burla de nuevo, hasta que veo cómo se agarra la polla, recogiendo la humedad de la punta y pasándola por toda ella.

A mí se me hace agua la boca como siempre.

Lo observo cuando camino hasta la cama y se acuesta, sin dejar de tocar su gran y gruesa polla.

—Siéntate en tu rey—me ordena.

Con mis manos atadas camino hasta la cama, cuando voy a trepar su polla me detiene. Me toma de las caderas y me sienta…en su cara.

—Aquí, te quiero aquí.

Ataca sin frenesí mi coño, sosteniéndome de la cintura por falta de apoyo en mis manos atadas a su corbata, mis gemidos pueden escucharse de aquí hasta la casa de Willow y no me importaría menos.

Susurra palabras en aleman que no entiendo contra mí, su voz se arrastra sobre mi piel como una orden. Su respiración es fuego, su ritmo, castigo y redención a la vez. Cada movimiento suyo me desarma un poco más, hasta que no sé si tiemblo por placer o por rendición.

El aire se vuelve espeso entre los dos; todo su cuerpo vibra contra el mío.

Intento aferrarme a algo, a la cordura, al control, pero él no me lo permite.

Lo hace suyo, lo arranca, y cuando mi cuerpo finalmente cede, es como si el mundo se detuviera solo para escuchar mi respiración quebrarse en su nombre.

—Eso es, cariño —murmura en mi sexo, metiendo un dedo, luego dos, sin dejar de chupar, hasta que no puedo más y me corro en su cara.

—¡Max! ¡Mierda, joder! —muevo mis caderas, acariciando mi orgasmo que no desaparece. Mis piernas tiemblan y sin previo aviso, me tumba boca abajo, levantando mi culo y entrando en mí tan fuerte, que creo que la cama se ha movido con fuerza y ha roto la pared.

—No soy blando, Hunter—mensaje recibido. Lo puedo sentir, no es. Nada blando, creo que no me había follado así, con esta necesidad de dejar algo claro y esto es todo lo que ambos necesitamos en estos momentos.

—¡Max! —su nombre se escapa de mis labios como un gemido entrecortado, un suspiro que mezcla sorpresa y deseo. El latido en mi pecho es un tambor salvaje, y la electricidad en mi piel parece incendiarme desde dentro. Mis piernas ceden bajo la intensidad del momento, temblando sin control.

La forma en que me reclama es intensa, un mensaje grabado en el aire con la firmeza de cada gesto. Su voz, grave y cargada de desafío, me envuelve:

—Nunca vuelvas a llamarme blando, Hunter. —vuelve a decir.

La forma en que lo dice, esa mezcla de amenaza y promesa, recorre mi columna como un escalofrío. Siento el peso de su declaración: no hay nada blando en él, nada que no sea fuerza y devoción cruda. Toma mi humedad y la lleva hasta mi agujero apretado, me tenso. Joder, es grande no cabrá ahí.

Entre cada embestida puedo sentir el peso de su castigo recordándome el error que he cometido al llamarlo blando, pero mientras estoy sumida en placer, siento como su miembro sale y empapa con mis fluidos aquella estrecha entrada, puedo sentir la punta mojando mi culo.

Me tenso, joder, es tan grande que no se si cabrá ahí.

—Sí encajará—dice. ¿Acaso he dicho eso en voz alta? —Lo harás encajar, Königin, solo tienes que relajarte.

—Oh, Dios—siento la presión en mi culo, al mismo tiempo en que lleva sus dedos a mi clítoris y hace crecer el placer, mis músculos se relajan y lo siento más dentro, más placer, más… nada blando .

Mientras sus dedos masajean mi clítoris y hace crecer el placer, mis músculos se relajan, pero puedo sentir como se va introduciendo en mi culo. Lo siento estrecho, apretado, entrando centímetro a centímetro y puedo dar fe que no tiene nada de blando, definitivamente mi esposo no es blando

—Joder—gruñe—incluso tu culo sabe que me pertenece. Y solo he metido la mitad. No es suficiente, tengo que demostrarle a mi hermosa esposa que no soy blando, no cuando se trata de su placer.

Y justo cuando la calma y la tensión entre nosotros empiezan a entrelazarse, el sonido agudo del teléfono rompe la burbuja, devolviéndonos a la realidad peligrosa que nunca está demasiado lejos.

Mientras siento en lo profundo cada una de las embestidas de mi esposo, puedo notar que ligeramente se mueve para tomar el teléfono pero no sale de mi interior, cosa que me hace estremecer bajo su peso.

—Mierda. Es una llamada importante, no hagas ruido —dice Max, su voz fría como acero, el tipo de tono que no deja espacio para preguntas. Por un segundo pienso que va a buscar algo para silenciarme… y lo hace, pero no como esperaba.

Saca su cinturón, la hebilla tintinea en el aire. Me lo coloca entre los dientes.

—Muerde esto y haz silencio— Una vez que el cinturón se encuentra encajado en mi boca, la correa tira apenas hacia atrás, lo desliza suavemente por mi boca, no como castigo sino como advertencia silenciosa.

La correa tira apenas hacia atrás, un gesto mínimo pero suficiente para recordarme que él controla cada movimiento, incluso en medio del peligro.

El jalón que brinda en el cuero, me hace estremecer y llevar mi cabeza hacia atrás según su dominio, a lo cual, me hace sentir más su intensidad cuando su polla sale y vuelve a entrar.

Y su polla sale y vuelve a entrar. No sé si es porque debo mantenerme en silencio, su orden o el cinturón, pero lo recibo con locura y me muevo de adelante hacia atrás.

Su polla palpita dentro y mueve el cinturón más en señal de que me quede quieta, que él tiene el control.

La vibración de su teléfono ahora la siento sobre mi espalda baja y deja el aparato ahí sobre mi culo.

Max contesta con esa voz helada que pertenece al jefe de la mafia, no al hombre que me besaba segundos antes.

—Viper —responde, su tono tan frío que podría partir el aire. Tirando de su cinturón mi cabeza hacia atrás, sus dedos en mi clítoris mientras me llena el culo con su polla.

Ese es mi marido nada blando.

—Estaré ahí en una hora—dice, y sin previo aviso, lo siento de lleno. Mete un dedo en mi coño y me relajo más, acaricia mi clítoris y grito moviéndome. Su teléfono cae hacia un lado con la llamada cortada ahora.

—Eso es—dice, tirando de mí, entrando y saliendo de mi culo— eres una buena chica, lo sabías. Perfecta y hermosa y ¿Sabes que es lo mejor?

Entra.

Sale.

Entra.

Sale.

Tira y acaricia.

—Que eres mía, joder. Meine y si vuelves a pensar que eres una grieta en mi mundo, tu culo sufrirá las consecuencias.

A pesar del clímax, la excitación y el placer. El mensaje es más que recibido. Mi culo y yo estamos de acuerdo.