Viper (Código Negro 1) CAPÍTULO 51
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CAPÍTULO 51

Hunter

Una última mañana en las vegas y regresaremos a casa.

El sol de Las Vegas cae oblicuo sobre la arena dorada de Mandalay Bay Beach, y por un momento casi olvido que estamos en medio del desierto.

La brisa artificial del ventilador gigante agita mi cabello mientras el rugido suave de la piscina de olas suena a lo lejos.

Estoy sentada en una tumbona, el agua aun resbalando por mi piel después de nadar, y la sensación de libertad me arranca una sonrisa.

Siento su mirada antes de verlo. Max está a pocos metros, de pie con el agua rozando sus pantorrillas, sus tatuajes oscuros brillando bajo el sol.

Tiene los brazos cruzados y el ceño fruncido de esa manera que anuncia problemas.

Cuando camino hacia él, sus ojos descienden hasta mi traje de baño, y su mandíbula se tensa.

—Llevo tu apellido —le recuerdo, juguetona, cuando alcanzo su lado. Y lo toco. En la polla para ser más directa y no se lo espera.

—Y ellos dejarán de llevar sus cabezas sobre sus cuellos si siguen viéndote así —responde, su voz grave como un trueno contenido.

Suelto una carcajada breve, la sal y el calor mezclándose con el sabor a peligro que es tan suyo.

—Me gusta. Sabes lo que se siente, entonces.

—¿De qué hablas? —pregunta, con una ceja alzada.

—Las mujeres no dejan de verte. Incluso ahora que me estás tocando, no dejan de babear por ti. En cuanto a esos hombres, dejaron de verme desde que me vieron tocándote la polla.

Sus ojos se suavizan un instante, pero su voz sigue sonando peligrosa.

—Ellas no me importan.

—A mí sí —replico, más seria esta vez—. Porque eres mi marido. Y quiero arrancarles los ojos por verte así.

Una sombra de picardía se dibuja en su boca. Su cuerpo se inclina apenas hacia mí, y siento la tensión crecer entre nosotros como electricidad.

—Vaya… mi esposa, además de ser sexy, es una asesina con una boca muy sucia.

—No me provoques, Maximilian Hass.

—Te provocaré lo que quiera, Hunter Hass. Todo para encender tu cuerpo… y para que te entregues completamente a mí.

—Pensé que ya lo estaba —digo, mirándolo a los ojos, desafiándolo.

Sus labios curvan una sonrisa lenta, peligrosa.

—Todavía hay muchas cosas que quisiera hacerte.

—Hazlas… te reto.

Max no responde con palabras. En cambio, me agarra de las rodillas en un solo movimiento, arrancándome un grito ahogado mientras me levanta.

La gente alrededor apenas tiene tiempo de apartar la mirada cuando él me lleva hacia el hotel.

El rugido de la piscina de olas se queda atrás, reemplazado por el eco de nuestros pasos en el pasillo alfombrado.

En su suite, la puerta se cierra con un golpe suave. Max me apoya contra la pared, sus ojos oscuros ardiendo con esa mezcla de deseo y peligro que solo él posee.

—Ahora eres mía, Königin —susurra contra mi oído, su voz un filo entre amenaza y promesa.

El mundo exterior desaparece. Solo existe un nosotros, la arena todavía pegada a mi piel y el hombre que sostiene mi mundo con sus manos.