Viper (Código Negro 1) CAPÍTULO 50
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CAPÍTULO 50

Maximilian

La noche es demasiado silenciosa. Es en el silencio cuando los recuerdos atacan con más fuerza, cuando los fantasmas encuentran grietas en mi mente para colarse. Intento concentrarme en la respiración de Hunter a mi lado, pero no sirve de nada. El pasado no necesita invitación.

Cierro los ojos… y estoy de nuevo allí.

El suelo frío bajo mis pies descalzos. Las luces de la casa parpadeando, como si incluso ellas tuvieran miedo.

Recuerdo los gritos: la voz de mi madre, quebrada y desesperada, las súplicas ahogadas.

Recuerdo a mis hermanas aferrándose a mis brazos diminutos, sus pequeños cuerpos temblando mientras hombres que olían a pólvora y sangre irrumpían en nuestro mundo.

Intenté aferrarme a ellas. Intenté pelear. Mis manos de niño no sirvieron para nada. Ellos las arrancaron de mí. El último vistazo que tuve fueron sus rostros, ojos abiertos por el miedo, desapareciendo entre las sombras.

Los días siguientes fueron un vacío. Silencio.

Después vino el golpe final: la pecera sobre la mesa.

Cristal transparente. Agua turbia. Fragmentos que una vez fueron mi familia.

No hubo palabras, solo ese espectáculo cruel para asegurarse de que yo entendiera el mensaje: nadie en este mundo está a salvo.

Abro los ojos bruscamente, jadeando. La habitación vuelve a enfocarse, pero el dolor en mi pecho es tan agudo como aquella primera vez. Hunter duerme a mi lado, ajena al infierno que se repite en mi cabeza. Me siento al borde de la cama, enterrando la cara entre mis manos.

—No me quebrarán —susurro, aunque no sé si es una promesa o una súplica.

La sombra de mi madre y las risas ahogadas de mis hermanas siguen ahí, flotando en el silencio. Y sé que parte de lo que soy —el hombre que todos temen, el que aprendió a sobrevivir en un mundo sin piedad— nació aquella noche, frente a aquella pecera.

No puedo volver a dormir. Siento el zumbido familiar en mi pecho, ese aviso silencioso de que las pesadillas están al acecho.

Prefiero mantenerme ocupado antes que volver a ese infierno, así que me pongo a trabajar.

Me voy al pequeño estudio de la suite y enciendo el portátil, la pantalla ilumina mi rostro cansado, y abro la videoconferencia.

Claus aparece primero, con su expresión de buen hombre ahora con sus lentes de montura negra, el impecable de siempre. Noel se une unos segundos después, su voz tranquila contrastando con la tensión que percibo en el aire.

—Felicidades —dice Claus con una media sonrisa—. Supongo que estás disfrutando tus últimos días de vida, porque cuando regreses a Londres, Theron te querrá matar.

—Así que ya lo saben. —respondo, frotándome la nuca.

—Amigo —interviene Noel, con una risa seca—. Es Theron Sterling. Él todo lo sabe y nosotros también.

—Sí, bueno… nunca le he tenido miedo —replico, dejando que mi voz suene más firme de lo que me siento—. Lo enfrentaré cuando llegue. Puede darme toda la mierda que quiera, pero no dejaré que se desquite con mi esposa.

Claus resopla, incrédulo.

—Joder, no puedo creer que se hayan casado.

—Esta reunión no es para que me feliciten por mi matrimonio —les corto, endureciendo el tono—. Es para avisarles de lo que ocurre aquí.

—Íbamos a reunirnos contigo —dice Noel—, pero alguien les avisó y nuestro informante anónimo nos habló de otro movimiento.

—No me digas… Londres.

Fue un informante anónimo quien dejó las pistas de que viniera a las vegas, parece que alguien intentando llamar mi atención, y bueno, cuando se trata de mi ahora esposa, no hay nada que me importe más, tienen mi jodida atención.

Si esto se trata por mi o mi esposa, no me quedaré de brazos cruzados.

—Casi. Es la costa de Brighton de nuevo. No quiero arruinar tu luna de miel —contesta Claus—. Podemos hacerlo nosotros si quieres.

—Hablaré con Hunter. Voy a necesitar una casa, autos y seguridad.

No llevaré a mi esposa a vivir conmigo en el club, aunque le guste el lugar y lo que le hago ahí, mi reina se merece un jodido palacio.

—Nos encargaremos de eso —responde Noel, y cuelgan.

Cierro el portátil y, al alzar la mirada, la encuentro en el marco de la puerta. Su silueta recortada por la luz tenue me golpea más fuerte que cualquier amenaza.

—¿Trabajo? —pregunta, su voz baja pero comprensiva.

—Odio hacer esto, Königin —admito, levantándome.

—Está bien, ya habrá tiempo para luna de miel —responde, con una pequeña sonrisa cansada.

Me acerco, la tomo de la cintura y la beso, saboreando la calma momentánea que ella siempre logra darme.

—Tendré que enfrentar a tu hermano también —susurro contra sus labios—. Y que sepas que te haré una boda como te mereces. Tu hermano a tu lado y Josephine. Sé que la quieres ahí.

—No soy una chica que quiera un cuento de princesa.

—Eres mi reina —respondo con firmeza—. Le daré a mi reina lo que pida.

—¿Qué te hace feliz a ti, Max?

Sencillo.

—Tú.

Ella asiente, sus ojos brillando en la penumbra.

—Entonces estamos bien. Regresemos a casa. Pondré mi renuncia en el St. Pearl.

—Lo que pasó no fue tu culpa, ni de esa chica —digo, buscando su mirada.

—Lo sé… pero quiero hacer más. Y no creo que pueda hacerlo ahí.

—Lo averiguaremos juntos.

—Sí. Te amo. —me abraza y me besa.

—También te amo.

La abrazo más fuerte, consciente de que el mundo fuera de estas paredes sigue siendo peligroso.