CAPÍTULO 49
Maximilian
La habitación está en silencio, excepto por el zumbido bajo del viento de las Vegas colándose por la ventana entreabierta. El calor de Hunter junto a mí debería ser suficiente para mantener a raya los fantasmas, pero esta noche no hay nada que los detenga.
La oscuridad me traga, y de pronto ya no estoy en nuestra cama, sino en un callejón húmedo, con sangre en mis manos y la sensación helada del acero bajo mis dedos. Las voces de mi pasado regresan, los gritos, las traiciones. Todo arde en mi cabeza, tan real que puedo oler el humo y la pólvora.
Algo se mueve a mi lado. Instinto. Puro instinto.
Antes de que mi mente despierte, mi cuerpo ya se ha girado. Mis dedos encuentran un cuello delicado, cálido, vivo. Aprieto. La adrenalina corre por mis venas y mi otra mano busca la pistola bajo la almohada.
El metal frío roza su sien.
—No te muevas —gruño, la voz rota y áspera. Mis ojos ven sombras, enemigos.
Un jadeo, apenas un sonido, y ese ruido se cuela entre las grietas de mi pesadilla. Tarda un segundo eterno en atravesarme, en arrancarme del recuerdo y traerme de vuelta.
Su rostro emerge de las sombras. Su piel. Sus ojos, llenos de sorpresa y miedo… y de confianza.
—Max… soy yo —susurra, tan suave que apenas rompe el aire.
Mi esposa.
El mundo se derrumba. Su nombre en mi boca es apenas un suspiro quebrado. La pistola cae de mi mano. La agarro por los hombros, demasiado fuerte, buscando confirmar que está bien, que no le he hecho daño.
El arma, mi arma en la sien de mi esposa.
—Hunter… Dios… —mi voz tiembla. La suelto y me alejo medio paso, pero no puedo dejar de temblar—. No era a ti… yo… pensé… lo siento, lo siento.
Ella coloca su mano en mi mejilla, a pesar del miedo que aún brilla en sus ojos.
—Es una pesadilla, Max. Solo una pesadilla.
Pero para mí, las pesadillas siempre han sido demasiado reales. Esto no tiene perdón de Dios, ni del propio diablo. Estaba a punto de matar a mi esposa y ni siquiera lo ha sido por veinticuatro horas que tomó mi apellido.
El sonido de la pistola al golpear el suelo retumba en mi cabeza como un disparo real. Mis manos, las mismas que han matado y protegido, todavía tiemblan. Miro a Hunter: sus ojos están vidriosos, grandes, y el brillo de las lágrimas amenaza con romperme más que cualquier bala.
El aire no entra. No puedo respirar. Un zumbido agudo llena mis oídos, y mi corazón golpea tan fuerte que siento que me va a romper el pecho.
—No… no… —murmuro, retrocediendo un paso, como si poner distancia pudiera borrar lo que casi pasó—. Dios, Hunter… pude… pude haberte…
Las palabras mueren en mi garganta. La visión de sus ojos aterrados se clava en mi mente como un cuchillo.
Mis rodillas ceden y caigo al suelo, los codos apoyados en mis muslos mientras entierro el rostro en mis manos.
La habitación da vueltas, el pasado y el presente se mezclan, y todo lo que oigo son ecos de gritos y disparos.
Hunter gimotea, un sonido suave pero devastador. A través de mis dedos, veo cómo se acerca, todavía temblando, todavía con lágrimas en las mejillas. Su voz tiembla cuando rompe el silencio.
—Max… mírame… —sus palabras están llenas de miedo y amor al mismo tiempo—. Estoy bien.
—No lo estás —respondo, mi voz quebrada, apenas un susurro—. Te puse un arma en la cabeza. No te acerques, por favor.
Ella se arrodilla frente a mí, y aunque su cuerpo todavía tiembla, sus manos buscan las mías. Me obliga a bajar las manos de mi rostro hasta que sus dedos entrelazan los míos.
—Fue una pesadilla. No eres ese hombre conmigo.
La desesperación me arranca un suspiro que suena más a un gemido ahogado. Aun así, cuando sus manos acarician mi nuca, siento que me aferro a la única cosa que me mantiene humano.
—¡No me toques, joder! —le grito, se sacude por la violencia en mi voz, pero no se aparta.
Hunter, con las lágrimas corriendo por sus mejillas, acerca su frente a la mía. Sus sollozos se mezclan con mi respiración entrecortada, y en medio del caos que yo mismo provoqué, ella sigue aquí, temblando… pero aquí.
—No me…toques —le pido, apenas audible.
—Eres mi esposo —responde ella, y aunque su voz tiembla, hay fuerza en sus palabras—. No vuelvas a tratar de alejarme de ti, maldito idiota.
Sus insultos suaves son como un ancla y rio para mis adentros, mi respiración se calma bajo su tacto, mientras mis manos siguen temblando y su enojo se mezcla con el mío, comprendo que amar a Hunter significa también enfrentar el monstruo que llevo dentro, así que lo hago, le prometí que no huiría, ¿Qué clase de marido sería si la alejara en la noche de nuestra boda?
Bajo mi propio cadáver.
El sonido de su respiración entrecortada y el eco de mis propios latidos llenan la habitación.
Todavía puedo sentir la presión de mi mano en su cuello, el frío del metal contra su sien.
El asco hacia mí mismo es tan fuerte que me dan ganas de gritar, pero no sale ningún sonido, solo un temblor que me sacude.
Hunter sigue delante de mí, su rostro enrojecido por el llanto, pero su mirada —aunque empañada por las lágrimas— no es de odio.
Eso duele más que cualquier bala. Ella debería odiarme.
Debería apartarse. Y, sin embargo, está aquí, sus dedos acariciando la línea de mi mandíbula como si yo no acabara de convertirme en todo lo que ella teme.
—Mírame, Max —su voz tiembla, pero hay acero en ella—. No eres tu pasado. No conmigo.
—No lo sé —susurro, apartando la mirada—. No sé quién soy cuando despierto así. Puedo ser cualquier cosa… incluso un monstruo.
Ella niega suavemente, pero las lágrimas siguen corriendo.
—Podrías haberme matado —su voz se quiebra, y ese sonido me atraviesa—… y, aun así, te amo.
Eso es lo que me asusta.
Sus palabras caen sobre mí como una condena y una redención al mismo tiempo. La abrazo de golpe, casi con desesperación, mi frente en su hombro, respirando su olor, buscando una señal de que todavía puedo volver. Mi corazón late contra su pecho, cada golpe es un recordatorio de lo que casi pierdo.
—Te lo juro —mi voz es áspera, rota—. Nunca volveré a ponerte en peligro. No así. Si algún día pierdo el control otra vez… —mi garganta se cierra—… mátame.
Hunter lo niega inmediatamente, su mano en mi nuca obligándome a mirarla.
—No te atrevas a decir algo como eso. Si luchas contra esto, no será solo tu batalla. Será nuestra.
La forma en que lo dice, la certeza en su mirada incluso después de lo que acabo de hacer, me rompe por dentro. El miedo todavía me muerde, pero bajo él, algo se enciende: la necesidad de ser mejor, aunque el mundo y mis propios demonios me arrastren hacia abajo.
La sostengo con más fuerza, sabiendo que la oscuridad volverá… pero también sabiendo que, por ahora, ella está aquí, y eso es lo único que me mantiene entero.