CAPÍTULO 48 #2
Max se inclina sobre mí al mismo tiempo, sus dedos encuentran mi sexo húmedo y lo acarician con una precisión que me arranca un gemido ahogado.
—Max… —susurro, perdida entre placer y anticipación.
—Lubrica mi polla, Hunter —gruñe, su voz rasgando el aire—. Lubrícala bien… porque esto será intenso.
—No… no cabrá. Es demasiado grande —mi cuerpo tiembla, anticipándolo. —Hará más que caber, cariño . Vas a rogar por él.
Sus palabras son una promesa peligrosa y excitante.
Su mirada es fuego puro, y el peligro en ella solo alimenta el pulso frenético en mis venas.
Obedezco, moviéndome con una mezcla de deseo y nerviosismo, consciente de lo que significa entregarme así.
Él me acaricia con más insistencia, sus dedos explorando con un control devastador.
Siento que estoy a punto de perder el control, pero de pronto Max me toma de las piernas y, con una facilidad que me deja sin aliento, me coloca de espaldas bajo él.
El peso de su cuerpo sobre el mío es un recordatorio brutal de su fuerza, de esa manera en que siempre parece tener el poder incluso cuando me está entregando el suyo.
Sus labios me reclaman con una urgencia feroz: devoran mi boca, muerden mi cuello con esa mezcla peligrosa de dulzura y salvajismo, descienden besando mi piel como si estuviera marcando un mapa secreto solo nuestro.
Cuando sus besos llegan a mi coño, un estremecimiento me atraviesa, y el calor en mi interior se vuelve insoportable.
—Max… necesito… por favor… —susurro, mi voz apenas un hilo, temblorosa entre deseo y desesperación.
—¿Qué necesita mi esposa? —su tono burlón es bajo, casi un ronroneo peligroso que me enciende aún más.
Su juego es una tortura deliciosa. El roce de su dedo en mi entrada y su voz rasposa me arrancan un gemido ahogado. El dolor leve mezclado con placer agudo se convierte en una mezcla perfecta, una promesa de lo que está por venir.
—A ti… —digo entre jadeos— te necesito a ti.
Max me observa, sus ojos oscuros brillando con algo que parece ternura escondida bajo capas de deseo.
—Estoy aquí —responde—. Tienes que ser más específica, cariño . ¿Qué necesitas?
Trago saliva, sabiendo que es parte de su juego, parte de esa danza peligrosa entre nosotros.
—Tu polla —repito, mi voz temblando mientras busco sus ojos—. Quiero tu polla.
Él sonríe apenas, una sonrisa torcida que mezcla picardía y algo más profundo, como si esa confesión lo hubiera desarmado. Regresa a mis labios y se acomoda justo entre mis piernas.
—Todo lo que me pidas te lo daré—la cabeza de su polla juega en mi entrada y esa leve sensación me pone los pelos de punta, con un solo movimiento entraría, pero se rehúsa, está preparándome, lo sé. Su dedo me trabajó, pero no lo suficiente, su polla es grande y sé que será intenso como lo dijo.
—¿Quieres mi polla, señora Hass? —asiento, muerde mi labio inferior y se mueve más ahí abajo, baja una mano hasta tomarla y la acaricia de arriba abajo en mis pliegues.
—Oh, mierda…—ahogo un grito de placer, y cierro los ojos.
—Mírame, Hunter—instintivamente lo hago, aferrándome al placer, clavando mis uñas en su espalda y no lo puedo soportar más, con esa sensación de su polla deslizándose rápido y suave, me corro y con un movimiento de caderas su polla entra en mí.
—¡Max! —mi orgasmo me ataca.
—Mírame, joder —ordena Max, y su voz grave corta el aire entre nosotros. Con un movimiento suave entierra su polla y el placer junto con el dolor invasivo comienza, como si fuera posible mi placer va en aumento.
La emoción me atraviesa con una fuerza que me roba el aliento, una mezcla de vulnerabilidad y deseo que no puedo controlar. Su rostro, tan cerca del mío, es todo lo que veo; su respiración, todo lo que escucho. Mi cuerpo reacciona antes que mi mente, dejándome sin defensas, sin reservas.
—¡Max! —el grito se me escapa entre el temblor de mi voz, entre el estremecimiento que me sacude.
Él baja la frente hasta rozar la mía, sus manos me sujetan con una fuerza casi desesperada, como si el mundo entero pudiera desaparecer si me soltara. Su respiración es áspera, agitada, y noto el peso de su autocontrol, una bestia contenida bajo la superficie.
—¿Estás bien? —pregunta, su voz baja y rota, aunque en sus ojos brilla algo salvaje.
—Dijiste… que sería intenso —mi voz tiembla, cargada de deseo y desafío—. No te contengas.
Por un segundo, su mandíbula se tensa y sus ojos se oscurecen. La sonrisa torcida que asoma en sus labios no es dulce, es peligrosa, una promesa de que, si cruzo esa línea, no habrá vuelta atrás. Su agarre se vuelve más firme, sus dedos marcan mi piel, dejándome sin aliento.
—No sabes lo que pides —murmura, su tono bajo y amenazante, pero también vulnerable—. Y sabes que cuando lo hago, no hay medias tintas.
El aire entre nosotros se vuelve pesado, eléctrico.
—Te amo, Eres lo más importante en mi vida. Pero joder, Hunter necesito follarte duro ahora mismo.
Su polla se mueve más rápido, dentro y fuera de mí, y todo desaparece algo que solo Max puede crear: la mezcla entre el peligro que emana y la ternura escondida que rara vez permite que alguien vea.
Es brutal porque es real, porque lo que hay entre nosotros no es suave ni seguro, sino un amor que muerde, quema y marca.
Su polla me abre cada vez más, enterrándose de raíz.
El tatuaje de serpiente en su torso parece cobrar vida y envolverse junto a él. Me besa los labios una última vez y se levanta un poco, solo para ver su polla deslizarse con ritmo suave de nuevo, me toma las piernas y las lleva hasta sus hombros anchos y lo siento de golpe.
—¡Oh, mierda! —chillo, sintiéndolo más duro, más dentro, tocando algo dentro que me hace temblar.
—Shhh… tienes una boca muy sucia —me reprende, su voz baja y rasposa, cargada de autoridad y deseo. Sus manos aprietan mis pechos, no con violencia vacía, sino con la intensidad que solo Max sabe manejar, esa mezcla de fuerza y necesidad que me deja temblando.
Su mirada es un incendio, y cada movimiento suyo parece diseñado para quebrar las paredes que alguna vez construí a mi alrededor.
Es más rápido ahora, más decidido, su respiración se mezcla con la mía en un ritmo feroz que me arranca el aliento.
Hay algo salvaje en cómo me reclama, pero también hay devoción en su agarre, en la forma en que sus ojos no me sueltan ni por un segundo, como si buscara en mi rostro la confirmación de que lo quiero tanto como él me quiere a mí.
La fuerza de Max no se suaviza, pero hay un cambio sutil en su mirada. Por un instante, bajo esa dureza, asoma algo más frágil, un destello de miedo y necesidad que rara vez permite que alguien vea.
Su mano llega hasta mi cuello y lo veo en su mirada, apretando ligeramente, una mano se aferra a la suya, mientras me tiene ahí a su merced mientras clava su polla dentro.
Sus manos todavía me sujetan con fuerza, pero el modo en que sus dedos rozan mi piel ahora es casi reverente, como si se aferrara a la única cosa que le da sentido.
—Max… —susurro, apenas respirando.
—No me dejes —murmura, su voz ronca y rota, tan distinta de su tono habitual—. No después de todo lo malo que he hecho.
El aire se vuelve denso entre nosotros, cada respiración compartida es una promesa silenciosa.
Siento cómo su cuerpo tiembla apenas, y esa vulnerabilidad, oculta entre su brutalidad, hace que mi corazón se apriete.
Mi orgasmo está cerca y puedo sentir el suyo por la forma en cómo su polla palpita dentro de mí.
—Nunca…lo haría —respondo, acariciando su mano en mi cuello—. Aunque el mundo fuera contra nosotros. Te amo.
Sus ojos se clavan en los míos, oscuros y brillantes, y la tensión que nos ha mantenido al borde durante toda la noche alcanza su punto más alto: el calor en mi pecho, el peso de su mirada, la presión de su agarre y su polla grande palpitando es lo único que necesito para correrme, me corro con un grito, y es la señal para que sus embestidas sean como las de un animal salvaje, fuertes y duras.
—Dilo otra vez —gruñe, como si necesitara escucharlo para creerlo.
—Nunca te dejaré.
Nuestros cuerpos se mueven en un ritmo que es tanto salvaje como íntimo, una danza que podría rompernos y salvarnos al mismo tiempo. La emoción se acumula, creciendo hasta volverse insoportable, hasta que finalmente nos arrastra a ambos.
Max entierra el rostro en mi cuello, dejando escapar un sonido ronco, un ruido que suena tanto a alivio como a desesperación.
—No sabes cuánto te necesito, Hunter… —susurra, su voz quebrada.
Me aferro a él como si mi vida dependiera de ello, y en su mirada encuentro una verdad brutal: por más peligroso y marcado que esté, él me ve como su ancla en medio del caos.
—Dime que estás bien—me implora, mirándome como si su vida dependiera de ello.
—Estoy… satisfecha, llena. Oh, sí, llena—me ruborizo cuando las palabras salen de mi boca.
No hay más palabras, solo el temblor compartido, el eco de nuestras respiraciones mezcladas y la certeza de que, en este instante, somos todo lo que el otro necesita.
—Hunter Hass—declara con voz ronca y su polla vuelve a cobrar vida—todavía no he terminado contigo.
—Quiero más.
Me besa.
—Te dije que implorarías por mi polla, buena esposa.