CAPÍTULO 48
Hunter
Las puertas del ascensor se abren y Max no me deja poner un pie en el suelo.
Me lleva en brazos por el pasillo silencioso, como si temiera que el mundo pudiera arrebatármelo si me suelta.
Su perfume, ese aroma a madera y almizcle, se mezcla con el eco lejano de la música de la ciudad que todavía vibra en mis oídos.
—Este lugar es hermoso —susurro, mi voz aun temblando por la emoción y el cansancio. Las luces tenues del pasillo acarician las paredes de mármol y los ventanales muestran una vista infinita de Las Vegas iluminada.
—Lo sé. —responde, su tono bajo, casi reverente.
—¿Es tuyo? —pregunto, entre curiosa y aturdida, mientras lo miro desde mi posición en sus brazos.
Sus ojos grises brillan como acero templado.
—Es nuestro ahora, señora Hass.
La forma en que lo dice me derrite por dentro.
Me casé. Nos casamos. Aún me cuesta creerlo.
Nunca imaginé que una capilla de neón y un hombre peligroso podrían hacerme sentir tan…
completa. No puedo creer que alguien como Max, el Viper que desarma infiernos y vive entre sombras, me haya hecho un lugar en su mundo.
O que yo lo haya dejado entrar en el mío.
Él abre la puerta de la suite y el aire fresco con olor a jazmín nos envuelve.
La habitación es un lujo que parece irreal: ventanales gigantes con cortinas que caen como cascadas, un salón amplio iluminado por lámparas de cristal, y una cama enorme que parece flotar en el centro.
Max me deposita suavemente en el suelo, pero sus manos permanecen en mi cintura, como si no pudiera dejar de tocarme.
Camino hacia la ventana y apoyo las manos en el vidrio frío, mirando las luces de la ciudad que no duerme.
Por un momento, recuerdo todo: el miedo, las pérdidas, las noches en las que pensé que jamás volvería a sentirme viva.
Y ahora… ahora siento que el mundo podría explotar y no importaría, porque tengo a Max detrás de mí.
—No puedo creerlo —murmuro, sin dejar de mirar hacia afuera.
—¿Creer qué? —pregunta, su voz un poco ronca.
—Que alguien me pertenece… —Me detengo, la emoción atrapándome en la garganta—. O que yo pertenezco a alguien.
Max se acerca por detrás y envuelve sus brazos alrededor de mi cintura, su mentón apoyado en mi hombro.
—No te equivocas, Königin . Es más que eso. Esto… —su mano roza mi dedo anular, donde brilla el diamante— …es una promesa de que no pienso ir a ninguna parte.
Cierro los ojos. Giro en sus brazos y lo miro, y en ese instante sé que este hombre es tanto mi salvación como mi condena.
Viper es mío —pienso, aunque no lo digo en voz alta. Porque sé que él lo siente. Y que, de alguna forma, yo también soy suya.
Él me acaricia la mejilla con el dorso de la mano, suave, como si temiera romperme.
—No sabes cuánto tiempo soñé con esto —admite—. Con tenerte así, en mis brazos, sin un mundo entero tratando de arrancarte de mí.
Me rio suavemente.
—Creo que nunca había amado tanto a alguien —confieso—. Y este amor… Max, este amor me hace tan feliz que hasta da miedo.
Max baja la cabeza, sus labios rozan mi frente y luego mi boca, apenas un roce, un beso que es más promesa que deseo.
Afuera, Las Vegas sigue gritando, pero en esta habitación, el tiempo se detiene.
Desde que el infierno tocó mi vida, siento que el universo me ha devuelto algo precioso.
El mundo allá afuera aún está lleno de sombras y en esta suite suspendida sobre la ciudad del pecado, bajo millones de luces, Maximilian Hass me sostiene… y no piensa soltarme.
Y, como si adivinara cada pensamiento que me quema por dentro, como si leyera la necesidad que late en mi piel, sus manos encuentran mi cadera con una seguridad devastadora.
Descienden con una lentitud calculada, acariciando cada curva, cada centímetro que lo invita a seguir, hasta deslizarse por mis muslos y atraparme en la vulnerabilidad del interior de estos.
El contacto es un incendio que me obliga a contener el aliento, un roce que me hace arquearme hacia él, suplicante, aunque no pronuncie palabra.
Lo he deseado así desde el instante en que lo vi cruzar el club, cuando su silueta se recortó entre las luces y sus ojos, oscuros y voraces, se clavaron en mí como si ya le perteneciera.
Desde ese momento supe que, cuando sus manos finalmente me tocaran de esta manera, no habría vuelta atrás.
Su mano llega hasta la humedad de mi ropa interior y gimo con necesidad de que me dé algo más.
Sus dedos siguen explorando, dibujando en mi piel promesas que ya no necesitan palabras.
La habitación está iluminada apenas por la luz tenue de unas velas que proyectan sombras danzantes en las paredes, y por un instante todo el mundo queda reducido a este espacio, a su respiración mezclada con la mía, a la certeza de que esta noche es solo nuestra.
Mi vestido casual que se convirtió en uno de novia, ahora medio deshecho, cae suavemente a mis pies, como si incluso la tela entendiera que no tiene sentido interponerse entre nosotros.
Lo miro a los ojos y siento un estremecimiento recorrerme: es el hombre al que he elegido, el que sostendrá mi mano en los días de tormenta y en los de calma.
Hay algo reverente en la forma en que me observa, como si desearme y amarme fueran dos actos sagrados.
Cuando sus labios encuentran mi cuello, una oleada de calor me sacude por completo.
Sus besos avanzan con la misma devoción con la que sus manos se mueven, lentas pero seguras, reclamando cada parte de mí.
—Max… por favor, no me digas que no es el momento —susurro con hambre, mi voz temblando entre el deseo y el miedo de perderlo justo ahora.
Siento su respiración quemándome el cuello, un roce áspero que me eriza la piel antes de que su lengua pase lenta, trazando un sendero de calor y promesas peligrosas. Besa cada marca invisible que va dejando, cada curva de mi cuello como si pudiera reclamarme en cada beso.
—Te dije que te merecías algo mejor —susurra, y por un segundo su voz suena rota, como si esa idea le doliera más que a mí—.Y ahora… —su agarre se vuelve más firme, sus dedos clavándose en mi cintura— ahora eres mi jodida esposa.
Su mirada se vuelve acero y fuego al mismo tiempo cuando añade, casi en un gruñido:
—Y voy a follar a mi esposa más de una vez esta noche y todas las siguientes, cariño.
El mundo parece detenerse con esas palabras. Mi respiración se corta, mi cuerpo tiembla entre su fuerza y la ternura escondida en su crudeza. Es peligroso, es imperfecto… pero es él.
Así que comienzo a desvestir a mi esposo , con seguridad, con deseo, y él se deja hacer.
Mis dedos recorren los pliegues de la tela, arrancando lentamente cada capa que lo separa de mí, como si al desnudarlo pudiera arrancar también los secretos que quiero descubrir.
El sonido suave del tejido deslizándose contra su piel se mezcla con nuestra respiración entrecortada.
—Haz conmigo lo que quieras, Hunter. Soy tuyo —susurra, su voz ronca quebrándose apenas, como si entregarse de esta manera fuera tan peligroso para él como lo es para mí.
Sus palabras me golpean con la fuerza de un disparo silencioso.
Un hombre como Max, que ha enfrentado la muerte y la traición, rindiéndose aquí, bajo mis manos, es un milagro oscuro.
Lo miro a los ojos, y en ese brillo salvaje hay promesas que queman: noches llenas de pasión y sombras, heridas que todavía sangran, y una lealtad que podría rompernos a ambos.
Mis manos recorren sus hombros firmes, bajando por su pecho marcado de cicatrices del mundo donde pertenece.
Y una de ellas parece doler más. La bala en su pecho.
Cuando la rozo, él se estremece, no por dolor, sino por la intimidad cruda del gesto.
Lo beso allí, sobre la marca, lenta y deliberadamente, como si pudiera sanarlo con el contacto.
Su respiración se vuelve más áspera, y cuando me toma de la cintura y me atrae hacia él, siento toda la fuerza que ha contenido por tanto tiempo. Somos dos piezas rotas encontrando refugio en medio del caos, dos sobrevivientes que han aprendido a amar entre las sombras.
Max me agarra los pechos, uno en cada mano, y el aire se me escapa cuando inclina la cabeza y prieta para morder mi pezón, lo suficiente para arrancarme un gemido ronco.
Sin previo aviso, sus brazos fuertes me levantan y me lanza a la cama.
El colchón cede bajo mi cuerpo, y el impacto suave, mezclado con la sorpresa, solo aviva mi deseo.
Mis piernas tiemblan y ese dolor dulce y agudo en medio de ellas se intensifica.
Se queda ahí de pie, mirándome como si yo fuera algo digno de adoración y conquista al mismo tiempo. Su voz es un disparo bajo y profundo cuando pronuncia en alemán las palabras que me hacen estremecer:
— Meine Frau. Meins . (Mi esposa, mía)
Un temblor me recorre. El sonido extranjero en sus labios es un látigo directo a mi pecho.
—Vas a tener que enseñarme el idioma, esposo —respondo, mi voz entrecortada, intentando recuperar el control.
Max sonríe, una mueca llena de picardía que promete problemas.
—¿Estás segura?… —susurra, con una chispa peligrosa en los ojos— porque me encanta verte sonrojarte cuando me escuchas hablar así. Sin entender una sola palabra, puedo decirte todas las cosas sucias que quiera. Kriech, dein Schwanz wartet. (Arrástrate, tu polla espera)
Mierda, tiene razón.
—Arrástrate hacia aquí, Königin —me da la orden, su tono convertido en puro acero y deseo.
Sus dedos rodean su erección, la acarician lentamente, y la punta brilla bajo la luz tenue.
El gesto es obsceno y hermoso, y lo único que puedo hacer es lamerme los labios.
Me muevo hacia él, arrastrándome por la cama con las piernas temblorosas.
Su erección queda frente a mí, poderosa y firme.
La tomo con cuidado y deseo, y la llevo a mi boca.