Viper (Código Negro 1) CAPÍTULO 47
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CAPÍTULO 47

Max

Las Vegas ruge a mi alrededor como un animal hambriento.

Las luces de neón destellan en cada esquina, y las risas y el sonido de las tragaperras se mezclan con el bajo grave de la música que se escapa de los clubs.

Pero para mí todo se reduce a ella: Hunter.

Siento su mano en la mía, pequeña pero feroz, y no la suelto.

Si lo hiciera, temo que el mundo la devoraría de nuevo.

Ella intenta apartarse, sus pasos vacilantes entre la multitud. Sus ojos azules brillan bajo las luces como hielo ardiendo.

—¿Adónde me llevas? —pregunta, su voz rota por la incredulidad.

La aprieto un poco más fuerte contra mi costado.

—Vamos a huir —respondo, y me sorprendo de lo suave que suena mi voz—. Esta vez juntos, cariño.

Mis hombres siguen unos metros detrás, sombras entre las luces.

Desde que acepté venir, juré que no intervendría en sus vacaciones.

Pero cuando Azrael me llamó para avisarme de movimientos extraños cerca del club donde estaba con sus amigas, no lo dudé.

Me adelanté. No iba a dejar a Hunter sola.

Ni un segundo. A pesar de los informes detallados que mis hombres me dieron de cada movimiento de ella y sus amigas, la verdad es que no confío en nadie cuando se trata de su seguridad. Nadie.

Giramos por una calle lateral y ahí está: la cruz de neón de una capilla de bodas, brillando insolente contra la noche del desierto. Hunter se detiene de golpe, y casi tropieza al mirarla. La sorpresa se mezcla en su rostro.

Doy un paso más cerca, atrapándola con la mirada. Mi voz baja hasta convertirse en un susurro áspero.

—Estoy aquí por ti. Solo por ti. Y no voy a dejar que el mundo vuelva a arrancarte de mi lado.

Ella tiembla, y ese temblor me mata. No puedo permitir que dude más. Así que tiro suavemente de su mano y la guío hacia la capilla. Cada paso es una declaración muda. No sé si es locura, arrogancia o desesperación, pero es lo único que me queda para demostrarle que no voy a huir.

Dentro, el aire huele a flores marchitas y promesas improvisadas.

El ministro nos mira con sorpresa, pero una mirada mía basta para que asienta sin hacer preguntas.

Hunter respira agitada a mi lado. Su vestido negro brilla bajo las luces baratas, y la veo tan hermosa, tan viva, que por un instante olvido todos los pecados que llevo encima.

Apoyo mi frente en la suya y susurro:

—No puedo prometerte un mundo seguro, Königin. No puedo prometerte que dejaré de ser quien soy. Pero puedo prometerte que, aunque el infierno entero me persiga, siempre caminaré hacia ti. Cásate conmigo, Hunter.

Su risa sale rota, acompañada de una lágrima que resbala por su mejilla.

—Eres imposible, Maximilian Hass. No tengo un vestido.

Sonrío, y esta vez no hay ironía.

—Lo sé. Pero ahora soy imposible… y tuyo. Y eres la novia más hermosa para mí con ese vestido negro y sexy. No necesitas otra cosa, si pudieras casarte conmigo desnuda sería el hombre más jodidamente afortunado del mundo.

La capilla es tan ridículamente cursi que por un segundo casi río.

Cortinas de terciopelo rojo, flores artificiales que han visto mejores días, y un enorme póster de Elvis en la pared del fondo.

Y, sin embargo, con Hunter temblando en mis brazos, esta pequeña iglesia improvisada se siente más sagrada que cualquier catedral.

El ministro despeinado carraspea y empieza a preparar los papeles, sus gafas torcidas reflejando las luces de neón que parpadean afuera.

Justo cuando pienso que somos solo nosotros dos y el universo conspirando, la puerta se abre.

Willow entra primero, jadeando un poco, con los ojos muy abiertos al vernos.

Detrás de ella, Azrael aparece como una sombra alargada, impecable incluso aquí, su coleta baja brillando bajo las luces.

Ambos deben haber seguido el rastro que dejé, o tal vez Willow simplemente confió en su instinto.

—¿Qué demonios…? —susurra Willow, pero cuando ve mi expresión y el modo en que Hunter me agarra la mano, su gesto se suaviza—. Oh. Mierda.

Azrael se acerca sin prisa, aunque sus ojos grises, tan parecidos a los míos, destellan algo que no suelo ver en él: orgullo.

Abre una pequeña caja negra y me la tiende en silencio.

Dentro, un anillo enorme: un diamante blanco que atrapa cada chispa de luz en la habitación.

No es planeado, pero estaba preparado para algún día dárselo. Es perfecto. Pero es nuestro.

—Para tu Königin —dice Azrael, su voz tranquila—. Como lo pediste.

El aire se espesa cuando Willow se adelanta, casi conteniendo las lágrimas.

—Seré testigo —dice con una sonrisa que tiembla—. Y yo también firmaré —añade Azrael, dándole una mirada cómplice al ministro.

Un tipo vestido de Elvis entra entonces desde una puerta lateral, guitarra en mano y un traje blanco brillante que casi quema la vista. Sonríe como si esto fuera lo más normal del mundo.

—Bueno, bueno, bueno —dice con un acento exagerado—. Parece que el amor encontró su camino en la ciudad del pecado.

Hunter suelta una pequeña carcajada nerviosa y yo aprieto su mano.

Cuando el ministro comienza la ceremonia, las palabras suenan absurdas y perfectas al mismo tiempo.

“En la ciudad donde nada es permanente…” y “en la luz del neón que nunca se apaga…”, pero para mí cada sí que susurramos es un juramento que ni el fuego podría quemar.

Cuando me toca ponerle el anillo, mis manos tiemblan por primera vez en mucho tiempo.

Deslizo el diamante en su dedo mientras ella me mira con los ojos brillantes, más hermosos que cualquier piedra preciosa.

El mundo entero podría desmoronarse afuera y yo seguiría aquí, de rodillas si fuera necesario.

Hunter toma aire, como si intentara grabar cada segundo.

Elvis —nuestro Elvis improvisado— pronuncia las palabras finales y con un gesto dramático nos indica que podemos sellarlo.

La beso. No hay público. No hay cámaras.

Solo nosotros. El beso no es torpe ni salvaje: es profundo, absoluto, un ancla para todo lo que hemos perdido y todo lo que aún tenemos por ganar.

Cuando nos separamos, la miro a los ojos, con el corazón latiendo tan fuerte que casi duele. Acaricio su rostro con el dorso de mi mano y dejo que mi voz salga como un susurro áspero que, sin embargo, llena la habitación:

—No iré a ninguna parte, señora Hass. —Trago saliva, las palabras clavándose en mí con fuerza—. Te amo.

Hunter parpadea, sus lágrimas brillando bajo el neón.

Lo hice, bajo una cruz de luces baratas, con mi hermano y su amiga vecina convertidos en testigos improvisados, y Elvis sonriendo desde el altar, entiendo que esto no es una huida.

Es un comienzo. Siento que por primera vez en años, el mundo parece menos cruel…

porque ella lleva mi nombre y mi corazón entre sus manos.

Puede que no le guste a su familia, pero de todas maneras nunca he sido un hombre que pida permiso. Y nunca pediré permiso a nadie por ella, porque ella es mía desde que su hermano no pudo sacarla de ese infierno, fui yo, solamente yo.

—También te amo, Max.

Cuando dijimos las palabras que nos unen, lo hago con el corazón latiendo más rápido que cuando apunto un arma. No es una misión. No es una estrategia. Es una confesión. Ella es mi luz, mi debilidad, mi condena. Mi reina.

Al salir, Las Vegas sigue brillando, ruidosa, viva.

Aprieto su mano en la mía, mis hombres discretos a lo lejos, vigilando como sombras, con Hunter a mi lado, siento por primera vez que no estoy huyendo.

Estoy eligiendo quedarme. Con ella. Aunque el mundo intente quitármelo todo, esta noche, bajo esta cruz de luces baratas, Hunter Hass es mía.

Y yo… por primera vez en mi jodida vida, también soy de alguien.