Viper (Código Negro 1) CAPÍTULO 46
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CAPÍTULO 46

Hunter

Camino hacia la barra para recuperar mi bolso cuando los veo.

Tres hombres, desconocidos para mí, pero demasiado pulidos para ser turistas de fiesta, están reunidos cerca de la puerta lateral del club.

Sus trajes son perfectos, sus miradas rápidas, como si midieran cada rincón.

Uno de ellos inclina la cabeza apenas hacia Max cuando lo ve acercarse. Ahora lo entiendo.

La punzada de decepción me atraviesa el pecho. Todo encaja demasiado bien. El traje impecable, la manera en que llegó justo cuando lo necesitaba, el silencio en el teléfono antes de responder. No vino solo por mí.

Me acerco despacio, el ruido de la música ahora suena lejano, como si Las Vegas hubiera contenido el aliento para escuchar lo que voy a decir.

—No viniste por mí —susurro, lo bastante fuerte para que me oiga, pero lo bastante bajo para que los otros no lo hagan—. Viniste por trabajo.

Max gira la cabeza hacia mí, sus ojos grises como una tormenta detenida. Niega lentamente, pero hay un destello en su mirada que me dice que la verdad es más complicada.

—No es cierto.

Cruzo los brazos, intentando ignorar el vacío en mi estómago.

—¿Ah, ¿no? Entonces explícame qué haces aquí con ellos.

Sus ojos no se apartan de los míos. Da un paso hacia mí, lo bastante cerca para que la música, la multitud y el mundo entero se desvanezcan.

—Estoy cuidándote —dice, su voz baja, grave—. Acompañándote.

Mis labios se curvan en una sonrisa amarga.

—Mal orden de palabras, ¿no crees?

La tensión regresa. Uno de los hombres se aleja discretamente, dándonos espacio, pero no quita la vista de Max, como si esperara órdenes. Max ignora a todos menos a mí.

—Hunter —murmura, acercándose aún más, sus manos casi rozando mis brazos—. Si estuviera aquí solo por trabajo, no estaría buscándote entre toda esta multitud. No estaría a punto de romper mis propias reglas para mantenerte cerca.

La rabia y el anhelo chocan en mi pecho. Lo miro, buscando en su rostro alguna grieta que revele la verdad. Pero lo que encuentro es algo que me asusta más que una mentira: sinceridad absoluta.

—Deberías aprender a mentir mejor —susurro, aunque mi voz tiembla.

Max se inclina un poco, su aliento rozando mi oído.

—Y tú deberías aprender que no todo en mi vida es trabajo, Königin . Algunas cosas… son solo para mí. Tú, por ejemplo. Y voy a demostrártelo jodidamente ahora.

Su mirada me atrapa, y por un momento, el ruido de Las Vegas desaparece.

No hay misión. No hay hombres en trajes.

No hay heridas del pasado. Solo él, y la peligrosa idea de que, aunque vine aquí a escapar, mi corazón siempre estuvo exactamente dónde está ahora: atrapado en las manos del hombre que jura protegerme, incluso cuando me hiere con su verdad.