Viper (Código Negro 1) CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

Hunter

Las luces de Las Vegas aparecen como un mar de estrellas caídas del cielo, ardiendo contra el horizonte mientras el avión comienza a descender.

Por la ventanilla, las calles iluminadas parecen hilos dorados, promesas de diversión y peligro entrelazados.

Willow, sentada a mi lado, aprieta mi mano con una emoción contagiosa.

—Bienvenida a la ciudad del pecado—susurra, su sonrisa brillante reflejándose en el cristal.

No puedo evitar sonreír también. Es la primera vez en meses que siento algo parecido a emoción sin que el miedo la manche. A pesar de todo lo que he vivido, a pesar de las sombras que me persiguen, esta noche… esta noche quiero intentar olvidar.

El hotel donde nos alojamos es una fantasía de luces cálidas, alfombras gruesas y música suave flotando en el aire.

Las amigas de Willow del hospital —tres chicas tan distintas entre sí que parecen sacadas de mundos diferentes— nos reciben en el lobby con risas y abrazos.

Hay algo en su energía, en la forma en que hablan de planes y fiestas, que me arrastra como una corriente.

Durante años, las noches así fueron parte de mi vida… antes de que el mundo se rompiera.

Subimos a la suite, una habitación demasiado grande, con un ventanal que deja ver toda la ciudad titilando abajo.

Mientras las otras chicas desempacan botellas de vino y colocan maquillaje sobre el tocador, yo me quedo un momento cerca del cristal.

Las Vegas brilla con un descaro que casi resulta reconfortante.

Aquí nadie duerme, y nadie parece juzgar.

Willow abre una botella con un sonido seco y la espuma de champaña salpica el aire.

—A esta noche —brinda—. A las nuevas amigas, a los secretos que no repetiremos y a los bailes que no olvidaremos.

Todas reímos, chocamos las copas y el cristal suena como un encantamiento.

Pasamos más de una hora arreglándonos. Entre risas, vestidos que vuelan de una cama a otra, pinceles de maquillaje prestados y consejos improvisados, algo dentro de mí se siente…

vivo. Me pongo un vestido corto de seda negra, escote discreto, pero espalda descubierta, y un toque de labial rojo intenso.

Mi guante de cuero negro cubre el lugar que ya no me avergüenza.

Las chicas aplauden cuando Willow se da una vuelta para mostrar su vestido plateado.

Hay risas por tacones demasiado altos, promesas de cuidarnos unas a otras, y el perfume dulce llenando el aire se mezcla con el del champaña.

Por un instante, me siento como cualquier otra mujer joven a punto de salir a bailar, sin pasado oscuro acechando en cada sombra.

El club está abarrotado y brillante, un océano de luces de neón y música que sacude el suelo.

Entramos entre risas, las amigas de Willow tomándome de las manos para arrastrarme a la pista de baile.

Me resisto unos segundos, pero la música es demasiado contagiosa.

Las luces destellan sobre el cabello oscuro de Willow, sobre nuestras copas que atrapan destellos de azul y púrpura.

Mientras las chicas ríen y bailan, saco mi teléfono para revisar mensajes.

La pantalla ilumina mi rostro entre las luces del club.

Un mensaje de Max parpadea en la parte superior:

Mi pecho se aprieta y sonrío antes de responder. Mis dedos vuelan por la pantalla.

Miro la pantalla unos segundos más, esperando esos tres pequeños puntos que indicarían que está escribiendo. Nada. Ninguna respuesta. Una punzada de decepción me atraviesa, pero la música sube de volumen y Willow me agarra del brazo, tirando de mí hacia el centro de la pista.

—¡Vamos, Hunter! —grita entre risas, su cabello plateado atrapando las luces como una corona de estrellas—. ¡Esta noche no hay espacio para caras largas!

Guardo el teléfono en mi bolso y dejo que el ritmo me atrape.

El bajo golpea como un corazón gigante, las luces estallan en patrones hipnóticos, y las risas de las chicas me envuelven como un abrazo.

Bebo un sorbo de mi copa y levanto los brazos, dejándome llevar.

Por un momento, el mundo se reduce a vestidos brillantes, maquillaje corrido por el sudor, copas que tintinean y promesas susurradas bajo el ruido de la música.

Y mientras bailo, con el corazón latiendo al compás de la ciudad, siento a Max en algún lugar muy lejos y, a la vez, peligrosamente cerca, incluso en su ausencia.

La música en el club es tan alta que parece vivir dentro de mi pecho, retumbando contra mis costillas.

Las luces neón destellan en azules y fucsias que se mezclan hasta volverse un torbellino.

Las copas han ido y venido demasiado rápido.

Willow y las chicas ríen, bailan y me arrastran con ellas, pero la habitación empieza a girar de una forma que no tiene nada que ver con el ritmo.

Siento mis mejillas calientes, mi pulso acelerado.

Entre las risas y los pasos torpes, mi mano encuentra el teléfono en mi bolso como por instinto.

Antes de pensarlo dos veces, marco su número.

La llamada conecta casi al primer timbre. Su voz grave, familiar, me envuelve al instante.

—Hunter.

—Max… —mi voz es un suspiro ahogado por la música.

Hay un segundo de silencio. Luego, su tono bajo y suave:

—¿Estás bebiendo?

Una risa torpe escapa de mi garganta, el tipo de risa que solo sale cuando estás demasiado ligera para ocultarla.

—Es Las Vegas, Max. Aquí se bebe… y muuuucho.

Silencio. El bajo del club parece retumbar más fuerte en ese vacío entre sus palabras. Aprieto el teléfono contra mi oído, buscando algo en su respiración.

—¿Estás enfadado conmigo? —pregunto, bajando la voz.

Su respuesta llega como un golpe dulce.

—No, Königin . No puedo enfadarme contigo. Y menos viéndote tan adorable cuando haces pucheros.

Mi corazón tropieza. Me muerdo el labio inferior, sintiendo cómo mi rostro se calienta más. Él continúa, su voz más suave ahora, casi un susurro áspero que se abre camino entre la música y el alcohol.

—Esta faceta tuya no la había visto antes. Me gusta. Pero me gusta más cuando estoy cerca, así puedo cuidarte.

Cierro los ojos, el ruido del club desvaneciéndose apenas un segundo bajo el peso de su voz.

—Bueno… —trago saliva—, quisiera que estuvieras aquí.

—¿Ah, sí? —su tono se vuelve provocador, peligroso.

—Sí… —susurro, y después, con una risa rota—. Te odio.

Su respuesta es inmediata, su risa profunda vibrando a través de la línea.

—Es una lástima, entonces… porque estoy caminando hacia ti ahora. ¿Debo irme?

Mis ojos se abren de golpe. Me doy la vuelta, y allí está.

Max. En medio del club, como si la multitud se apartara instintivamente para darle paso.

Viste un traje negro impecable, la corbata ligeramente aflojada, como si incluso el lujo debiera someterse a su voluntad.

La luz de neón resalta sus ojos grises, haciéndolos brillar como acero.

Está perfecto. Hermoso. Peligroso. Y por un instante, todo el aire en mis pulmones desaparece.

No me importa quién nos mira. No me importa el escándalo, ni las risas de las chicas detrás de mí.

Lo atraigo hacia mí de un tirón, mis manos aferrándose a la solapa de su chaqueta, y lo beso.

No es un beso torpe de borracha: es hambre, deseo reprimido, la suma de cada mirada contenida y cada promesa rota.

Él responde con la misma intensidad, su mano grande subiendo por mi espalda hasta enredarse en mi cabello, inclinándome contra su pecho como si el mundo entero desapareciera.

Me separo apenas lo suficiente para respirar, mis labios rozando los suyos.

—Quiero bailar contigo, suizo —susurro, mi voz temblorosa por el deseo.

Sus ojos se oscurecen con una chispa peligrosa, y sus dedos se aprietan un poco más en mi cintura.

—Ten cuidado con lo que pides.

La música cambia, un ritmo más lento pero cargado de tensión, y él me guía hacia la pista.

Su mano en mi espalda baja me quema a través de la tela del vestido.

Me pega a su cuerpo, tan cerca que puedo sentir la fuerza contenida en cada movimiento.

Sus dedos rozan mi cadera, subiendo apenas un centímetro, lo suficiente para que mi piel se erice.

—No deberías provocarme. —murmura contra mi oído, aunque su voz no tiene rastro de reproche. Es posesiva. Es una advertencia.

—Entonces no deberías haber venido —respondo, desafiándolo.

Su risa grave vibra contra mi cuello.

—No había forma de quedarme lejos de ti.

El mundo se difumina. Las luces del club, las risas de las chicas, las copas tintineando… todo desaparece. Solo existe el ritmo de la música y el peso de su cuerpo moviéndose contra el mío. Cuando la canción termina, Max baja la cabeza y, con un susurro que solo yo puedo oír, dice:

—Esta vez, Hunter, no pienso dejarte ir.

El club ruge alrededor, mientras Willow silba burlona desde la barra, yo sé que, por mucho que intente fingir, ya estoy perdida. Porque entre las sombras de Las Vegas, con sus ojos clavados en mí, no hay mundo más peligroso… que el que late en sus brazos.