CAPÍTULO 43
Hunter
Presente
Max está sentado en el sillón de piel oscura, su espalda ligeramente encorvada mientras sostiene la tableta entre las manos.
Sus dedos se mueven con precisión, deslizándose por la pantalla mientras revisa y escribe algo que no alcanzo a ver.
Parece absorto, su mandíbula tensándose cada tanto.
Las luces cálidas del apartamento hacen que sus tatuajes parezcan sombras vivas que se enredan en sus brazos.
Lo observo en silencio desde el sofá, con las piernas dobladas bajo mí y una taza de té caliente entre las manos.
El apartamento huele a mantequilla dorada y hierbas: ha cocinado para mí hoy y, para mi sorpresa, cocina de maravilla.
Un hombre como él, que vive rodeado de peligro y secretos, puede también preparar una cena digna de un restaurante.
Esa contradicción me desarma más que cualquiera de sus sonrisas.
Justo cuando el momento parece perfecto en su calma extraña, la puerta principal se abre de golpe y las llaves tintinean contra el marco.
Casi salto del susto. Max levanta la vista apenas, como un depredador que ya había escuchado el ruido antes que yo.
Willow aparece en el umbral con su moño desordenado y una sonrisa descarada.
Lleva un vestido cómodo y zapatillas, pero su presencia ilumina el lugar de inmediato.
—Oh… —dice, fingiendo sorpresa mientras sus ojos pasan de Max a mí—. ¿Interrumpo algo? ¿Mal momento?
—Sí —responde Max seco, sin apartar la vista de su tableta, su tono tan plano que por un segundo Willow parpadea sin saber si habla en serio.
Pero yo suelto una risa, y el sonido la hace reír a ella también. Max alza una ceja, una media sonrisa escapándosele a pesar de su fachada imperturbable.
—Pasa, Willow —le digo entre risas—. Para eso te di una llave.
Max baja lentamente la tableta y su mirada gris se clava en mí.
—¿Le diste una llave?
—Sí —respondo, encogiéndome de hombros como si fuera lo más normal del mundo—. Es la vecina y amiga más cercana, por si acaso.
Él finge indignación, arqueando una ceja con teatralidad.
—¿Y qué pasa si estoy desnudo?
Willow no tarda un segundo en reaccionar, llevándose una mano al corazón como si dramatizara el golpe.
—Bueno, entonces dejaré una nota en la puerta que diga: ‘No entrar: Adonis desnudo adentro’. Y un dibujo de una polla.
Max sacude la cabeza con una sonrisa torcida.
—Vas a necesitar mucha tinta.
Willow se adelanta, su risa llenando la habitación, y me extiende una copia de mi propia llave.
—Aquí tienes. Ahora ya no me necesitas.
—¡Oye! —protesto entre risas, fingiendo estar ofendida mientras le arrebato la llave.
Las risas de las tres voces llenan el apartamento, y por un momento, las sombras que siempre parecen rodearnos se disipan. Willow se deja caer en el brazo del sofá, apoyando la barbilla en su mano mientras sus ojos brillan con picardía.
—Bueno, cambiando de tema —dice, con una chispa traviesa en la mirada—, hay una fiesta enorme planeada en Las Vegas. Vacaciones, juegos, música, caos… Quiero que vengas conmigo, Hunter.
Alzo las cejas, y luego noto cómo Willow gira los ojos hacia Max, que nos observa desde su sillón. Me río.
—¿Por qué lo miras a él? —pregunto divertida—. Me estás invitando a mí, ¿no?
Max levanta las manos, haciéndose el inocente.
—Vaya, no sé si debería ofenderme por eso.
Max deja la tableta a un lado y cruza las piernas, su expresión es la de alguien que ya ha planeado tres movimientos por delante.
—Bueno, claro que puedes venir también, Max —añade Willow, resignada—. Pero te advierto, habrá mucho alcohol y demasiados juegos.
La sonrisa peligrosa de Max es inmediata.
—Nos gustan los juegos.
Mis mejillas arden al instante. Willow finge taparse los oídos con ambas manos.
—Oh, por favor, asqueroso. No quiero saberlo, chicos.
Max, con toda la inocencia fingida del mundo, dice despacio:
—Todavía no follamos. No es que sea tu asunto.
—¡Oye! —protesto, golpeándolo ligeramente en el hombro mientras Willow suelta una carcajada tan fuerte que casi se cae del sofá.
Max se inclina hacia mí con una suavidad desconcertante para un hombre como él. Sus manos grandes y cálidas toman mi rostro, y sus ojos grises me atraviesan con esa mezcla de peligro y ternura que siempre logra desarmarme. Me da un beso en la frente, un gesto íntimo que me deja sin palabras.
—¿Puedo ir? —pregunto en un tono bajo que suena demasiado serio para ser una broma.
Traga saliva, yo todavía estoy sonrojada.
—No tienes que pedirme permiso, Hunter. Ve y diviértete —agrega él, su voz grave resonando en el aire.
Lo miro, insegura.
—¿No quieres ir conmigo?
Él ladea la cabeza y su media sonrisa vuelve, peligrosa y suave a la vez.
—Tu amiga prácticamente está obligada a invitarme. Quiero que las dos se diviertan.
Entorno los ojos, pero no puedo evitar sonreír.
—¿Cuál es la trampa? ¿Vas a vigilarme?
Max acerca sus labios a mi oído, tan cerca que siento el calor de su aliento recorrerme la piel. Su voz se vuelve un susurro áspero que me provoca un escalofrío delicioso:
—Nunca he dejado de vigilarte, Königin .
El mundo parece detenerse por un segundo. Willow, al otro lado del sofá, hace un gesto exagerado de disgusto y se levanta.
—Bien, bien… haré las reservas. Pero si ustedes dos convierten Las Vegas en un espectáculo digno de un reality show, no cuenten conmigo para el rescate.
Las risas vuelven a llenar la habitación, pero mi corazón late demasiado rápido.
Porque en el fondo, bajo las bromas y las promesas de fiestas, sé que Max lo decía en serio.
Nunca dejó de vigilarme. Nunca dejó de tenerme entre sus sombras.
Y, aunque debería asustarme… no lo hace.
Me hace sentir segura. Demasiado segura.
Y eso está mal porque él puede volver a desaparecer como siempre lo hace.