Viper (Código Negro 1) CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42

Hunter

Tiempo atrás, Indonesia

El aire húmedo de Indonesia me envuelve como una manta pegajosa mientras camino por las callejuelas iluminadas por faroles de papel.

Hoy el centro comunitario estuvo lleno de niños: cantamos, toqué la guitarra, enseñé a uno de ellos a formar su primer acorde.

Me siento útil, necesaria. Creo—quiero creer—que un grano de bondad en un lugar como este puede marcar la diferencia.

Cuelgo mi guitarra en la espalda y ajusto la bufanda sobre mis hombros. Camino sin prisa, el murmullo de las olas a lo lejos mezclado con las voces de vendedores ambulantes. Un niño me sonríe desde una esquina, pero detrás de él noto una sombra que se mueve de manera extraña.

El golpe llega antes de que pueda girar.

Un destello blanco. Mi respiración se corta.

El suelo de tierra raspa mi mejilla mientras el mundo entero parece reducirse a un zumbido.

Cuando recupero la conciencia, estoy en la parte trasera de un camión.

El metal frío me muerde la piel. Mis muñecas están atadas con una cuerda áspera que corta la circulación.

Me rodean otras cinco chicas. Una de ellas, de no más de catorce años, tiembla tanto que sus dientes castañean.

Otra, con el rostro ensangrentado, me lanza una mirada desesperada.

—¿Dónde… dónde estamos? —mi voz apenas es un susurro.

—Yakarta —responde una muchacha a mi izquierda, con acento local, los ojos agrandados por el miedo—. Les escuché… decir Yakarta.

Las risas de los hombres afuera son un sonido cruel, pegajoso. Se oyen palabras en indonesio que no entiendo del todo, pero las entonaciones son burlonas, casi festivas. Luego, en inglés roto, una voz grave y burlona:

—Mañana… subasta. Buen precio por las extranjeras.

Un escalofrío me recorre la columna. La niña a mi lado solloza. Intento girar para consolarla, pero la cuerda en mis muñecas arde.

—Shh… —murmuro, tratando de sonar más fuerte de lo que me siento—. Vamos a salir de esta. ¿Cómo te llamas?

—Aisha… —susurra ella, las lágrimas brillando en su rostro—. No volveré a ver a mi familia.

Antes de que pueda responder, la lona del camión se abre con violencia. La luz de una farola entra en un haz amarillento, y un hombre alto y corpulento trepa dentro. Lleva un machete colgado al cinturón y un cigarrillo en la comisura de la boca. Huele a sudor y a gasolina.

—Las extranjeras primero —dice en indonesio, pero otra voz traduce en un inglés tosco—. El jefe quiere verlas.

Me agarran del brazo y me arrastran fuera. Mis pies descalzos golpean el asfalto caliente. Otra chica grita, y el sonido es brutalmente apagado con una bofetada. Los hombres ríen.

—¡Por favor, no! —imploro.

El que me sujeta me empuja hacia adelante y se inclina a mi oído. Su aliento apesta a tabaco y alcohol.

—Cállate, princesa —escupe en un inglés torpe—. Gritar solo hace que paguen más.

Mi estómago se revuelve. Miro a mi alrededor desesperada, buscando un escape, pero estamos rodeadas: hombres armados, un camión, un edificio destartalado que parece abandonado. Me llevan al interior, por un pasillo largo y húmedo.

Adentro hay jaulas. Verdaderas jaulas, como para animales, alineadas contra las paredes.

Algunas están vacías. Otras… no. Una mujer dentro de una de ellas me mira con ojos vidriosos, como si ya no estuviera viva por dentro.

El hombre que me sostiene se detiene un segundo para hablar con otro, y en ese momento, una voz chillona suelta en indonesio algo que entiendo por el tono: están hablando de precios, de compradores.

Mi garganta se cierra. Intento retroceder, pero el machete en su cinturón roza mi cadera, frío, amenazante.

—Muévete —gruñe él, empujándome.

Una puerta de metal se abre y me lanzan dentro. Tropiezo, caigo de rodillas, mis palmas raspadas contra el suelo áspero. La puerta se cierra de golpe, el sonido retumba como una sentencia.

Me acerco al rincón más lejano, mi respiración rápida, el corazón latiendo desbocado.

Por primera vez en mi vida, la esperanza parece un lujo imposible.

Sin embargo, incluso ahora, incluso rota y acorralada, una chispa absurda de rebeldía arde en mi pecho: si salgo viva de aquí, haré que cada uno de estos hombres pague.

Y mientras cierro los ojos para ahogar las lágrimas, escucho sus risas al otro lado de la puerta…

y me prometo que algún día, esas risas se convertirán en gritos.

Han pasado tres meses. Tres meses en este agujero de cemento que huele a orina, sangre seca y desesperación.

Tres meses de contar los días con arañazos en la pared hasta que dejé de contar.

Mis rodillas están hechas de piedra, mi garganta es una herida abierta.

He perdido la noción del tiempo, pero no la de mi hermano.

Puedo sentir a Theron buscándome, como si su rabia y su amor fueran un faro a través del océano.

Sé que debe estar volviéndose loco, destrozando el mundo pedazo a pedazo para encontrarme.

Y eso, más que darme consuelo, me aterra.

Porque sé lo que este lugar es capaz de hacer. Sé lo que ellos son.

Las puertas se abren con un chirrido. Dos hombres entran: uno pequeño, nervioso; el otro, alto, con ojos muertos. Llevan una caja de madera y un cuchillo que brilla bajo la luz mortecina.

—Dile a tu hermano que deje de buscar —dice el alto en un inglés torpe pero claro, como si quisiera que cada palabra me quemara en la memoria.

Mi corazón se hunde. Intento retroceder, pero no hay a dónde ir. Mis dedos buscan el suelo, como si aferrarme a algo pudiera salvarme.

—No —susurro—. No lo haré.

El más pequeño ríe, un sonido hueco.

—Entonces le enviaremos… un recordatorio.

Me agarran, me inmovilizan. Siento la soga áspera en mis muñecas, el frío del metal rozando mi piel. Lucho, pateo, grito, pero mis fuerzas son un suspiro comparadas con las suyas.

—No entiendes —jadeo, desesperada—. Si haces esto, lo enfurecerás. Eso lo matará.

—Eso es el punto, princesa —escupe el alto—. Queremos que se vuelva loco. Queremos que salga y sepa que no te encontrará.

Una lágrima caliente me resbala por la mejilla.

Pienso en Theron, en su risa, en cómo solía cubrirme con una manta cuando yo me quedaba dormida en el sofá.

Pienso en mi guitarra, en las manos de los niños en Indonesia.

El dolor llega como un relámpago, agudo y brutal.

No es solo físico: es una humillación que me arranca un grito que retumba en las paredes.

Mi cuerpo tiembla, pero mi mente grita aún más fuerte: No les daré lo que quieren.

Cuando todo termina, el pequeño sostiene una bolsa con algo dentro: mi dedo meñique. Lo coloca en la caja de madera como si fuera una joya. Mis ojos se nublan, pero no dejo de respirar. No les daré ese poder.

Me dejan en el suelo, rota, sangrando y temblando.

Escucho el sonido de la puerta cerrándose.

El eco del cerrojo es el eco de mi promesa: que algún día, Theron y…

alguien más—como una cobra silenciosa que me miró como si ya fuera suya en mis sueños de anoche—harán que estos hombres recen por una muerte rápida.

Cierro los ojos y me aferro a esa chispa de esperanza, incluso mientras la oscuridad amenaza con tragarme. Porque si me rindo ahora, entonces todo lo que he soportado—todo lo que me han quitado—habrá sido en vano.