CAPÍTULO 41
Maximilian
El olor a desinfectante me resulta insoportable.
No es el dolor lo que me molesta —estoy acostumbrado a las balas, a las cicatrices—, es la quietud, la espera forzada.
La enfermera termina de coser la herida con manos firmes, aunque la miro y sé que no es cualquier enfermera.
Reconozco su rostro a pesar de su cubrebocas, Willow.
—No soy cirujana, pero vas a vivir —dice con un tono más serio que compasivo. Me observa como si supiera exactamente quién soy, o al menos de qué clase de mundo vengo.
—Nunca dudé de eso —respondo, apretando la mandíbula cuando jala el hilo una última vez. —¿Vas a reportarlo?
Sé que las heridas de bala se reportan a la policía, no me importa. Tenemos a la policía comprada, pero al papeleo no es lo mío y no quiero lidiar con eso ahora.
—No sé de qué hablas, dijiste que te caíste y te cortaste.
Esta chica es lista. Me cae bien.
Willow me cubre el brazo con gasas y me mira fijamente, como si esperara algo más. Y entonces lo dice:
—Ella tiene derecho a saberlo.
—No. —Mi voz es cortante, seca.
No quiero preocupar a Hunter. Sé lo que las balas en mi cuerpo le hacen. Aunque esté enojada conmigo.
—Ya lo hice —contesta, sin apartar la mirada.
Me quedo helado, girando el rostro hacia la puerta justo cuando se abre de golpe.
Hunter.
Entra como un huracán, el rostro descompuesto entre lágrimas y miedo, sus ojos azules buscando mi figura con desesperación.
Cuando me encuentra en la camilla, sentado, con el brazo vendado, no dice nada.
Solo corre hacia mí. Su cuerpo choca contra el mío, sus manos tiemblan al tocarme, y antes de que pueda articular una palabra, sus labios buscan los míos.
Es un beso torpe, urgente, desesperado, cargado de un miedo que se convierte en alivio.
Un beso que me rompe por dentro porque nunca pensé que sería ella quien viniera a rescatarme a mí.
Cuando por fin se aparta, sus ojos están inundados, su voz temblorosa.
—No vuelvas a pelear conmigo, Max. No puedes… no puedes dejarme con la idea de que vas a morir, idiota.
Sonrío apenas, con un hilo de ironía que no logra ocultar lo que me quema por dentro.
—Vaya… tendré que dejarme disparar más seguido, Königin , si ese es el precio de tenerte así.
Ella me golpea el pecho con el puño cerrado, un gesto más de miedo que de rabia.
—No juegues con eso, Max. No vuelvas a hacerlo.
Willow se acerca a la puerta, su voz tranquila pero firme.
—No fui yo quien les dio permiso para este reencuentro, pero sí fui quien la llamó. —Nos mira a los dos, y sus labios se curvan en una media sonrisa—. Ustedes dos son raros… pero se necesitan. Los dejaré solos un momento.
Cuando cierra la puerta detrás de ella, el silencio se instala.
Hunter aún me sostiene el rostro entre las manos, como si temiera que pudiera desvanecerme en cualquier segundo.
Y yo, con su beso marcado en mis labios y su miedo aun latiendo contra mi pecho, sé que no hay bala ni herida que duela tanto como la idea de perderla.
—Lamento haber salido huyendo otra vez, Max. No es justo que ahora sea yo quien te abandone, no volveré a hacerlo si tú me prometes que no dejarás que nadie te dispare de nuevo.
—Lo intentaré si tú no vuelves a disculparte. No hay nada que disculpar.
Hunter me mira con esos ojos llenos de lágrimas y de fuego, y de pronto las palabras salen de su boca como un disparo directo a mi pecho:
—Te amo.
El tiempo se detiene. Mi respiración se corta.
—¿Qué dijiste?
Ella aprieta mis manos entre las suyas, temblando, pero firme.
—Te amo. Te amo, Max. No vuelvas a dejar que te disparen, por favor.
Mi garganta se cierra. No soy un hombre que tiemble, no soy un hombre que se quiebre.
Pero esas dos palabras… esas dos malditas palabras me hacen sentir más vulnerable que cualquier bala.
La abrazo fuerte, escondiendo mi rostro en su cabello, inhalando su olor como si fuera lo único capaz de mantenerme vivo.
—Lo intentaré, Königin. —susurro contra su piel—. Por ti, lo intentaré.
Me lleva a su apartamento. No acepta discusión.
Yo no protesto. Me cuida como si estuviera hecho de vidrio, en las próximas horas cambia las gasas de mi brazo como se lo aconsejó Willow, con manos suaves, prepara té caliente, pone una película que ninguno de los dos mira realmente.
La calma debería llegar, pero no llega. La tensión entre nosotros es tan espesa que se podría cortar con un cuchillo.
De pronto, ella me mira, seria, como si hubiera tomado una decisión imposible.
Su pulso está acelerado y el mío también. Joder, estoy excitado, necesito probarla.
—Quiero intentar algo.
Frunzo el ceño.
—¿Qué cosa?
Sus dedos se deslizan por mi pecho, lentos, seguros, hasta los botones de mi camisa.
Empieza a desabrocharlos uno a uno, dejando al descubierto mi piel marcada, mis cicatrices, los tatuajes que me definen más que las palabras.
Su mirada se detiene en mi pecho, donde la pitón emerge desde un costado y serpentea hasta cubrir parte de mi torso, enroscándose como si fuera una extensión de mí.
—Eres…muy hermoso —susurra, casi temblando— perfecto, incluso con todas tus marcas.
La camisa cae al suelo. Su mano sigue el camino del tatuaje, bordeando cada línea de tinta, como si quisiera memorizarla con la yema de los dedos.
El calor de su contacto me quema, me enloquece.
Baja la mirada, más abajo, con un atrevimiento que me hace contener el aire.
Mi polla está dura y ella puede notarlo, no es pequeña como para que no se dé cuenta de todas maneras.
Y puedo verlo en su rostro.
—Hunter… —mi voz sale rota, advertencia y ruego al mismo tiempo.
Ella sonríe apenas, inocente y peligrosa a la vez.
—Shhh… déjame cuidarte a mi manera.
Cuidarme, sí, jódeme.
Y sin esperarlo, sus manos, pequeñas pero seguras, encuentran mi cintura y trabajan con maestría en el cinturón.
Cada movimiento es lento, preciso, como si desarmara un secreto que solo ella tuviera permiso de descubrir.
El sonido metálico de la hebilla rompiendo el silencio es casi obsceno, un eco que hace que mi respiración se vuelva pesada.
Siento cómo la tensión se vuelve casi insoportable cuando su mano rodea mi polla y la saca, cómo su determinación me incendia por dentro, y la forma en que me mira—desafiante, vulnerable, ardiendo—me hace olvidar por completo el mundo fuera de este instante.
Su toque se vuelve más audaz, y yo cierro los ojos, apretando los dientes para no gemir demasiado pronto.
—Es…muy grande—dice y juro que sus ojos brillan.
—Y es toda tuya, cariño —apenas y reconozco mi voz.
Cada movimiento suyo es torpe y dulce, pero al mismo tiempo cargado de una sensualidad que me enciende como nada antes.
El calor de su boca rodea la base de mi polla y estoy jodido.
—Joder, Hunter… —mi voz se quiebra mientras mis manos buscan su cabello—. No sabes lo que me haces.
Ella ríe suave contra mi piel, y es la tortura más deliciosa que jamás haya sentido.
Su risa suave contra mi piel es peor que cualquier bala, porque me atraviesa sin remedio.
Me dejo caer contra el respaldo del sofá, intentando recordar cómo se respira, cómo se piensa, pero es inútil.
Hunter está entre mis piernas, chupándome la polla con su exquisita y perfecta boca, mirándome como si no hubiera monstruo alguno detrás de mis ojos.
—Hunter… —murmuro, con la voz rasgada, conteniendo el impulso de arrastrarla bajo mí.
Ella levanta la vista, sus labios apenas separados, y sonríe con una inocencia que no encaja con lo que está haciendo.
—¿No te gusta?
Su pregunta me destruye. Aprieto los puños, mi brazo herido arde, pero nada me duele tanto como saber que no hay vuelta atrás.
—Me gusta demasiado. —La agarro de la nuca, obligándola a mirarme—. Joder, Königin , tienes una boca exquisita… demasiado para un hombre como yo.
Sus mejillas se encienden, pero no retrocede.
—Entonces cállate y deja de pensar.
Casi rio, casi. Pero lo que me sale es un gruñido bajo, cargado de deseo y frustración. Mis dedos se enredan en su cabello, controlándola sin poder evitarlo y ella continúa chupando, usando su propia saliva como lubricante y haciendo que su mano suba y baje con precisión.
—No sabes en lo que te estás metiendo, Hunter. No sabes lo difícil que es contenerme cuando me tocas así.
—Entonces no te contengas —susurra, desafiante.
Ese golpe me atraviesa directo al pecho, tan inesperado y feroz que por un segundo olvido respirar.
Ella no entiende lo que sus palabras y ahora su boca despiertan en mí.
No comprende que, al desafiarme así, me arrastra al borde de un precipicio donde el deseo y el miedo se confunden, donde cada fibra de mi cuerpo grita por tomarla y cada recuerdo oscuro me exige protegerla incluso de mí mismo.
Su mirada brilla, desafiante y vulnerable al mismo tiempo, y esa mezcla me destroza.
Siento el pulso latiendo en mi garganta, el calor quemándome bajo la piel.
Mis manos tiemblan, no de duda, sino de la fuerza titánica que requiere contenerme.
Porque un movimiento en falso, una palabra de más, y todo lo que he construido para mantenerla a salvo se desmorona.
La agarro por la cintura y la atraigo contra mí, la respiración chocando entre nosotros en un suspiro que es casi un rugido.
Mi frente se apoya en la suya, mis labios rozan apenas su boca.
Estoy a un paso de romper todas mis promesas.
A un suspiro de dejar que la bestia que guardo dentro la reclame por completo.
—No sabes lo que me pides… —murmuro, la voz rota, grave, peligrosamente baja—. No sabes lo cerca que estoy de perder el control.
Su mano regresa a mi polla y comienza a trabajarla, su toque es una súplica y un desafío.
Ella cierra los ojos, su respiración se mezcla con la mía, y en ese instante, antes de que el mundo vuelva a entrar, dejo que mi voluntad se rompa solo un poco: la beso.
Un beso que no es suave ni paciente, sino un choque de hambre y necesidad, un clímax en el que mi corazón late fuerte que duele.
Y me corro, me corro con un gruñido y ella se bebe mi placer y gemido.
El mundo desaparece. Solo existimos ella y yo, el sonido áspero de nuestras respiraciones llenando la habitación y la certeza ardiente de que, por mucho que intente resistirme, ya no hay regreso posible.
Hunter sostiene mi mirada con una mezcla de inocencia y desafío que me quiebra, y luego, con un gesto tan juguetón como peligroso, lleva lentamente sus dedos a su boca.
Los lame con deliberada lentitud, sus labios cerrándose alrededor de ellos mientras sus ojos no se apartan de los míos.
El gesto es tan simple y, al mismo tiempo, tan devastador, que siento cómo el aire se espesa entre nosotros.
Es provocación y promesa a la vez, un recordatorio de que ella sabe exactamente el poder que tiene sobre mí.
Y lo tiene, joder.
Juro por todo lo sagrado que, en ese instante, puedo escuchar al diablo reírse a lo lejos, burlándose de mi arrogancia por creer que podía mantener el control. Ella, con un solo movimiento, me lo ha arrebatado todo.
—Hunter…
Me acaricia el pecho, justo sobre la pitón tatuada que parece enroscarse en mi corazón, y murmura:
—Lo sé, esperaré… pero no demasiado.
La beso. No con suavidad, no con paciencia.
La beso como un hombre que está a punto de perderlo todo y, aun así, se niega a soltar lo único que lo mantiene vivo.
La beso como hubiera querido hacerlo aquella noche en que la arranqué de las sombras de esa subasta.
Mi misión, como siempre, era infiltrarme, matar y liberar.
Un trabajo limpio, rápido, sin involucrar el corazón. Pero esa noche todo cambió.
La recuerdo detrás del cristal, temblando bajo esas luces crueles, con un vestido que apenas era un insulto a su dignidad.
Hermosa. Asustada. Y, aun así, irrompible.
Su mirada me atravesó como una bala: no fue pánico lo que vi, fue fuego.
En ese instante supe que no sería una víctima más que desaparecería de mi memoria.
Ella iba a ser mía. Pero no de la forma en que este mundo la había reducido.
Mía para protegerla, para enseñarle que el mundo aún tenía luz, para recordarle quién era.
Fue Markus —el hombre de Noel, su sombra silenciosa y eficiente— quien me contactó primero.
La información llegó en susurros: nombre, edad, conexiones.
Era la segunda vez que trabajaba codo a codo con Noel Ashford, y Markus sabía lo que significaban esos detalles.
Me dijo su nombre, Hunter Sterling, y añadió una frase que desde entonces se grabó en mi mente: "Es una princesa de la mafia londinense.
Si la salvas, Viper, no solo rescatas a una mujer… rescatas a tu futura reina."
El viejo lo sabía, sé que lo vio y lo que ella hizo en mí.
Es demasiado sabio el muy hijo de puta, tendré que ofrecer otros veinte millones a Noel para que Markus trabaje para mí, pero se rehúsa.
No me reí entonces. Ni siquiera lo discutí.
Porque en el fondo, mientras la observaba detrás de ese cristal helado, ya lo sabía.
Hunter no era solo una pieza más en mi tablero.
Era el único movimiento que siempre cambiaría el juego.