CAPÍTULO 40
Maximilian
Estoy jodido. No porque tenga una bala con mi nombre esperando en cualquier esquina, ni porque cada misión sea un recordatorio de lo que soy, sino porque Hunter se ha metido bajo mi piel de una forma que nada ni nadie logró antes.
He tenido mujeres. Tengo poder, dinero, sangre en mis manos.
Pero nunca he tenido esto: un nudo en el pecho cada vez que escucho su voz quebrarse, una necesidad absurda de querer darle todo lo que jamás he creído posible.
Y me aterra. Me aterra porque no soy el hombre que ella merece.
Ella merece calma, un tipo que sepa ser bueno, que no cargue fantasmas, que no se despierte cada noche con recuerdos de cabezas flotando en una pecera.
Y yo… yo soy todo lo contrario. Soy egoísta.
No pienso renunciar a ella, aunque sepa que mi sombra puede destruirla.
Mientras tanto, estoy con Noel, Claus y Azrael, preparados para desmantelar otro agujero infecto de trata.
Es de noche, la bruma se levanta del suelo mojado, y el olor a hierro y sal del muelle impregna el aire.
Nos movemos como sombras. Claus da órdenes rápidas, Noel revisa el perímetro con sus hombres, Azrael a mi lado no deja de observarme con esa mezcla de lealtad y rabia fraterna que siempre carga.
Todos sabemos qué estamos haciendo aquí. Y lo haremos sin titubear.
Entramos. El lugar es un almacén que no está nada abandonado como esperaba, pero los sonidos no mienten: un sollozo apagado, un portazo mal cerrado, la respiración contenida de quienes saben que la noche puede ser su último instante.
Mis hombres avanzan con precisión animal.
Disparos, gritos, cuerpos cayendo. El caos se enciende en cuestión de segundos.
Yo soy parte de él, soy su centro. Una bala atraviesa el aire cerca de mí, devuelvo fuego sin pensar, y cada vez que uno de esos bastardos cae siento que le arranco al mundo un poco de la podredumbre que lo consume.
Entonces la veo.
Una niña. No más de doce años, temblando en una esquina, sus ojos enormes brillando entre lágrimas. El corazón se me detiene. Porque esa cara… esa cara es un espejo torcido de las gemelas que perdí. De mi sangre. De mi maldita vida destrozada. Mi hermana.
—No… —susurro, avanzando, bajando el arma—. Ich bin hier. Ich werde dir nicht wehtun. (Estoy aquí, no voy hacerte daño)
Doy un paso. Otro. Pero algo dentro de mí grita que es imposible. Que no puede ser real. Que es un truco.
Y entonces, el fogonazo.
La bala me atraviesa el brazo antes de que pueda reaccionar.
El dolor es inmediato, cortante, me dobla, me roba el aire.
Caigo de rodillas, la sangre empapando la tela.
Disparo por instinto, acierto, el desgraciado cae.
Pero cuando miro otra vez hacia la esquina…
no hay nadie. Ninguna niña. Nada. Solo sombras.
—¡Max! —Azrael me alcanza, me agarra del hombro con fuerza—. ¡Joder, estás sangrando!
—Estoy bien —escupo, con los dientes apretados.
—No, no lo estás. —Su voz es dura, pero sus ojos revelan miedo. El mismo miedo que nunca admitirá—. Tienes que salir de aquí.
Noel llega detrás, su arma aún humeante.
—Ya está. El lugar está limpio. Las chicas están seguras. Misión cumplida.
Claus hace un gesto rápido a nuestros hombres, asegurando la salida.
Yo aprieto la herida, la adrenalina manteniéndome de pie.
Pero en mi mente, la visión sigue clavada como un cuchillo.
Esa niña inexistente, esa ilusión que me recordó lo que más odio admitir: sigo roto.
Y Hunter… Hunter nunca podrá ver esta parte de mí sin salir corriendo.
Azrael y Noel me arrastran hacia la furgoneta, Claus cierra la retaguardia. Las sirenas suenan a lo lejos, pero no son para nosotros. Nadie sabrá que fuimos los que hicimos justicia esta noche.
Una bala menos en el cargador. Una más en mi cuerpo. Y un vacío que ni el éxito de la misión logra llenar.