Viper (Código Negro 1) CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

Hunter

Despierto con un sobresalto. No es un grito ni un sueño lo que me arranca del sueño profundo, es…

algo más. Un murmullo en la piel, como si mi cuerpo supiera que el aire de esta habitación no está en calma.

Tardo unos segundos en ubicarme. No estoy en mi apartamento, ni en la mansión de Theron.

Estoy en una cama demasiado grande, cubierta por sábanas que huelen a madera, a cuero y a ese perfume inconfundible que solo Max desprende.

Me incorporo despacio, el corazón golpeando fuerte.

La luz tenue entra por las cortinas a medio correr y todo parece en orden, pero el silencio me pesa en los oídos.

Hay algo más, algo que no puedo ver. Camino descalza hasta el espejo, me veo despeinada, con su camisa colgando sobre mi cuerpo y un recuerdo inmediato me golpea: sus manos, su voz, sus órdenes, su forma de hacerme mirar lo que jamás habría tenido el valor de ver.

Me toco los labios, aún hinchados por sus besos, y cierro los ojos.

Una parte de mí quisiera creer que todo fue un sueño, pero la realidad está en mi piel, marcada, despierta, imposible de negar.

De pronto, creo escuchar un ruido lejano, como un golpe sordo, muy por debajo de mí, en algún lugar bajo tierra.

Me quedo helada, conteniendo la respiración.

El sonido se apaga tan rápido como llegó, pero el silencio después me parece más amenazante aún.

—¿Max? —susurro, sabiendo que no va a responder.

El eco de mi voz me devuelve el vacío. Camino de un lado a otro de la habitación, abrazándome a mí misma.

Todo en este lugar es demasiado masculino, demasiado suyo.

Estantes con libros de cuero, una chaqueta colgada en el respaldo de una silla, una caja de madera cerrada con llave sobre el escritorio. Nada grita hogar. Todo grita él.

Me siento en la cama otra vez, respirando hondo, tratando de convencerme de que no estoy en peligro.

Pero mi pecho se aprieta con la misma pregunta que no me atrevo a decir en voz alta: ¿quién es realmente Max cuando yo no lo estoy mirando?

Vi lo que hizo en ese edificio abandonado, pero sé que su oscuridad no se detiene a disparar a unos cuantos hombres.

Tiene un club de sexo, donde le gusta ver y además duerme aquí.

Estás volviéndote loca, Hunter.

Mis manos tiemblan cuando toco el guante que siempre me acompaña, recordándome mi propio pasado, mi propia oscuridad. Y entonces, como si lo hubiera invocado, la puerta se abre.

Él está ahí. La camisa manchada en un costado, las mangas remangadas, la piel brillante de sudor.

Me observa en silencio, con esa mirada que siempre me atraviesa, y por un segundo pienso que debería preguntar qué estaba haciendo.

Pero no lo hago. Porque en el fondo ya lo sé.

Y lo que más miedo me da no es lo que hace.

Es que, aun sabiendo todo eso, mi cuerpo se tranquiliza en cuanto lo ve.

Como si nada más importara mientras él regrese.

Lo veo cerrar la puerta tras de sí, despacio, como si no quisiera despertarme, aunque estoy completamente despierta. El silencio entre nosotros es tan denso que me corta la respiración. Y antes de poder contenerme, las palabras salen, ásperas, urgentes:

—¿Dónde estabas?

Max me sostiene la mirada. No intenta inventar una sonrisa, no se viste de excusas fáciles. Se queda quieto, la sombra de su figura imponiéndose contra la penumbra de la habitación, y ese silencio suyo duele más que cualquier mentira.

—Trabajando, cariño . —responde al fin, su voz grave, como si esa única palabra tuviera que bastarme.

—¿Trabajando? —repito, con un nudo en la garganta—. A estas horas, ¿esperas que me lo crea?

Avanzo un paso hacia él. Siento que estoy caminando sobre una cuerda floja, pero necesito decirlo, necesito saberlo.

—No puedes traerme aquí, desnudarme de todas mis defensas, y luego desaparecer como si nada. No puedes hacerme sentir… —mi voz se quiebra, me obligo a tragar saliva— como si fueras lo único sólido en mi mundo y después actuar como un fantasma.

Max no se mueve. Me observa, sus ojos grises cargados de una furia contenida, de un peso que no sé si quiero descubrir. Cuando finalmente habla, lo hace despacio, como si cada palabra fuera una confesión.

—Si te digo dónde estaba, no volverías a dormir tranquila nunca más.

Suspiro, dolida.

—¿Crees que ya duermo tranquila?

Por primera vez, su expresión se suaviza. Cruza la distancia entre nosotros en dos pasos y me toma del rostro con una mano, sus dedos ásperos, pero increíblemente firmes. Me obliga a mirarlo, como siempre hace, como si apartar la vista fuera un crimen.

—No preguntes lo que no quieres ver con tus propios ojos, Hunter —susurra contra mi piel—. Lo único que importa es que, cuando tú duermes, yo vigilo. Y si alguien se atreve a rozarte, no verá otro amanecer.

Hay algo raro, algo que apenas hace clic en mi cerebro. Él nunca se ha quedado dormido conmigo, siempre está como un animal vigilando en la oscuridad que nada malo me pase, pero empiezo a creer que me está protegiendo de él mismo, de sus demonios.

Un escalofrío me recorre, mezcla de miedo y alivio. Intento apartarme, pero él me sigue, su frente rozando la mía, su respiración devorando el aire que me queda.

—Eres un enigma para mí —le digo, con un hilo de voz.

Max sonríe, pero no es alegría. Es aceptación.

—Lo soy. Y seguiré siéndolo. Porque para mantenerte viva, no necesito ser tu príncipe. Necesito ser el monstruo que todos temen.

Me tiemblan las piernas, mi pecho arde, y lo odio porque sé que tiene razón. Y porque, aun así, mi cuerpo no se siente más seguro que en este momento, atrapado entre sus manos manchadas y su voz convertida en promesa.

—Llévame a casa. —La orden se me escapa antes de poder pensarla dos veces. Mi voz suena firme, pero mis manos tiemblan.

Max no se mueve. No parpadea. Solo me observa con esos ojos grises que parecen leerme de adentro hacia afuera, y lo odio por lo mucho que me desarma.

—¿Es así como será siempre? —responde al fin, su tono bajo, grave, tan controlado que me crispa los nervios—. ¿Me dirás que te lleve lejos cada vez que te traiga a mi mundo? ¿Cada vez que te muestre un pedazo de lo que soy? ¿Cada vez que intento estar contigo incluso siendo un hombre normal?

Él no tiene nada de normal, ni yo tampoco.

Trago saliva, sintiendo el peso de sus preguntas. Mi respiración se acelera, pero no aparto la mirada.

—Yo nunca te pedí nada de esto, Max. Me empujaste sin pedirme permiso. Y esperas que lo acepte… como si fuera natural. Como si fuera fácil.

Soy una hipócrita. ¿Por qué de pronto quiero hacerle daño?

Él da un paso hacia mí. Siento la tensión en su cuerpo, la tormenta que se agita detrás de su calma.

—Nunca dije que fuera fácil. Solo que es necesario. Y sí lo pediste, aunque ahora digas que no, no me hagas sentir como un hijo de puta que te obligó a ver y sentir cuando tú me lo pediste a gritos.

—¿Necesario? —mi voz se quiebra, ignoro todo lo demás que dijo porque tiene razón, y me odio por sonar herida cuando quiero sonar fuerte—.

¿Qué tiene de necesario hacerme ver… eso?

—señalo el cristal oscuro, ahora vacío, como si la imagen de esa pareja aún estuviera allí, quemándome la memoria—.

¿Qué tiene de necesario obligarme a sentir cosas que no entiendo, a vivir con un miedo constante de lo que harás cuando no estoy mirando?

Max se ríe, bajo, amargo, sin humor.

—Miedo. Siempre vuelves a eso. Me alejas por miedo. Huyes por miedo.

—Porque siempre estoy al borde contigo. —Mis ojos arden, y sé que me voy a romper si sigo hablando, pero no puedo detenerme—. No sé si quiero besarte o si quiero huir. No sé si voy a despertar viva en tu cama o si voy a perderme en tu oscuridad. Y tú actúas como si no importara.

Él me toma del brazo, con firmeza, sin violencia, pero con ese control que no me deja escapar.

—Claro que importa. Todo lo que haces, todo lo que dices, cada respiro que se corta en tu garganta… importa más de lo que debería. Y es precisamente por eso que no puedo soltarte.

Me quedo helada, atrapada en sus palabras, en su agarre. Mi pecho sube y baja rápido, y aun así consigo murmurar:

—Llévame a casa.

Sus ojos me atraviesan. Veo la lucha interna, la rabia, el deseo, la rendición que nunca admite frente a nadie. Y de pronto suelta mi brazo, pero no mi mirada.

—No terminará aquí, Hunter. —Su voz es una promesa peligrosa—.

Puedes correr a tu apartamento, encerrarte tras tus paredes nuevas, jugar a que tienes tu vida bajo control…

pero no importa cuánto huyas. Siempre terminarás conmigo.

Acéptalo de una puta vez. Somos como un imán.

No importa lo que hagas, no importa lo que haga, siempre terminaremos juntos.

No respondo. No puedo. Mis piernas me tiemblan demasiado. Él se gira, recoge las llaves de la mesa y camina hacia la puerta, su silueta imponente incluso en la penumbra.

—Vamos. —Su tono es seco, definitivo.

Me visto en tiempo récord. El trayecto de regreso es un silencio cargado, una batalla que ninguno de los dos quiere admitir en voz alta.

Él conduce con la mandíbula tensa, los nudillos blancos sobre el volante, mientras yo miro por la ventana como si las luces de Londres pudieran salvarme de esta prisión invisible en la que él me encierra cada vez que me nombra Königin.

Cuando el coche finalmente se detiene frente a mi edificio, mis manos se aferran al bolso como si fuera un salvavidas. Me preparo para salir, pero antes de que pueda abrir la puerta, su voz me alcanza.

—No lo olvides. —No me mira, pero cada palabra suya pesa como hierro—. Meine.

Mía.

Me giro hacia él, furiosa, dolida, agotada.

—Y si lo que necesito no es protección, Max, sino paz... a ti, no a Viper, solo a ti… ¿qué harás entonces?

Por un instante, creo ver dolor en sus ojos. Luego, vuelve la máscara, dura, implacable.

—Entonces tendrás que aprender a vivir sin todas esas cosas que no puedo darte.

Abro la puerta antes de que mi corazón explote y salgo sin mirar atrás, sabiendo que sigue allí, que me observa, que nunca me dejará de verdad.