CAPÍTULO 37
Hunter
El ascensor privado se abre y lo sigo sin saber a dónde me lleva esta vez.
Max camina con paso seguro, dueño de cada sombra y cada respiro de este lugar.
Yo debería sentir miedo, debería detenerme, pero mi cuerpo lo obedece sin pensarlo.
El aire en este piso es distinto: huele a cuero, a madera quemada, y a algo eléctrico que me eriza la piel antes incluso de saber lo que voy a ver.
Cuando la puerta de la habitación se abre—esta vez una diferente—, me quedo sin aliento.
Frente a mí hay un cristal enorme, como una vitrina que se ilumina con luces rojas y doradas.
Y al otro lado… una pareja. Ella está desnuda, de cabello negro y los ojos cubiertos por una venda de seda, y su cuerpo se arquea bajo las caricias de un hombre musculoso y dominante que la sostiene con firmeza.
La toca como si fuera un objeto sagrado, como si lo único que existiera fuera su placer y su control sobre ella.
Cada sonido que escapa de sus labios es puro abandono.
—Dios… —susurro, sin poder apartar la mirada.
Max no dice nada. Me guía hasta el centro de la habitación, sus manos bajando por mis brazos hasta detenerse en mi cintura.
La fuerza con que me sostiene no me da opción.
Siento el calor de su cuerpo detrás del mío, su respiración rozando mi cuello, y de pronto mis hombros se estremecen cuando sus dedos comienzan a desabrochar mi blusa, uno a uno, con una calma implacable.
—Déjame borrar el miedo, Hunter. Déjanos borrarlo todo.
No protesto. No puedo. Cada botón que se abre es una rendición silenciosa.
Su mano se desliza por mi piel, marcando un camino que me roba el aire, y cuando me encuentro de pie, vulnerable bajo la penumbra, entiendo que este lugar no está hecho para juegos inocentes.
Está hecho para probarme. Para empujarme más allá de los límites que siempre he temido.
El gemido de la mujer al otro lado del cristal corta mi respiración.
El hombre ha tomado un látigo fino y lo deja caer sobre su piel con precisión.
Ella grita, no de dolor, sino de algo más complejo, más oscuro, más íntimo.
Mi corazón late con fuerza. Mis piernas se tensan.
Y no sé si lo que siento es miedo o algo peor: deseo.
Los labios de Max rozan mi cuello, dejando un camino de fuego. Sus manos me rodean la cintura, sus dedos se clavan apenas en mi piel, y su voz, baja, ronca, vibra contra mi oído.
—No dejes de mirarlos.
Trago saliva, el calor me sube hasta el rostro. Obedezco, incapaz de apartar la mirada de la mujer vendada que se estremece bajo el dominio de su amante. Y mientras lo hago, Max me marca con cada beso, con cada caricia, como si mi piel le perteneciera.
Un jadeo escapa de mi garganta antes de poder contenerlo.
Mis piernas tiemblan, incapaces de sostenerme del todo, y mis manos buscan dónde aferrarse, pero solo encuentran el aire denso que nos rodea.
Todo me abruma: la mujer vendada al otro lado del cristal gimiendo bajo el control de su amante, los sonidos húmedos y cruelmente íntimos que llenan la habitación, y la voz de Max en mi oído ordenándome que no aparte la mirada.
El contraste es insoportable: lo que veo, lo que escucho, lo que él me obliga a sentir mientras me guía con la precisión de un verdugo y la devoción de un adorador.
Siento el desliz de mi ropa interior y una ráfaga de aire cubriendo mi sexo cuando me doy cuenta que estoy completamente desnuda, mis pezones están más duros, creo que desde que entré aquí, desde que sentí su mano cubriéndolos cuando estaba detrás de mí.
Cuando creo que no puedo más, un grito ahogado me rompe el pecho.
El fuego me consume cuando siento su boca descender con lentitud torturante, reclamando ese lugar de mí que siempre he negado, que siempre me pareció vacío, inalcanzable…
hasta que él lo tocó, hasta que él lo nombra con su lengua y me roba el sentido.
Mi espalda se arquea, mis dedos se clavan contra el cristal invisible que separa nuestro mundo del de la pareja, y mi voz tiembla.
Y mi pierna ahora está en su hombro. Succiona y muerde mi clítoris, moviendo su lengua con precisión para darme el placer que no pensé que pedía a gritos y que solo él sabe leer.
—Max… —mi susurro es roto, tembloroso, más súplica que reproche—. No… no puedo.
Su voz me llega grave, oscura, vibrando entre mis muslos como una orden sellada con fuego.
—Sí puedes, Königin. Y lo harás.
—Esto… esto es demasiado —jadeo, tratando de escapar, pero sus manos en mis muslos, abriéndome desde abajo me mantienen fija, prisionera de su deseo.
—No, Hunter —murmura, con esa firmeza que me desarma—. Esto no es demasiado. Esto es apenas el inicio.
Me ahogo en el torbellino que provoca, y entre lágrimas de placer y miedo susurro, quebrada.
La mujer al otro lado del cristal se entrega como si hubiera sido creada para ese instante.
Su cuerpo se sacude bajo cada embestida brutal, sus manos buscan un ancla que no existe, y aun vendada, su rostro refleja un placer desgarrador que me estremece.
El hombre la posee con una fuerza casi salvaje, tomándola con ambas manos en cada pecho y retorciendo sus pezones, el eco húmedo de sus cuerpos chocando llena la habitación con un ritmo que parece marcar mi propio pulso.
La intensidad de sus movimientos arranca gritos que resuenan contra las paredes, gritos que no suenan a dolor, sino a un gozo tan salvaje que parece arrancarle el alma.
Ella grita sin parar, entregándose y el hombre gruñe como un animal en cada embestida, su larga y gruesa polla está empapa de sus fluidos, de su placer.
Y entonces lo noto: la humedad que se extiende bajo ellos, la eyaculación femenina testigo de un clímax violento, desbordado, imposible de contener.
No es solo placer, es rendición absoluta, una explosión que se siente incluso desde este lado del cristal.
Me quedo helada, con el pecho subiendo y bajando demasiado rápido, porque lo que veo no es solo sexo, es un ritual, un acto de entrega en el que ella ha perdido toda voluntad y, aun así, parece más libre que nunca.
—Quiero… quiero lo de ella…
Él se detiene apenas, lo suficiente para hacerme estremecer con la ausencia, y su voz me golpea como un látigo.
—No. —Su tono es frío, cortante, pero cargado de promesa—. Ya te dije que no, tampoco te follaré aquí, no todavía. Mi reina merece más que un arranque en la oscuridad.
—Max… Pero eso es lo que quiero. —tiemblo, frustrada, perdida entre lo que deseo y lo que me niega.
Su boca vuelve a mi piel, marcándome con un beso ardiente, mientras susurra contra mí y luego pasa su lengua en mi clítoris de nuevo:
—Te torturo porque quiero que lo recuerdes. Porque cuando te tenga de verdad… no habrá retorno. Le daré a mi reina toda la oscuridad que quiera.
Y aquí está, torturándome con cada roce, con cada caricia que no llega a ser suficiente, llevándome hasta la cima de un cielo que nunca imaginé y dejándome caer de golpe en un infierno donde el placer duele, donde cada estremecimiento es un castigo y una recompensa al mismo tiempo.
Es cruel en su ternura, es despiadado en la forma en que me enseña que rendirme a él es tan insoportable como glorioso, y que en su mundo el paraíso y el dolor son la misma cosa, inseparables, inevitables, como cadenas de seda que me atan y me liberan en el mismo instante.
Sus dedos apenas me invaden, no llegan a llenarme del todo, pero ese roce nuevo, esa presión precisa en el lugar exacto, me sacude como un rayo.
Es diferente, es más íntimo, más profundo de lo que jamás había sentido.
Mi cuerpo responde sin pedir permiso, arqueándose, tensándose hasta el límite.
La sensación de estar poseída de esa forma, aunque sea mínima, aunque no me consuma por completo, me arrastra directo al borde de un abismo del que no quiero escapar.
El calor me devora desde dentro, me quiebro en mil pedazos contra su boca, contra la fuerza de su lengua que no me suelta, que me reclama entera.
Y cuando el grito se me escapa, cuando todo mi cuerpo explota en una oleada que me deja temblando y vulnerable, lo único que puedo pensar es que acabo de romperme en sus manos, en su control, en su cara, y que nada volverá a ser igual.
—Eso es—murmura con voz pesada—dame lo que es mío.
El silencio cae de golpe. Al otro lado del cristal ya no hay nadie. La pareja ha desaparecido. Solo quedamos nosotros dos en este altar de sombras, deseo y control.
Siento que me voy a derrumbar, pero Max me sostiene antes de que mis fuerzas me abandonen.
Me levanta en sus brazos como si no pesara nada, y me aferro a él, mi rostro escondido contra su pecho.
La fragancia de su piel me inunda, y aunque debería temblar de miedo, lo único que me envuelve es la seguridad de su abrazo.
—Duerme, Königin —murmura, grave, posesivo, como una sentencia.
Y lo hago. Me dejo llevar por la oscuridad, con el recuerdo de esa escena grabado en mi mente y la certeza de que Max me está conduciendo a un lugar del que ya no hay retorno.