Viper (Código Negro 1) CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

Maximilian

El motor del coche ruge bajo mi control mientras conduzco por las calles húmedas de Londres.

Aún huelo la pólvora en mis manos, aún siento la sangre de esos bastardos impregnada en mi ropa.

Y al lado, en el asiento del copiloto, está ella.

Silenciosa. Hundida en sus pensamientos.

Hunter mira por la ventana como si buscara respuestas en los neones borrosos, pero sé que está temblando.

Lo noto en la forma en que aprieta los dedos sobre sus rodillas, en cómo se muerde el labio para no llorar.

No he dejado de vigilarla ni un solo día. Ni una sola noche.

Ella cree que me alejé, que volví a desaparecer, pero no lo hice.

Nunca lo hice. Desde el momento en que regresé a su vida, mi mundo se redujo a seguirla con la mirada, a anticipar cada paso, cada peligro.

Y hoy… hoy la vi salir del St. Pearl con esa chica.

No era tan difícil darse cuenta de que algo andaba mal.

La tensión en sus hombros, la forma en que caminaba rápido, como si su cuerpo hablara en lugar de sus labios.

Era un ruego, aunque no me lo dirigiera directamente: haz algo, Max.

Yo lo hice. Y ahora ella sabe lo que hago y cómo lo hago.

Alerté a Claus y a Noel apenas confirmé hacia dónde se dirigía.

Han estado vigilando ese edificio durante semanas.

Rumores. Informes. Ecos de movimientos de trata.

Sabíamos que era cuestión de tiempo. Y hoy…

por fin lo desmantelamos. Pero no es suficiente.

No encontramos a todas las víctimas. No encontramos a la hermana de la que hablaba esa chica.

Y mientras ella respira a mi lado, no dejo de pensar en lo cerca que estuvo de convertirse otra vez en una prisionera, otra vez en carne de subasta.

Me sorprende que se haya subido al auto conmigo después de todo lo que me miró hacer, aunque no es ni la mitad de lo que les hago a esos hijos de puta. Pero como estaba ella presente, una bala en la cabeza era poco suficiente para mí.

Aprieto el volante hasta que mis nudillos se blanquean. La furia me sube como un veneno.

—¿En qué demonios estabas pensando, Hunter? —Mi voz rompe el silencio, grave, vibrante, peligrosa.

Ella se sobresalta. Sus labios se abren, pero no sale sonido. La miro de reojo, y veo el pánico en sus ojos azules, el mismo pánico que me parte el alma y me arranca la razón.

—Pudiste haber muerto ahí dentro. —Golpeo el volante con la palma de la mano, el ruido seco la hace temblar—. Pudieron haberte usado, vendido, roto en pedazos. Y aun así fuiste directo a la boca del lobo sin siquiera avisar.

—Yo… —su voz es apenas un susurro—. Yo solo quería ayudarla.

Me río, amargo, sin humor.

—¿Ayudarla? ¿Metiéndote sola en un maldito nido de serpientes? ¿Qué hubieras hecho si yo no llegaba a tiempo, ¿eh?

Ella tiembla, se encoge contra la puerta como si quisiera desaparecer. Su labio inferior tiembla.

—Por favor… no te enojes conmigo.

La frase me golpea más fuerte que cualquier bala.

La quiero sacudir, gritarle que no entiende, que cada vez que corre un riesgo mi corazón se convierte en una bomba a punto de estallar.

Pero verla así, tan pequeña, tan frágil, suplicándome que no me enoje…

me desarma. Acelero, mi respiración desordenada.

No puedo calmarme. No con ella a mi lado, tan cerca, tan jodidamente vulnerable.

Y lo peor es que me mira como si yo fuera el monstruo que la asusta más que todo lo que acabamos de dejar atrás.

El rugido del motor llena el silencio entre nosotros.

Mis manos aprietan el volante como si quisiera arrancarlo de raíz.

Ella sigue encogida contra la puerta, temblando, con los labios entreabiertos como si quisiera hablar y no se atreviera.

Y la escucho otra vez, esa súplica que me taladra la cabeza.

Por favor, no te enojes conmigo.

El mundo se me rompe en ese instante. Freno de golpe, el chirrido de las llantas se mezcla con su jadeo asustado. El coche se detiene en seco en medio de una calle oscura, iluminada solo por la luz parpadeante de un farol. Apago el motor, y el silencio que queda es sepulcral.

Me giro hacia ella. Sus ojos azules me miran con terror contenido, como si estuviera esperando un castigo. Y eso me destruye. Me inclino hacia su lado, mi mano sube con brusquedad hasta su rostro. La agarro de la barbilla, firme, obligándola a girar la cara hacia mí.

—Mírame, Hunter. —Mi voz sale baja, ronca, cargada de una furia que no sé cómo controlar—. No estoy enojado contigo.

Ella parpadea, confundida. Sus labios tiemblan bajo mis dedos.

—Es miedo. —Las palabras me queman la lengua, pero las digo igual, porque necesito que lo entienda—.

¿Lo entiendes? No soporto la idea de perderte otra vez.

No después de lo que pasó, no después de cómo te arrancaron de mis brazos.

Prefiero que me odies toda la vida a verte muerta dentro de un maldito edificio como el de hoy.

Una lágrima resbala por su mejilla, y mi pulgar la atrapa antes de que caiga. Su respiración es errática, la mía también. La tensión en el aire es insoportable, un hilo a punto de romperse.

—Max…lo siento, pensé que podía…ayudar —susurra, y ese nombre en sus labios me arranca el alma.

Acerco mi frente a la suya, sin soltarla. Mi voz se vuelve un murmullo feroz.

—No juegues con tu vida, Königin . Porque si lo haces, me matas a mí también.

Su aliento choca con el mío. Ella tiembla, no sé si de miedo, de rabia o de algo que no quiere admitir. Y yo… yo me quedo ahí, sosteniéndola, como si soltarla significara dejarla caer en un vacío del que no volvería.

Su piel tiembla bajo mis dedos. Puedo sentirlo.

No importa cuánto intente ocultarlo, su cuerpo habla por ella.

Y ese temblor me mata porque no sé si lo provoco yo o el recuerdo de los hombres que casi la arrancan otra vez de este mundo.

Mi frente sigue pegada a la suya, mi respiración mezclada con la suya, y durante un instante lo único que existe es ese punto de contacto donde ella tiembla y yo me quiebro.

—No entiendes lo que es perderte, Hunter —susurro, apretando un poco más su barbilla para que no se aparte—.

No entiendes lo que significa escuchar tu grito y no poder detenerlos.

Escuchar tu nombre en mi boca mientras la sangre me salía del pecho.

Joder… —cierro los ojos un segundo, el recuerdo ardiendo—.

Pensé que iba a morir allí, y lo único que me importaba era que estabas lejos de mí.

Ella me mira, sus pestañas húmedas, la garganta subiendo y bajando con dificultad. Sus labios se mueven, apenas, como si quisiera protestar.

—Yo también pensé que habías muerto, Max.

Y viví con eso cada día, cada noche. ¿Sabes lo que es despertar gritando tu nombre, buscando tu voz y no encontrar nada?

—se le quiebra la voz, y siento su dolor como una bala nueva atravesándome—.

Me destrozaste cuando no volviste. No fueron ellos… fuiste tú.

Las palabras me arrancan el aire. La dejo hablar porque no puedo, porque mi lengua es una piedra dentro de mi boca. Ella me acusa con lágrimas en los ojos, y cada lágrima es un castigo que merezco.

— Te odio por eso —dice de pronto, bajito, pero tan letal como cualquier disparo—. Te odio porque no sé cómo dejar de necesitarte.

Mi mano se desliza de su barbilla a su mejilla, mis dedos trazan el contorno de su rostro como si pudiera memorizarlo una vez más. Mi voz tiembla, pero sale grave, dura, llena de verdad.

—No desaparecí porque quise. Lo hice porque pensé que te protegía. Que, si no me tenías cerca, no volverían a usarte para llegar a mí. Creí que era la única manera de mantenerte a salvo.

Ella niega con la cabeza, y el movimiento hace que una lágrima se estrelle contra mi pulgar.

—Me dejaste sola.

Mi pecho se contrae, un dolor antiguo, insoportable. No puedo discutirle porque tiene razón. Así que solo digo lo único que aún puedo ofrecer.

—No volveré a hacerlo, joder. No puedo alejarme un solo segundo. Quiero ser yo quien te destruya.

Se queda inmóvil, como si no supiera si creerme. Su respiración es rápida, lo que daría por follarla ahora mismo. El coche es un ataúd con ruedas, lleno de pasado, de sangre, de confesiones que nos destrozan y nos atan al mismo tiempo.

Finalmente, bajo la voz hasta un susurro, tan cerca de su boca que el aire que exhalo vibra entre sus labios.

—Dime que me odias, Hunter. Dímelo ahora y me aparto. Pero si no lo dices… —mi mano se aprieta en su cuello, desesperada—, no pienso soltarte nunca más.

Ella me mira, con sus ojos azules brillando bajo la farola, temblando como si cada palabra mía la incendiara. Sus labios tiemblan, pero no dice nada. Y ese silencio lo dice todo.

No lo aguanto más. El silencio, sus labios temblando, sus ojos ardiendo de rabia y necesidad.

La tomo con fuerza y la beso. No con ternura, no con suavidad, sino con toda la desesperación que he guardado en este pecho desde aquella maldita noche en que me la arrancaron.

Su boca se abre bajo la mía y el mundo se quiebra.

Es un beso rabioso, roto, lleno de todo lo que no hemos dicho, de todas las noches que nos arrancaron.

Ella gime contra mi boca, un sonido ahogado que me incendia por dentro.

Su mano se aferra a mi cuello, su cuerpo tiembla contra mí, y en un segundo el coche deja de ser una máquina estacionada en la oscuridad para convertirse en un campo de batalla donde solo existimos ella y yo.

Mi lengua invade la suya, su respiración se corta, y la beso más hondo, más fuerte, como si pudiera grabar mi nombre en cada rincón de su alma.

Cuando finalmente nos separamos, mis labios bajan a su cuello, mordiendo, probando, reclamando. Ella se arquea contra mí, un jadeo se escapa de su garganta.

—Max… —susurra, su voz un ruego—. Quiero más.

La palabra me enloquece. Podría follarla aquí mismo, sobre el asiento, con su falda subida y sus piernas abiertas para mí. Podría destrozar lo que queda de su resistencia y perderme en su cuerpo hasta el amanecer. Podría. Pero no.

Agarro su rostro otra vez, obligándola a mirarme, mis labios rozando los suyos. Mi voz sale baja, dura, posesiva.

—No voy a follarte aquí, Hunter. No así. No en un coche, no como si fueras cualquiera coño al que mi polla desea entrar.

Ella parpadea, confundida, su respiración entrecortada. Yo sonrío, amarga y peligrosamente.

—Mereces más. Mereces todo. Mi reina merece solo lo mejor.

Ella tiembla al escuchar esa palabra: reina. La saboreo en mis labios, en alemán, como un título sagrado que solo ella posee: Königin.

Sin apartarla de mi regazo, estiro una mano y arranco el coche. El motor ruge, la vibración la sacude contra mi cuerpo. Mis brazos la mantienen pegada a mí mientras conduzco con una mano, el volante firme, la dirección clara.

No la llevo a su apartamento. No la llevo con su hermano. La llevo a donde pertenece.

A mi club.

A mi casa.

A mi reino.