Viper (Código Negro 1) CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

Hunter

Un mes después

Lo necesito. Aunque me mate admitirlo, aunque cada fibra de mi orgullo me grite que no lo haga, que lo odie, que recuerde cómo me dejó rota aquella noche.

No fue él quien huyó esta vez. He sido yo.

Un mes entero escapando, fingiendo que podía seguir adelante, que podía respirar sin sentir su sombra en cada esquina.

Pero él ha estado ahí. Siempre ahí. No importa si voy al St. Pearl, si camino hacia mi apartamento o si me pierdo entre las calles de Londres: Lo sé. Él me vigila.

Y lo peor es que, por más que lo intento, no puedo estar enfadada con él por hacerlo.

Lo que sí no puedo perdonarle es haber desaparecido durante casi dos años.

Un año y medio en el que pensé que estaba muerto, que la bala lo había arrancado de este mundo y que lo último que escucharía de él sería mi nombre gritado en medio del caos.

Me escondí detrás de esa versión en mi cabeza, de esa idea de que nunca más lo vería, porque era más fácil llorar a un muerto que odiar a un fantasma.

Y, sin embargo, aquí está. Vivo. Respirando.

Jugando con mi mente como si nada hubiera cambiado.

Y lo que hizo en su club. Todavía puedo sentir el dolor en mi núcleo al recordar su lengua, como succionaba y chupaba mi clítoris, la forma en cómo me corrí, tan fuerte, tan real.

Y pensar que, solamente era su lengua. Él mismo lo dijo: Me dará su polla como un premio. Me pregunto cuándo sucederá.

Me dejo caer contra la almohada, cerrando los ojos con fuerza.

Su olor sigue en mi piel, incluso después de la ducha.

No importa cuánto intente borrarlo: está ahí, impregnado, como si me recordara que no hay lugar seguro donde escapar.

Y me odio a mí misma porque parte de mí lo agradece.

Porque esa misma parte se muere por volver a sentir sus manos.

—Maldito seas, Max —susurro, con la voz rota, sabiendo que, aunque no esté aquí, de alguna forma me escucha.

El aire del St. Pearl siempre huele a una mezcla de desinfectante barato y café recalentado.

Pero también huele a esperanza, a algo que se reconstruye lentamente en medio de las ruinas.

Camino por los pasillos con una carpeta contra el pecho, escuchando el murmullo de voces bajas, de mujeres que intentan adaptarse a un lugar seguro después de haber vivido demasiado tiempo en un infierno.

Clara, la directora, aparece a mi lado. Su mirada firme siempre logra hacerme sentir en casa.

—Hunter, hay una chica nueva —me dice en voz baja, como si no quisiera asustar más a la joven que espera en la sala común.

La veo sentada en una esquina, encogida sobre sí misma. Una taza de leche caliente entre las manos, intacta, como si el vapor fuera demasiado para tocarlo. Su cuerpo tiembla bajo la luz blanca del salón y sus ojos oscuros parecen atrapados entre el miedo y la desesperación.

—Habla con ella —me pide Clara, tocándome el hombro. Y no necesito más.

Me acerco despacio, arrodillándome frente a la muchacha para no parecer una sombra amenazante.

—Hola… soy Hunter —le digo, mi voz suave, la misma que me hubiera gustado escuchar a mí cuando todo parecía perdido—. No tienes que hablar si no quieres. Estoy aquí para ayudarte.

Ella levanta la vista. Sus labios tiemblan antes de moverse.

—Tengo una hermana… —susurra, y una lágrima le resbala por la mejilla—. Está atrapada. Tiene doce años. La dejaron en el lugar donde yo estaba. Yo escapé, pero ella… ella sigue ahí.

El corazón se me congela.

—¿Doce? —repito, apenas creyéndolo.

Es solo una niña.

La chica asiente frenéticamente, las manos aferradas a la taza como si esa fuera su única ancla.

—Por favor, tienes que ayudarme. Si no voy por ella ahora, ellos la van a mover.

Sé dónde está. Sé dónde se escondió. Yo misma la metí ahí, detrás de un panel roto.

Por favor. Te lo suplico. No confío en nadie más, te vi en la televisión, eres…

como un ángel, recordé este lugar y vine aquí… por favor… sabes de lo que son capaz.

La súplica me atraviesa como un cuchillo.

Porque recuerdo. Recuerdo el cristal, las luces, las voces de hombres pujando por mí como si fuera mercancía.

Recuerdo el sonido de mi propio grito cuando me arrancaron de los brazos de Max.

Recuerdo la sensación de abandono absoluto, de ser un cuerpo sin dueño, una cosa.

Y pienso en esa niña de doce años, acurrucada en un rincón sucio, esperando que alguien llegue por ella.

Nadie llegó por mí esa primera vez. No puedo permitir que eso se repita.

—Está bien —respondo, más firme de lo que me siento por dentro—. Te ayudaré.

—Ahora —insiste ella, sus dedos temblando sobre mi brazo—. No podemos perder tiempo. Ellos regresarán, tenemos que sacarla de ahí. Es mi pequeña hermanita.

Asiento, sin dudar.

—Vamos.

Nos movemos rápido, casi a escondidas, como si Clara no debiera enterarse.

Afuera, la ciudad nos recibe con su aire helado y húmedo.

Cada paso que doy me aprieta el pecho, pero no me detengo.

No sé porque siento que es una mala idea haber venido sola, sin avisarle a Max o a mi hermano, pero la chica dice que su hermana está sola, es algo fácil de hacer, la sacamos de ahí y regresamos al centro para que la ayuden a ambas. Ese es mi trabajo.

Ayudar. Tiene que ser sencillo. ¿verdad?

Entra a mi coche y le pongo una manta encima cuando no deja de temblar.

Nos alejamos un poco de la ciudad y vamos hacia el otro lado de Londres donde la delincuencia es el centro de atención cerca de Chelsea.

La chica me guía hacia un edificio en ruinas, ventanas tapiadas, grafitis en las paredes.

Un lugar que cualquiera pasaría por alto.

Ella se detiene frente a una puerta lateral, la señala con manos temblorosas.

—Aquí.

Mi respiración se acelera. Siento un nudo en el estómago, un presentimiento frío que me cala los huesos en cuanto nos bajamos de mi auto.

—¿Está… aquí dentro?

Asiente con lágrimas en los ojos y caminamos hacia la entrada poco destruida.

—Mi hermana… por favor.

Trago saliva, tomo aire y empujo la puerta oxidada. El chirrido me hace estremecer. Avanzo un paso, dos… y ahora lo entiendo. El silencio. El olor rancio. Demasiado vacío.

Trampa.

Un ruido seco detrás de mí. Varios. Siento la presencia antes de girarme.

Sombras que se mueven, pasos pesados, hombres saliendo de las esquinas como depredadores que han estado esperando.

El terror me paraliza, pero no tengo tiempo de gritar.

Una mano me agarra el brazo con fuerza. Otra se estira hacia mi cintura.

Y en ese instante, un rugido corta el aire. Un disparo. Otro. El eco ensordecedor retumba en las paredes vacías. Los hombres caen como piezas de dominó. El olor a pólvora llena el aire.

Y ahí está.

Oscuro, letal, como si la muerte misma hubiera entrado con él. Su pistola en alto, cada disparo preciso, cada paso seguro. El mundo se desmorona a mi alrededor, y, sin embargo, en medio de ese caos, lo único que siento es alivio.

Él vino por mí.

No es Max ahora, es el Viper , es lo que hace, es lo que es.

El eco de los disparos me retumba en el pecho.

El brazo que me sujetaba se suelta, el cuerpo cae a mis pies, y la sangre caliente me salpica las medias.

El grito se me ahoga en la garganta. Max no se detiene.

Avanza como un depredador en terreno marcado.

Su silueta se mueve rápido, precisa, cada disparo es un golpe seco que silencia a otro hombre.

El caos estalla en segundos: ellos intentan reaccionar, pero no hay oportunidad.

Lo veo girar, disparar dos veces sin mirar, y los cuerpos caen con un sonido húmedo, brutal.

Uno de los hombres alcanza a abalanzarse hacia mí.

Apenas puedo retroceder cuando Max se interpone, sujetándolo del cuello con una mano y estrellándolo contra la pared.

El crujido del hueso me revuelve el estómago.

El hombre intenta hablar, suplicar, pero la pistola en la sien corta cualquier intento.

El disparo es tan cercano que el aire caliente me golpea la cara, pero Max me sostiene de la cintura y no me protege para que la sangre no golpee ninguna parte de mi ropa.

Como si eso importara ahora.

Me llevo las manos a la boca, horrorizada. Pero no aparto la mirada. No puedo.

La chica que me trajo hasta aquí chilla, pero sus gritos se ahogan entre la pólvora y los rugidos de los hombres que aún quedan.

Y Max… Max es un huracán. Se desliza entre ellos con una frialdad sobrehumana.

Dispara, corta, rompe huesos, cada movimiento un recordatorio de quién es realmente: Viper.

El líder que no se detiene hasta exterminar la plaga.

El olor a sangre se mezcla con el polvo del lugar.

Mis piernas tiemblan, mi estómago se revuelve.

Pero en medio del terror, una chispa me recorre: seguridad.

No debería sentirla. No cuando el suelo está alfombrado de cadáveres.

No cuando lo acabo de ver arrancarle la vida a un hombre con las manos desnudas. Y sin embargo… lo siento.

La última sombra intenta escapar por la puerta trasera. Max no falla. El disparo lo tumba antes de llegar al umbral. El silencio vuelve, solo roto por el zumbido en mis oídos. Me sacudo desde su agarre, pero me sostiene con fuerza, me hace que mire, que mire lo que es él, lo que hace.

Max baja la pistola despacio, su pecho sube y baja, pero su rostro sigue inmutable, implacable. Inclina su rostro hacia abajo para verme, y la mirada que me dedica me corta el aire. No hay disculpas. No hay suavidad. Solo posesión.

—¿Lo ves, Hunter? —su voz es grave, peligrosa, aún vibrante de violencia—. Así termina cualquiera que crea que puede tocarte.

Mis manos tiemblan, el poco desayuno en mi estómago me sube hasta la garganta, pero no aparto la mirada.

Mis ojos se llenan de lágrimas, no sé si de miedo o de alivio.

Acabo de ver lo que es Max. Lo que siempre fue.

El mundo que destruye… lo destruye así. A sangre, fuego y pólvora.

Y lo peor es que no sé si quiero correr o dejar que me lleve con él.

El brazo de Max sigue firme en mi cintura, y apenas me deja respirar.

Mi pecho sube y baja en un ritmo frenético, mientras el silencio en el edificio abandonado es denso, casi insoportable.

Quiero gritar, quiero salir corriendo, pero no puedo.

Él no me suelta. Y parte de mí… tampoco quiere que lo haga.

Un sonido rompe ese silencio: pasos que no son de enemigos.

Voces que conozco, graves, seguras. Me giro apenas cuando la puerta del fondo se abre y dos siluetas emergen entre la penumbra. Claus y Noel.

La chica que me trajo hasta aquí solloza con fuerza al verlos, sus rodillas ceden y se arrastra hacia ellos como si fueran la única esperanza que le queda. Noel se inclina de inmediato, sus manos firmes pero suaves al sujetarla por los hombros para que se ponga de pie.

—Perdón… —llora, su voz quebrada mirándome—. Yo no sabía… no sabía que ellos estarían aquí…lo juro.

Claus se mantiene detrás, con mirada fría, evaluando cada detalle. Noel le limpia las lágrimas con el dorso de la mano, un acto que no soy la única que lo toma por sorpresa, de los 3 Noel es el más…raro en un sentido que va más allá de lo tímido o frío.

—Mírame. Respira. ¿Qué pasó? —la levanta del suelo.

—Mi hermana… —balbucea, jadeando entre sollozos—. Tiene doce años… sigue ahí, escondida… ¡por favor, ayúdenme!

Mi corazón se estruja con esas palabras. Doce. Una niña. El recuerdo me sacude como una ola violenta, trayendo de vuelta el espejo de lo que yo misma viví.

Noel intercambia una mirada con Claus.

—¿Dónde? —pregunta Claus, su voz seca, dura como el metal.

Ella abre la boca para responder, pero el cuerpo le falla. Sus ojos se van hacia atrás, y antes de que caiga de lleno contra el suelo, Noel la atrapa en sus brazos. La sostiene con facilidad, murmurando algo en otro idioma que no alcanzo a entender.

—Está en shock —dice Noel, mirando a Max por encima de la chica desmayada—. Pero dice la verdad.

Max finalmente me suelta, aunque su mano tarda demasiado en dejar mi cintura. Avanza hacia Noel, sus ojos grises helados como cuchillas.

—Que despierte. La quiero con detalles. Todo. —Su voz es una orden, fría, sin rastro de la suavidad que tuvo conmigo segundos antes.

Yo no me muevo. Me quedo clavada en el mismo sitio, temblando, la imagen de la niña grabada en mi mente como una herida nueva. Y lo único que puedo pensar es que, si es verdad… si hay una niña de doce años todavía atrapada… no se detendrán hasta sacarla de este infierno.