CAPÍTULO 33 #2
—No querrás saberlo.
—Dímelo. —El vino me da un poco de valor, aunque mis manos tiemblen bajo la mesa—. Necesito saberlo.
Él deja la copa, entrelaza las manos sobre la mesa y me observa como si decidiera si estoy lista para cargar con la verdad.
—Destruyo ese mundo, Hunter. El mismo que te robó la paz, el que alimenta tus pesadillas y llena tus noches de gritos ahogados.
Lo arranco de raíz, lo quemo, lo desangro hasta que no queda nada más que cenizas.
Y no me arrepiento. Cada hombre que cae por mis manos es un infierno menos para una mujer como tú.
Sí, tengo las manos manchadas de sangre…
pero es sangre que merecía ser derramada.
El aire se me queda atorado en los pulmones.
—¿Con Claus y Noel?
—Sí, yo comencé, Noel y Claus se unieron después. —Lo dice con un deje de diversión en la voz, pero en sus ojos no hay nada divertido. Solo oscuridad, solo cansancio. Como si al pronunciarlo, tratara de restarle peso, cuando en realidad le añade toneladas.
Me muerdo el labio, incapaz de apartar la mirada.
—No me juzgues, cariño —su voz se suaviza, pero se vuelve más peligrosa que nunca—. No tú.
Niego con la cabeza, aunque siento las lágrimas queriendo subir. Porque sé que hay un motivo más, siempre vi dolor en su mirada, además de fuego y peligro.
—No lo hago.
Él sonríe, pero su sonrisa es amarga, un filo que corta en lugar de acariciar.
—Lo haces. Me ves así. —Se detiene, su voz baja, rota por un segundo—. Lamento no ser un príncipe. Lamento tener las manos manchadas de sangre.
Mi copa tiembla y la dejo en la mesa antes de romperla.
Mis labios arden con palabras que no sé si quiero soltar.
Lo miro, realmente lo miro, y entiendo que no hay máscaras en lo que me está diciendo.
Que no intenta ser un monstruo para asustarme ni un héroe para seducirme. Simplemente está ahí. Oscuro. Real.
Y me aterra cuánto me atrae esa verdad. Me quedo mirándolo como si estuviera viendo un abismo abierto justo frente a mí.
Sé que debería apartar la mirada, recordar lo que pasó, recordarme a mí misma que este hombre no es una salvación sino una condena, pero no puedo.
Hay algo en esa confesión desnuda, en ese “ lamento no ser un príncipe ”, que me golpea más fuerte que cualquier caricia.
Yo nunca he querido un príncipe.
Mis labios se mueven antes de que pueda detenerme.
—No es tu sangre lo que me asusta… —mi voz tiembla, pero sale—. Son tus silencios. Tus desapariciones. Esa forma en que me arrancaste de tus brazos como si… como si nunca hubiera significado nada.
Su mandíbula se tensa, y por un instante lo veo. Veo al Max que sangraba aquella noche, el que me perdió en un segundo que parecía eterno. Su mirada se oscurece, y sé que golpeé donde duele.
—La traición no fue tu culpa —continúo, respirando hondo, tratando de no quebrarme—. Y el disparo tampoco. Pero desaparecer… eso sí fue tu elección, Max. Eso sí me lo hiciste tú.
El silencio que sigue es insoportable. Solo se escucha el latido de mi corazón, retumbando en mis oídos.
Me arrepiento de haberlo dicho y, al mismo tiempo, siento que, si no lo soltaba, iba a destruirme por dentro.
Él me mira como si estuviera decidiendo entre romper la mesa con un golpe o acercarse y besarme hasta arrancarme el aire.
En sus ojos hay furia, hay dolor, pero también hay algo que me arrastra y que no sé si quiero resistir.
Finalmente, habla. Su voz es baja, pero vibra como un trueno contenido.
—Nunca fuiste un nada. Y si te dejé… fue porque pensé que alejarme era lo único que podía mantenerte viva.
Mis ojos arden, y odio las lágrimas que luchan por salir.
—Y me mataste igual. Solo que de otra manera. Yo te necesitaba, te buscaba en la oscuridad… no estabas.
Él cierra los ojos un segundo, como si mis palabras fueran un disparo más directo que el que casi lo mató aquella noche.
Cuando los abre, su mirada me devora, y la tensión entre nosotros es tan brutal que me siento incapaz de moverme.
Lo odio. Lo deseo. Le temo. Y lo peor es que, lo único que quiero es que me vuelva a tocar, pero el silencio se alarga demasiado, tanto que siento que me ahogo en él.
El aire de este restaurante privado ya no me parece elegante ni sofisticado, sino una celda con paredes de cristal.
Muevo la copa a un lado, me levanto con un impulso que me sorprende a mí misma, y lo miro desde arriba con las manos temblando.
—No puedo. —Mi voz se quiebra, pero no la bajo, es mi momento de huir—. Desapareciste. Pensé que habías muerto, Max. No puedes actuar como si nada pasó.
Él se endereza en la silla, los ojos grises oscuros, la mandíbula apretada.
—Hunter…
—No. —lo interrumpo, las lágrimas ya cayendo sin permiso—.
Esperas que lo acepte y ya, que me siente aquí contigo, que beba tu vino, que sonría como si no hubiera pasado nada.
¡Pero pasó! Me desperté en medio de la noche gritando tu nombre.
¡Tu maldito nombre! Y nunca contestaste. Ningún mensaje. Me rompiste el corazón.
Sus labios se tensan, como si las palabras fueran cuchillas que lo atraviesan.
—No merezco estar aquí, Max. —El temblor en mi voz se vuelve más fuerte, más honesto—. No después de todo.
Lo veo cerrar los ojos un instante, inhalando como si intentara tragarse un huracán. Cuando los abre, no hay furia. Solo dolor. Dolor y algo que me parte en dos.
—Por favor, no te vayas.
—Tengo que irme…
Su silencio pesa, pero no intenta detenerme. Solo asiente, como si cada palabra mía lo arrancara en pedazos. Finalmente, su voz llega, baja, rota:
—Al menos… deja que alguien te lleve a casa. Tu auto… lo llevaré por la mañana.
No respondo. Asiento apenas, incapaz de verlo más. Camino hacia la salida, con las lágrimas secándome las mejillas, y me obligo a respirar.
Afuera, la noche de Londres me recibe con un aire frío que corta la piel.
De repente lo veo: un hombre espera junto a un auto negro, de pie, con las manos en los bolsillos.
La luz de la farola cae sobre su rostro, joven pero marcado por una belleza peligrosa, casi salvaje.
Su cabello oscuro está recogido en una trenza baja, y sus ojos, del mismo gris que los de Max, parecen analizarme sin parpadear.
—Hunter —dice, su voz grave, más suave que la de Max, pero con la misma firmeza.
Me detengo en seco, sorprendida.
—¿Quién eres?
Se acerca un paso, inclinando apenas la cabeza.
— Soy Azrael. El hermano de Max. Te llevaré a casa.
No sabía que tenía un hermano.
Mi corazón late más rápido. Giro apenas la cabeza, buscando a Max detrás de mí. Pero no está. El umbral del restaurante está vacío. Solo quedamos el desconocido y yo.
Mis labios tiemblan.
—Gracias —susurro.
Él abre la puerta trasera del auto con un gesto cortés, casi antiguo. Yo entro, y mientras lo hago siento sus ojos siguiéndome, pesados, como si también cargara con verdades que no estoy lista para escuchar.
El auto arranca. Y en mi pecho, un vacío diferente se abre.