CAPÍTULO 33
Hunter
El silencio en el auto pesa más que el cuero negro que me rodea.
Mis manos descansan sobre mi regazo, apretadas en puños, mientras miro la ciudad de Londres deslizándose tras el cristal.
Las luces de la noche parecen demasiado vivas, demasiado ajenas a lo que acaba de pasar.
Afuera todo sigue normal: bares, taxis, parejas caminando de la mano. Adentro, yo sigo temblando.
Max conduce con una calma insultante, una mano firme en el volante, la otra descansando en mi muslo aun tembloroso.
Su perfil es una máscara de control absoluto, ni una arruga en el ceño, ni un gesto fuera de lugar.
Como si para él fuera lo más natural del mundo meterme en una habitación con una pitón y con un cristal que mostraba sexo en vivo, como si arrancarme de mi vacío hubiera sido una tarea más de su día.
Yo, en cambio, siento mi piel arder. El recuerdo de su boca entre mis muslos me quema como si aún estuviera allí. Intento no moverme, intento no mirar mis manos porque sé que siguen temblando.
—Estás muy callada —su voz rompe el silencio con esa calma peligrosa que siempre me desarma.
Trago saliva.
—¿Qué esperas que diga?
Sus ojos se desvían un segundo de la carretera para atraparme.
—Pensé que esa actitud tuya y ese muro que has construido contra mí había quedado atrás, Hunter.
Aprieto los labios. Lo odio por esa seguridad, por esa manera de leerme como si fuera un libro que ya ha memorizado.
—No voy a hablar de eso contigo.
Él sonríe apenas, la curva de sus labios es más peligrosa que cualquier arma.
—Ya lo hiciste. Con tu cuerpo. Tu coño lloró mucho en mi boca.
Un escalofrío me recorre. Giro la cara hacia la ventana, buscando refugio en el reflejo de las luces.
—No significa nada. —miento descaradamente.
¿A quién quiero engañar?
—Significa todo —responde sin titubear. Su voz es grave, firme, cargada de una posesión que me oprime el pecho—. Eres mía, Hunter Sterling. Desde esa primera noche lo fuiste. Hoy solo lo comprobaste.
No soporto más esa tensión, el peso de su mirada fija en mí como si pudiera desnudarme incluso dentro del auto.
Tomo mi bolso, lo abro con dedos torpes y saco el pequeño estuche de maquillaje.
No es que lo necesite, no después de lo que pasó hace apenas minutos en esa habitación.
Pero necesito un ritual, algo que me devuelva la sensación de control, aunque sea ilusoria.
El espejo compacto refleja mis ojos todavía brillantes, rojos por las lágrimas contenidas. Paso la brocha por mis mejillas, como si pudiera borrar lo que siento bajo la piel, como si un poco de polvo pudiera ocultar el temblor de mis labios.
Siento su mirada clavada en mí. No dice nada, no intenta detenerme. Y esa calma me pone aún más nerviosa que si me gritara.
—¿Siempre haces eso? —su voz grave rompe el silencio, vibrando como un secreto que no debería salir de su garganta.
Me obligo a mirarlo a través del espejo del compacto.
—¿Qué?
—Esconderte detrás de un reflejo.
La brocha se detiene en el aire. Cierro el estuche con un chasquido seco y lo guardo de nuevo en el bolso.
—No estoy escondiéndome.
Él sonríe, esa sonrisa lenta, peligrosa, que me hace sentir atrapada, aunque estemos en un auto en movimiento.
—Claro que sí. —Su mano se desliza en mi muslo, firme, posesiva, clavando su calor a través de la tela—. Pero ya te dije: no hay maquillaje, ni reflejo, ni sombra que pueda ocultar lo que eres conmigo.
Trago saliva, mis manos apretadas en mi regazo. No respondo. No puedo. Y lo peor es que tiene razón.
Cierro los ojos con fuerza, odiando la palabra que me pone la piel de gallina. Reina. Nunca me había sentido menos como una reina y, sin embargo, cuando él lo dice, cuando me lo clava como un título, parte de mí lo cree. Parte de mí lo desea.
—¿A dónde me llevas? —pregunto al fin, más para romper el aire cargado que para recibir una respuesta.
Max toma una curva y el motor ruge como una bestia contenida.
—A donde se llevan a las reinas para darles de comer.
Su tono me corta la respiración. No sé si lo dice como una amenaza o como una promesa. Y lo peor es que, en el fondo, quiero saber qué significa.
El auto se detiene frente a un edificio que parece sacado de otro mundo.
No hay letreros, no hay música, no hay filas de personas esperando entrar.
Solo una fachada discreta, con ventanales oscuros y un portero vestido de negro que se inclina apenas cuando reconoce el auto.
La puerta se abre para mí sin que tenga que tocarla.
Mis tacones golpean el mármol al entrar y siento que acabo de cruzar un umbral invisible.
El interior es tan perfecto que parece un escenario: paredes recubiertas de madera oscura, lámparas de cristal que iluminan con una luz cálida, y mesas tan bien separadas que parece que cada una vive en su propio universo.
Ningún ruido, ningún murmullo, solo un silencio elegante que impone respeto.
Max camina delante de mí con la misma seguridad con la que alguien camina por su casa.
No necesita mirar a los lados. No necesita confirmar nada.
Todo el lugar lo reconoce, incluso sin que diga una palabra.
El maître se inclina, reverente, y nos conduce a un salón privado en la parte trasera.
La mesa está preparada solo para dos. Copas de cristal, cubiertos de plata, una botella de vino ya abierta respirando sobre la mesa. Una intimidad lujosa, calculada.
Me siento con las piernas cruzadas, tratando de fingir normalidad, aunque sé que no engaño a nadie. Max se acomoda frente a mí, se quita la chaqueta del traje con una calma que me eriza, y la coloca sobre el respaldo de la silla. Sus ojos grises no se apartan de los míos ni un segundo.
—¿Siempre cenas así? —pregunto, intentando sonar irónica, pero mi voz sale más débil de lo que quiero.
Su sonrisa es lenta, peligrosa.
—No. Tú eres especial.
Un escalofrío me recorre. Muerdo el interior de mi mejilla y miro el vino, como si pudiera refugiarme en el color rojo oscuro. Él levanta la copa, y sus palabras me caen como un sello imposible de borrar.
—Brindemos. Por tenerte frente a mí esta noche. Soy un hombre afortunado solo por eso.
El cristal de su copa choca con el mío, y lo entiendo: no es solo una cena.
Es un pacto. Una proclamación silenciosa de que ya estoy dentro de su mundo, quiera o no.
La copa tiembla apenas en mi mano. El vino rojo oscuro me devuelve un reflejo distorsionado, como si mi rostro no fuera el mío, como si ya me hubiera transformado en alguien que no reconozco.
El silencio de este lugar es elegante, pesado, diseñado para que nada interrumpa más que la respiración de quien te acompaña.
Y el problema es que la respiración de Max no es normal.
Es dominio en cada inhalación, amenaza en cada exhalación.
Él me observa desde el otro lado de la mesa, un codo apoyado en el mantel, la copa en su mano grande, segura, como si cada gesto estuviera calculado para recordarme que nada se le escapa. Ni siquiera yo.
—Estás preciosa así —dice finalmente, su voz grave acariciándome de una manera que me incomoda y me enciende al mismo tiempo.
Muerdo el borde de la copa antes de beber, buscando coraje en el vino.
—Eres insoportable.
Él sonríe apenas, pero no aparta la mirada.
—Lo dices porque te asusta tenerme así, rendido a tus pies. Me vuelves loco, ya lo has notado.
Me atraganto un poco con el vino y lo dejo en la mesa, mirándolo con rabia. Sí, lo he notado y lo sentí. El festín que se dio en mi coño y el dolor del mismo lo comprueba.
—No estás a mis pies.
Su ceja se arquea con calma peligrosa.
—¿No? —Su voz baja vibra como un golpe seco—. Entonces dime por qué tus muslos aún tiemblan después de lo que pasó. Aun puedo sentirte en mi boca.
El calor me sube por el cuello, furia y vergüenza mezcladas en una ola que no sé cómo contener.
—Estás loco.
Max se inclina hacia adelante, sus ojos grises fijos en mí como cuchillas.
—No, Königin. Soy el único que puede darte lo que necesitas.
Intento sostenerle la mirada, pero es como desafiar a un depredador. Cada segundo bajo sus ojos es un recordatorio de que él sabe más de mí que yo misma.
—¿Y qué es exactamente lo que quieres probar? —escupo, desafiante, aunque mi voz me delata con un temblor leve.
Él deja su copa con un movimiento medido, limpio, y se acerca aún más. Su voz me envuelve como una sentencia.
—Quiero probar hasta el último rincón de ti. Y luego, quiero que me lo implores.
Mi cuerpo entero se tensa. La copa en mi mano tiembla otra vez. Sé que debería levantarme y marcharme. Sé que debería odiarlo. Pero en lugar de eso, mi corazón late con tanta fuerza que casi rompe la copa en mis dedos.
Tomo un sorbo, un sorbo largo. El vino me quema en la garganta, pero lo necesito.
Necesito algo que me distraiga del peso de su mirada, de la tensión que hay entre nosotros como si el aire fuera a romperse en cualquier momento.
Me atrevo a mirarlo, y sus ojos grises están ahí, clavados en los míos, sin pestañear.
Como si quisiera leerme entera. Como si ya lo hubiera hecho.
—La última vez que estuvimos así… —digo al fin, mi voz baja, insegura, pero firme— me compraste. También querías darme de comer.
Él no se inmuta. Ni siquiera parpadea.
—Es verdad.
Sé que nunca se lo pregunté. Y parte de mi quiere saberlo. Saber la verdad.
—¿Por qué? ¿Por mi apellido?
Él se inclina apenas hacia adelante, y su voz grave me atrapa como una sombra.
—No. Porque me gustaste. Porque no merecías estar ahí. Ninguna de esas chicas lo merecía. —Bebe un sorbo de su copa, lento, calculado—. A todas ellas las salvé. Pero a ti… a ti te llevé a cenar. Nunca había cruzado esa línea, nunca.
—¿Qué es lo que haces realmente, Max?
Una chispa peligrosa se enciende en sus ojos, como si la pregunta fuera demasiado íntima incluso para él. Se remueve en la silla, su sonrisa ladeada, pero esa sonrisa es solo un disfraz. Lo sé.