Viper (Código Negro 1) CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

Maximilian

Levanto a la pitón de su cuerpo con calma, sintiendo la fuerza contenida en sus músculos mientras se desliza entre mis manos. La coloco en su jaula de cristal blindado, la observo enroscarse como si entendiera que acaba de cumplir un propósito sagrado, y cierro la compuerta con un seguro metálico.

—Esta habitación es mía —digo, volviendo hacia Hunter, que aún está tendida en la cama con la respiración agitada.

Sus ojos azules me buscan, brillando entre la vulnerabilidad y la desconfianza.

—¿Traes mujeres aquí?

Camino hasta ella y me inclino, atrapando su rostro con mis dedos.

—No. Te traje a ti. Eres la primera. La única. Nadie entra aquí más que yo.

Ella parpadea, sorprendida.

—¿Vives aquí también?

Asiento despacio.

—¿Por qué te sorprende?

—Es… diferente —susurra, recorriendo con la mirada la mezcla de sensualidad y peligro que respira la habitación—. Rodeado de tanto sexo y de animales exóticos… seguro que tienes más.

Una sonrisa lenta se forma en mis labios. Me giro un instante hacia el cristal donde la pitón se enrosca, majestuosa.

—Se llama Sybilla. Es letal… y es mi favorita.

No le digo que tengo un cascabel para trabajo de campo.

Vuelvo a mirarla, clavando mis ojos en los suyos, y dejo que entienda el mensaje: Hunter acaba de entrar en el mismo círculo sagrado que esa serpiente. Y ya no hay salida.

El sabor de ella todavía está en mi boca.

Dulce, caliente, adictivo. No importa cuántas veces he probado el lujo, la sangre o el poder…

nada se compara con lo que acabo de saborear entre sus muslos.

Y no fue un simple placer. No. Fue la primera vez que alguien rompió sus barreras, que su cuerpo respondió, que dejó de fingir estar entera.

Y fui yo quien lo logró. Solo yo . La miro mientras me acerco para vestirla, y la sensación me arrastra como un vicio.

Mi lengua recorrió cada parte de ella, y cada gemido suyo fue como un juramento arrancado a la fuerza.

No hay vuelta atrás: ahora me pertenece de una forma que ni ella entiende todavía.

—¿Sabes lo que significa para mí lo que pasó? —mi voz baja vibra como una amenaza disfrazada de ternura—. Te probé. Meine . Nadie más va a saborearte, nadie más va a tener ese privilegio. Nunca.

Ella traga saliva, sus labios tiemblan, pero no responde. Y eso me enciende más. Porque el silencio de Hunter dice más que mil palabras. Me inclino, mis labios rozando los suyos, mis ojos clavados en los suyos para que entienda que no hablo de deseo, hablo de poder, de dominio, de pertenencia.

—Ese sabor es mío. Ese placer es mío. Tu cuerpo… tu gemido… tu rendición. Todo. Y cada vez que cierres los ojos vas a recordarlo. —Mis dientes atrapan apenas su labio inferior, como un sello invisible—. Porque nunca nadie más podrá darte lo que yo te di.

Soy un hijo de puta, lo sé. Nunca prometí ser algo que no soy, y menos con ella, pero lo que está claro, es que por ella respiro.

Ella gime apenas, un sonido breve, desesperado, que me confirma lo que ya sé: la rompí.

La sellé. Y aunque quiera huir, aunque intente mentirse a sí misma, ya no hay salida.

—Voy a enseñarte a necesitarlo. —Mi voz es grave, posesiva, un eco que sé que no olvidará—. Déjame decirlo más claro: A necesitarme. Y cuando finalmente lo pidas, Hunter… será porque entendiste que eres mía. Meine .

La beso una vez más, profundo, saboreándola otra vez como si necesitara recordarle que ya la marqué.

Y cuando la suelto, sé que lo siente en cada fibra de su piel: no hay mundo sin mí.

La observo temblar, la piel húmeda, el pecho alzándose en oleadas rápidas.

El vacío que la consumía se rompió bajo mi boca, lo sé, lo vi en sus ojos cuando perdió el control.

Y verla así —rota, vulnerable, temblando, pero finalmente despierta— me enciende de una manera que ni el más brutal de los combates logra.

Quiero follármela. Quiero hundirme en ella y marcarla hasta que no pueda caminar sin recordar que me pertenece. Pero no. No aún. No de esa forma.

Vuelvo a besarla, saboreando sus labios hinchados y húmedos. La beso hasta que deja de llorar, hasta que su respiración se acomoda con la mía, le murmuro contra la boca, con esa voz que no admite réplica:

—No voy a follarte, Königin.

La veo parpadear, confundida, sus ojos azules brillando con sorpresa. No entiende. Eso me hace sonreír.

—Primero —continúo, acariciando su rostro con el dorso de los dedos—.

Voy a enseñarte cada rincón de tu cuerpo.

Voy a enseñarte tu placer. Voy a hacer que me implores por más, que tu piel me reclame sin que yo tenga que tocarte.

Y solo entonces, cuando estés lista… te daré mi polla.

—Mi voz baja se vuelve un filo, dura y peligrosa—. Como premio.

Su boca se entreabre, su respiración se corta, y aunque no lo diga en voz alta, sé que lo entendió.

Nunca nadie la miró como yo la miro, nunca nadie se entregó de esa manera.

Eso la aterra… y la atrae. Me levanto despacio, la tomo de la mano, y la obligo a incorporarse.

Su cuerpo tiembla, frágil pero hermoso en su vulnerabilidad.

No intento volver a desnudarla; al contrario, le paso su ropa pieza por pieza, vistiéndola yo mismo, como si fuera un ritual.

Cada parte, cada cierre, lo ajusto con calma, sellando un pacto invisible: ahora es mía, pero no porque la posea, sino porque le estoy enseñando a poseerse a sí misma.

La miro mientras acomodo el tirante de su blusa, su respiración aún temblorosa después de lo que pasó en la cama. Su piel guarda las huellas de la pitón, no físicas, pero sí invisibles, y yo no pienso dejar que olvide esa sensación.

—Te preguntarás por qué la traje —digo al fin, mi voz grave, firme, como si confesara un secreto que nunca le he contado a nadie—. Por qué dejar que algo tan salvaje recorriera tu cuerpo.

Ella me mira, sus labios entreabiertos, sin saber si responder o callar. Yo no necesito que lo haga.

—Porque las serpientes son mi sello, Königin . —Le tomo la barbilla y acerco su rostro al mío, hasta que nuestros labios se rozan—. No son mascotas. No son decoración. Son mi marca. Silencio, paciencia, fuerza. Letales cuando deben serlo.

Mis dedos bajan por su cuello, despacio, hasta el borde de la blusa.

—Me gustan porque son lo que yo soy. Y ahora… —mi voz se vuelve un murmullo cargado de posesión— también son lo que tú eres.

Ella traga saliva, un estremecimiento la recorre, pero no aparta la mirada. Eso me enciende.

—Cuando la pitón recorrió tu piel, ya no estabas probando un animal. Estabas probándome a mí. Era mi forma de marcarte. Y lo aceptaste.

Me inclino y la beso, profundo, lento, reclamándola de nuevo. Cuando me separo, mis labios rozan los suyos en una confesión oscura:

—Ahora llevas mi sello. Lo recuerdes o no, esa serpiente sobre tu cuerpo significa que ya eres mía. Y nada, ni nadie, va a cambiarlo.

Cuando termino, la beso una última vez, un roce lento, casi casto en comparación con lo que acaba de pasar.

—Ven conmigo.

Ella me mira confundida, todavía con lágrimas en las pestañas.

—¿A otro secreto tuyo?

—A cenar. —Sonrío—. Quiero verte comer, hablar contigo, mirarte a los ojos sin vendas.

La conduzco fuera de la habitación secreta, de vuelta al pasillo, como si acabara de sacar a una reina de su coronación privada.

Afuera, el ruido del club regresa, pero ya no me importa.

La llevo hasta el auto que nos espera en la salida trasera, y cuando sube, mi mano se apoya en su muslo, firme, posesiva, recordándole que nada de lo que ocurrió fue un accidente.

Esta noche no se trata de sexo. Esta noche se trata de hacer que entienda que conmigo no tiene escapatoria.